El mundo vuelve a mirar un punto diminuto en el mapa: el estrecho de Hormuz. Treinta y tres kilómetros en su parte más angosta, pero por donde fluye una parte decisiva del petróleo que mueve fábricas, aviones, barcos y hogares. Cuando ese corredor se interrumpe, el precio del barril no solo sube: se recalibra el costo de la vida.
Para la República Dominicana -importadora neta de combustibles- esto no es geopolítica lejana. Es inflación, es factura petrolera, es presión sobre el dólar y es debate fiscal. La pregunta no es si el petróleo subirá mañana; es cuánto y por cuánto tiempo. Y, sobre todo, qué significa para nosotros en los próximos días.
Tres escenarios, una semana decisiva
Los mercados operan con expectativas. La próxima semana será clave para saber si estamos ante un sobresalto o ante un shock prolongado.
Escenario 1: El susto controlado (Brent cerca de US$82)
Un salto de unos US$10 por barril, con señales de contención diplomática.
En este caso, el efecto sería visible pero manejable.
El precio de los combustibles subiría moderadamente; la inflación recibiría un empujón, pero sin desbordarse.
El impacto en la balanza de pagos sería más psicológico que estructural.
La economía dominicana ha aprendido a navegar estos episodios. La clave sería evitar el pánico y mantener reglas claras en la política de precios internos.
Escenario 2: La tensión persistente (Brent sobre US$92)
Un aumento cercano a US$20 por barril, con señales de que la crisis no es pasajera.
Aquí la argumentación cambia. La factura petrolera anual podría encarecerse en más de mil millones de dólares si el nivel se sostiene. Lo anterior, presiona la cuenta corriente, el mercado cambiario y el presupuesto público si se decide mitigar el alza con subsidios.
En los supermercados y en el transporte comenzaría a sentirse el efecto indirecto: mayor costo de los fletes, incremento en los costos eléctricos, encarecimiento del precio de la canasta básica.
Escenario 3: La escalada (Brent US$100)
Un conflicto ampliado que dispara el barril a tres dígitos.
Este es el escenario incómodo. La inflación podría acelerarse con mayor fuerza; el Gobierno tendría que decidir entre proteger el bolsillo de los consumidores o proteger las finanzas públicas. Desde la perspectiva del
mercado de capitales, aumentarían las primas de riesgo.
No sería una crisis como la de los años setenta, pero sí un recordatorio de que nuestra dependencia energética sigue siendo una vulnerabilidad estructural.
Lo que está en juego: inflación, dólar y presupuesto.
Cuando el petróleo sube, el impacto no se limita a la gasolina. Se traslada al transporte de mercancías, a la generación eléctrica y, en última instancia, al precio de los alimentos.
República Dominicana importa la totalidad del crudo que consume, independientemente de lo que pasa por refinería. Esto implica que cada dólar adicional de aumento en el barril de crudo es un dólar más en las cuentas externas. Si el aumento es prolongado, la balanza de pagos se resiente y la demanda de divisas aumenta.
Simultaneamente, cada peso que se destine a subsidiar combustibles es un peso que deja de invertirse en infraestructuras o en programas sociales. El dilema es conocido: contener la inflación hoy o preservar el equilibrio fiscal mañana.
El tablero internacional también se mueve
China, principal comprador de crudo del Golfo, buscaría asegurar suministros y diversificar rutas. Estados Unidos enfrentaría presión política si el precio de la gasolina aumenta. Europa, marcada por la experiencia del gas (GNL) en 2022, reforzaría su estrategia de diversificación energética.
En América Latina el impacto será desigual. Países exportadores de crudo como Brasil o Guyana podrían beneficiarse en los términos de intercambio. La República Dominicana, importador neto, sentiría la presión inflacionaria. En una reflexión más amplia, vale la pena recordar que cada crisis en el estrecho de Hormuz recuerda una lección histórica: la energía es poder económico. En los años setenta, el embargo petrolero transformó la arquitectura financiera global. Hoy, aunque los mercados son más profundos y las reservas estratégicas más amplias, la dependencia sigue ahí.
Para la República Dominicana, este episodio debería acelerar un debate que trasciende la coyuntura: diversificación energética, eficiencia en el consumo y mayor resiliencia externa.
La próxima semana no definirá el curso del conflicto en Medio Oriente, pero sí mostrará cuánto nos cuesta depender de un estrecho lejano.
El precio del barril se fija en Londres o Nueva York. Sus consecuencias se sienten en Santo Domingo.






