Una economía puede crecer durante años y, sin embargo, no acortar la distancia que la separa de las economías más avanzadas. El fenómeno tiene un nombre que rara vez aparece en el debate público: estancamiento relativo. No implica retroceso absoluto. Implica algo más sutil: avanzar, pero hacerlo más lentamente que aquellos con quienes se desea converger.
La discusión económica dominicana suele comenzar con la tasa anual de crecimiento. Sin embargo, la variable que define la convergencia no es el crecimiento agregado, sino la productividad: cuánto valor adicional genera cada trabajador, cada hora trabajada y cada unidad de capital invertida.
Ahí comienza la diferencia entre expandirse y aproximarse.
El ingreso per cápita sostenible de una economía depende, en última instancia, de su productividad laboral. Cuando la productividad aumenta de forma consistente, los salarios reales pueden crecer sin generar presiones inflacionarias estructurales. Las empresas pueden competir con mayor sofisticación. El Estado puede ampliar su base fiscal incrementando gradualmente tasas impositivas. El margen para financiar servicios públicos y protección social se expande.
Cuando la productividad crece lentamente, el espacio para mejorar ingresos y sostener políticas públicas se reduce.
Los datos internacionales permiten dimensionar la brecha. En los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el valor agregado por hora trabajada supera ampliamente los 60 dólares por hora en promedio, según estimaciones recientes de productividad comparada. En economías de ingreso medio como la dominicana, el nivel es sustancialmente inferior. Esa diferencia no es simplemente contable: refleja brechas en tecnología, organización empresarial, capital humano, competencia y calidad institucional.
La convergencia no depende del tamaño del PIB, sino de cerrar esa distancia en eficiencia productiva.
La economía dominicana ha mostrado capacidad para expandirse mediante acumulación de capital físico, construcción, servicios, comercio y consumo interno. Ese patrón puede sostener dinamismo durante largos períodos, especialmente cuando confluyen condiciones externas favorables y flujos financieros constantes.
Sin embargo, existe una distinción crucial entre crecer incorporando más factores y crecer utilizando mejor los factores existentes.
El Banco Mundial ha señalado en análisis recientes que la contribución de la productividad total de factores (PTF) al crecimiento dominicano ha sido limitada en años recientes, lo que sugiere que buena parte de la expansión proviene de acumulación de capital y empleo más que de mejoras sustantivas en eficiencia. Cuando la PTF crece poco, el aumento del producto depende principalmente de sumar insumos, no de reorganizarlos de manera más eficiente.
Ese patrón puede sostener crecimiento durante un tiempo, pero encuentra límites. Si la mayor parte del aumento del producto proviene de incorporar trabajadores a actividades de baja complejidad o de ampliar sectores con escaso contenido tecnológico, el valor agregado por persona no se eleva significativamente. El tamaño de la economía aumenta; la eficiencia promedio no necesariamente.
Es en ese punto donde la discusión debe cambiar de escala.
La productividad no depende únicamente de tecnología avanzada. También depende de cómo se asignan los recursos dentro de la economía. En entornos donde las empresas eficientes pueden crecer, innovar y desplazar a las menos productivas, la productividad promedio tiende a aumentar. En entornos donde la competencia es limitada o la escala empresarial se mantiene fragmentada, la eficiencia agregada se estanca.
En la República Dominicana, el tejido empresarial está dominado por micro y pequeñas unidades productivas. Muchas operan con escaso acceso a financiamiento, baja incorporación tecnológica y limitada integración a cadenas de valor complejas. Esa estructura no impide el crecimiento, pero dificulta el escalamiento productivo.
La convergencia requiere que las empresas capaces de generar mayor valor agregado puedan expandirse sin enfrentar barreras regulatorias, financieras o de competencia que limiten su crecimiento.
No todos los sectores contribuyen de igual manera al aprendizaje económico. Actividades intensivas en conocimiento y con mayor integración tecnológica tienden a generar externalidades positivas y efectos de arrastre sobre el resto de la economía. Sectores con bajo contenido tecnológico generan menos spillovers y menos acumulación de capacidades.
Si el patrón de crecimiento se concentra en actividades de baja complejidad, la economía puede expandirse sin sofisticarse. El resultado es crecimiento sin transformación estructural.
La comparación internacional refuerza este punto. En las economías OCDE, la inversión en investigación y desarrollo supera ampliamente el promedio observado en economías de ingreso medio. Esa diferencia en inversión en conocimiento se traduce, con el tiempo, en mayores niveles de productividad y salarios más altos.
Cerrar esa brecha no depende solo de gastar más en innovación, sino de construir un ecosistema empresarial capaz de absorber, adaptar y generar tecnología.
La productividad también depende de habilidades. La República Dominicana ha ampliado el acceso a la educación en las últimas décadas. Sin embargo, el retorno de esa inversión depende de la estructura productiva. Cuando la economía no demanda habilidades avanzadas de manera sostenida, el capital humano se subutiliza o migra hacia mercados más dinámicos.
La convergencia implica coherencia entre educación, formación técnica y estructura productiva. No basta con ampliar cobertura educativa; es necesario que el sistema económico premie la acumulación de capacidades.
La productividad es también institucional. Marcos regulatorios previsibles, competencia efectiva, seguridad jurídica y eficiencia administrativa reducen costos de transacción y mejoran asignación de recursos. Cuando las instituciones funcionan de manera consistente, el capital y el trabajo tienden a desplazarse hacia actividades más productivas. Cuando no lo hacen, pueden permanecer atrapados en sectores de menor valor agregado.
La convergencia hacia estándares de la OCDE implica fortalecer esa dimensión institucional. No basta con crecer en sectores dinámicos. Es necesario que el entorno sistémico eleve la eficiencia promedio.
El estancamiento relativo no se percibe en una tasa anual. Puede coexistir con crecimiento positivo. Puede pasar desapercibido durante años. Se manifiesta en la persistencia de brechas de ingreso per cápita y productividad frente a economías avanzadas.
Si la productividad no acelera de forma sostenida, la convergencia se ralentiza. El país puede mejorar su posición regional sin reducir significativamente la distancia frente a economías de mayor sofisticación. Esa es la diferencia entre liderazgo regional y convergencia estructural.
La discusión económica no debería comenzar con la variación anual del PIB. Debería comenzar con una pregunta más exigente:
¿Está aumentando de manera sostenida la productividad relativa frente a economías más avanzadas?
Si la respuesta es afirmativa y consistente en el tiempo, la convergencia es plausible. Si la respuesta es débil o volátil, el crecimiento puede mantenerse sin transformar la posición estructural del país.
Crecer no es irrelevante. Pero converger exige algo más exigente: elevar de manera continua la eficiencia con la que se combinan capital, trabajo, tecnología e instituciones.
Mientras la productividad no se convierta en el eje central del debate público, la conversación seguirá girando alrededor del ciclo. Y el ciclo, por definición, no cambia la estructura.










