Los gobiernos están obligados a endeudarse para cubrir sus déficits presupuestarios. El superávit es, en la práctica, un resultado imposible de lograr, especialmente en países cuyas necesidades aumentan conforme las expectativas generadas por el crecimiento económico.
Construir obras de infraestructura vial, asegurar un sector energético robusto y sostenible o garantizar mejores servicios de salud, así como de educación, somete los presupuestos a presiones constantes. El populismo estatal, adoptado como una enfermedad incurable por los gobernantes, también agrega una carta de gasto corriente muy difícil de desmontar. La corrupción es un punto aparte.
No existe un solo país en el mundo que tenga todas sus cuentas saneadas. Cuando digo “ninguno” no hago excepciones. Las naciones más poderosas, consideradas potencias económicas, son la prueba fehaciente. Ni siquiera las petromonarquías árabes ni los sultanatos como Bahréin, Brunéi o Catar, entre otros, pueden decir que están libres de deuda. Para nadie es un secreto que financian sus actividades económicas con base en sus riquezas.
El déficit fiscal de Arabia Saudita, país líder mundial en producción petrolera, fue de aproximadamente US$16,000 millones en el primer trimestre de este año y sus megaproyectos futuristas, como The Line, han tenido que ralentizarse o están paralizados.
Japón, por ejemplo, es una economía líder en exportaciones. Su industria tecnológica, incluyendo automóviles, es reconocida en todo el mundo. Es una economía exportadora. En 2024 registró un déficit presupuestario por más de US$24,000 millones y su deuda pública equivale al 216% de su producto interno bruto (PIB).
¿Qué quiero decir con esto? ¿Es comparable nuestra economía dominicana con la de estos países que pongo de ejemplo? Por supuesto que no. Sin embargo, hay algo a lo que debemos aspirar: a tener unas finanzas públicas sostenibles, que no es lo mismo que saneadas, pues esto último es imposible. Además, en el mundo real esto no conviene. Tener el crédito abierto es, sin quizá, más importante que no tener deuda. Ir al mercado y emitir un bono, si hay capacidad de pago, es una operación que debe ser normal.
Según la Dirección General de Crédito Público, al 30 de abril del 2025, el saldo de la deuda externa e interna del sector público no financiero (SPNF) totalizó US$61,340.5 millones, representando el 48.5% del PIB estimado.
Subrayar aquí no se incluye la deuda del Banco Central, la cual ronda los US$20,000 millones, por lo que esto debería ser tema de otra oportunidad.
Lo que sí debe preocupar es en qué estamos gastando tanto dinero. Desde diciembre a la fecha, la deuda del SPNF aumentó en alrededor de US$3,753.3 millones, es decir, un 6.5% en los primeros cinco meses de este año.
La deuda externa, que es moneda dura, es un 72.6%, es decir, un saldo insoluto de US$44,507.3 millones. ¿Qué estamos haciendo con todo este dinero?







