Cuba se está cayendo a pedazos. Desde 1959, esta nación caribeña, tan querida por nosotros los dominicanos, ha sido el laboratorio de un modelo socialista que prometía justicia, igualdad y prosperidad.
La verdad es que superó, políticamente hablando, la dictadura que sirvió de excusa para la Revolución liderada por Fidel Castro. Más de seis décadas después, los resultados son innegables: una nación atrapada en la pobreza, un pueblo limitado en su capacidad de desarrollo y un régimen que se aferra a dogmas caducos como si fueran verdades.
El gobierno de Miguel Díaz-Canel, prolongación “titerezca” del poder ejercido por los hermanos Castro, continúa justificando la profunda crisis con el embargo estadounidense. ¡Qué cachaza! He estado en ese hermoso país y palpé la necesidad de libertad.
Sin embargo, culpar exclusivamente al embargo (que no es bloqueo) es ignorar el núcleo del problema: una economía centralizada e ineficiente que ahoga toda iniciativa emprendedora. La falta de libertad para crear, innovar y competir ha sido el verdadero veneno.
Cuba no solo sufre por su economía estancada, sino también por una represión sistemática que silencia el pensamiento libre. ¿Por la tozudez? Hablar con ideas diferentes, protestar o simplemente soñar con un país distinto puede convertirse en delito.
Los servicios básicos se han deteriorado a niveles alarmantes. La electricidad es intermitente, los hospitales carecen de insumos, las escuelas están desprovistas de tecnología y las telecomunicaciones siguen bajo el control estatal (como todo). Las carreteras, símbolo del abandono, reflejan el desgaste físico y moral de un país que se cae a pedazos.
La obstinación del régimen cubano en sostener una estructura que claramente no funciona solo profundiza el sufrimiento de su gente. La negativa a permitir que el mercado opere libremente, independientemente del sistema político, es un error histórico que ha costado generaciones enteras de oportunidades.
Es momento de que Cuba se mire al espejo y reconozca que el verdadero enemigo no está fuera, sino dentro. El futuro exige apertura, pluralismo y libertad de pensamiento. Mientras eso no ocurra, el fracaso del modelo socialista cubano seguirá siendo uno de los testimonios más dolorosos de lo que sucede cuando la ideología se impone sobre la realidad.
En términos estrictamente económicos, la planificación centralizada ha demostrado ser un obstáculo insalvable para el desarrollo sostenible en Cuba. La falta de competencia, de incentivos al rendimiento, y de libertad empresarial ha paralizado la innovación y reducido la productividad a mínimos históricos.
Es imperativo que la economía cubana camine con sus propios pies, permitiendo que la oferta y la demanda operen sin las ataduras de una burocracia asfixiante. Solo a través de una liberalización progresiva que promueva el emprendimiento, la inversión y la diversificación productiva se podrá abrir una senda creíble hacia la recuperación económica y la prosperidad ciudadana.











