Las altas temperaturas que se registran cada vez con mayor frecuencia y duración no son solo una anomalía climática: son una amenaza silenciosa que erosiona, día tras día, la salud, la productividad y la calidad de vida de millones de personas. En países tropicales como República Dominicana, donde el sol ha sido históricamente una fuente de energía, turismo y vitalidad, hoy se percibe cada vez más como un factor de riesgo que desborda capacidades individuales y colectivas.
El calor excesivo impacta primero en el cuerpo humano: aumenta los casos de deshidratación, agotamiento por calor, enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Las poblaciones más vulnerables -ancianos, niños, personas con enfermedades crónicas o que trabajan al aire libre- son las más expuestas. El calor ya no es simplemente una incomodidad, sino un problema de salud pública que exige respuestas integrales.
Pero su alcance va más allá del organismo. Las altas temperaturas disminuyen la concentración, la energía y el rendimiento físico e intelectual. Sectores como la agricultura, la construcción, el transporte y el turismo -todos pilares de la economía- están viendo afectada su capacidad de operar con normalidad. La productividad cae no por falta de capacidad, sino por un entorno térmico adverso que desgasta a la fuerza laboral y reduce la eficiencia de procesos básicos.
Además, la calidad de vida se ve golpeada: los costos de energía se disparan por el uso prolongado de aires acondicionados, los espacios públicos se vuelven menos habitables, y el estrés térmico afecta el bienestar emocional. Dormir bien, estudiar, trabajar o incluso disfrutar momentos familiares se vuelve un reto bajo temperaturas extremas.
Esta situación nos plantea un desafío urgente: adaptar nuestras ciudades, nuestro sistema de salud, nuestras jornadas laborales y nuestras políticas públicas a un clima que ya cambió. Porque enfrentar el calor no es solo un asunto de termómetros; es una lucha por proteger lo más esencial: la dignidad y el bienestar de nuestra gente.
Según un estudio de la ONU, el problema de las altas temperaturas, tanto diurnas como nocturnas, es una de las evidencias más claras del avance que están teniendo en el mundo el cambio climático y El calentamiento global, aunque este sea un tema de ignorancia colectiva.
Un estudio de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOOA) los Estados Unidos, el 2024 fue el año más cálido desde que comenzaron los registros globales en 1850, en donde la temperatura superficial promedio global fue de 2.32 grados Fahrenheit (1,29 Grados Celsius) superior al promedio del siglo, siendo esto una amenaza para el planeta, pues repercute en muchos procesos ambientales y ecológicos, fundamentales para los seres humanos y otras formas de vida, incluidos el ciclo del agua, los tipos de plantas, animales y otros seres vivos.
En el caso dominicano, se espera que para lo que resta del 2025 las temperaturas continúen en aumento, con posibles récords históricos, lo que podría tener impactos importantes en la agricultura, la salud pública y la economía en general.
Frente a este panorama, es obvio que las autoridades, y la propia ciudadanía, deberían implementar medidas y acciones concretas para prevenir enfermedades y/o muertes relacionadas con el calor extremo. Sobre todo, es esencial e importante que el verano que se aproxima no nos agarre asando batatas.











