Es un alivio ver que Aníbal de Castro no se limita a señalar a las redes sociales como la única fuente de degradación informativa, sino que también reconoce que algunos medios tradicionales han caído en este lodazal. Porque si hay algo que muchas veces se ignora en este debate, es que la prensa formal no ha sido solo víctima del deterioro, sino que en muchos casos ha contribuido a él.
Por años, el discurso predominante ha sido que el problema está “allá afuera”, en los influencers irresponsables, en estos espacios sin control y en las hordas anónimas que propagan desinformación. Pero la verdad es que muchos de los medios que hoy claman por la decencia también han optado por la ruta fácil: viralidad sobre rigor, morbo sobre información, espectáculo sobre análisis.
La prensa que se rindió ante el algoritmo
La competencia con las redes sociales y el declive de los modelos de negocio tradicionales han llevado a muchos medios serios a adoptar estrategias que antes hubieran considerado impensables.
Hoy vemos cómo algunos periódicos, canales de televisión y plataformas informativas publican contenido que hace años hubiera sido exclusivo de tabloides sensacionalistas. Titulares diseñados para la indignación, noticias presentadas de manera alarmista y publicaciones en redes que parecen más dirigidas a generar morbo que a informar. No es raro ver medios compartiendo videos violentos, imágenes explícitas o noticias que rozan más la pornografía que el periodismo (esto último se volvió normal pasada las 11 de la noche).
Y aquí surge la pregunta: ¿cómo pueden esos mismos medios criticar la degradación si ellos mismos la están fomentando?
¿Quién financia el lodazal?
Algo que El Día menciona de pasada, pero que merece más atención, es el financiamiento que reciben estos espacios desde el Estado. Si realmente preocupa la manipulación informativa, entonces es necesario cuestionar por qué ciertas plataformas que difunden desinformación o contenido tóxico siguen recibiendo apoyo institucional.
Pero no es solo el sector público. Las empresas privadas también juegan un rol importante al destinar publicidad a estos espacios, contribuyendo a su sostenibilidad. Y aquí volvemos a la misma cuestión: si hay una verdadera intención de combatir el problema, no basta con señalarlo, hay que dejar de alimentarlo.
No creo en la regulación
Como bien señala de Castro, la regulación es un tema que debe abordarse, pero no es suficiente. Las grandes plataformas han demostrado ser ineficaces en la moderación de contenido dañino, y los intentos de control gubernamental pueden derivar en censura o en el favorecimiento de ciertos actores.
La clave está en la responsabilidad. En que los medios tradicionales recuperen su compromiso con la verdad en lugar de competir con la desinformación en su propio terreno. En que las empresas y el Estado sean más conscientes de dónde colocan su dinero publicitario. Y en que la audiencia aprenda a distinguir entre información y espectáculo.
Si los medios quieren liderar la lucha contra el lodazal digital, primero deben limpiarse los zapatos. No basta con señalar a los culpables de siempre. Es hora de que asuman su parte en este problema y trabajen por recuperar la credibilidad que han ido dejando atrás en su desesperación por no quedarse fuera de la conversación.










