Nadie sabe cuántos haitianos residen en el Hoyo de Friusa porque la mayoría son inmigrantes ilegales, y no creo que alguna institución haya tenido la voluntad ni el mecanismo de contarlos.
Lo que sí se sabe es que son muchos y que, en su generalidad, trabajan en diferentes sectores productivos que operan en la zona, especialmente, la construcción, el turismo, la agricultura y el comercio informal. No caben dudas de que la industria de la construcción en zonas turísticas como Bávaro y Punta Cana ha experimentado un crecimiento notable, requiriendo mano de obra para proyectos de infraestructura y desarrollo inmobiliario.
Los trabajadores haitianos, debido a su experiencia y disposición son comúnmente empleados en ese sector, siendo mayoría en ese mercado laboral. El importante destino turístico y de hostelería en que se ha convertido la zona este del país, ha atraído a miles de haitianos que entran de manera irregular a la República Dominicana, los cuales suelen desempeñarse en roles como personal de limpieza, jardinería y mantenimiento en hoteles, restaurantes y complejos turísticos.
La agricultura es otro sector productivo en donde los haitianos se destacan como fuerza laboral, sobre todo en zonas rurales en donde se involucran en la siembra y cosecha de cultivos locales.
El comercio informal en el Hoyo de Friusa y en otros lugares de Bávaro y Punta Cana, también es una actividad productiva en la cual se involucran los inmigrantes haitianos, con o sin papeles en regla. Allí, la venta ambulante de todo tipo de mercancía, y la prestación de servicios en áreas concurridas por turistas y locales, en cosa común. En resumen, la mano de obra haitiana ha sido clave en el desarrollo económico de la región, gústenos o no nos guste.
Sin embargo, en ese escenario tenemos un laberinto del cual, en el corto plazo, no parece que podamos salir pero que, en el largo plazo, pudiera convertirse en un mayúsculo problema nacional. Lo primero es que en las actividades económicas mencionadas más arriba, no se encuentran trabajadores dominicanos, estos han preferido el motoconcho u otras actividades productivas que generen ingresos sin el cansancio físico que provoca la construcción o la agricultura. Ahí entran los haitianos y se apoderan del mercado laboral.
Así también, los empresarios, con su visión rentista y de negocio, contratan a los trabajadores que aparezcan y, si son ilegales, la paga es menor, pero ahí gana todo el mundo. El problema es que la población haitiana crece en la zona sin control, pero lo mismo ocurre en muchas otras zonas del país, planteando la situación de que, si nos fijamos bien, hay muchos Hoyos de Friusa en todo el país.
La solución, en estricta verdad, solo la tiene el Estado. No solo por una cuestión de política migratoria sino por la necesidad de que haya un orden, y de que el monstruo no se deje crecer hasta llegar un punto en que no podamos controlarlo. La inmigración ilegal es un mal mundial, pero son los gobiernos de los Estados los que están llamados a intervenir, con mano dura o suave, para regularla.
Una marcha contra los haitianos ilegales puede ser un llamado de atención, sobre todo para las redes sociales, pero no resuelve el problema.





