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Opiniones

El trabajo como arquitectura fiscal del Estado que funciona

Pablo UlloaPorPablo Ulloa
16 febrero, 2026
en Opiniones
Santo Domingo
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El debate laboral no es ideológico; es estructural. Cuando más del 55% del empleo en la República Dominicana es informal, no estamos ante un desacuerdo doctrinal, sino frente a una distorsión económica que impacta productividad, sostenibilidad fiscal y cohesión social. La informalidad no es solo precariedad individual; es fragilidad sistémica.

La Organización Internacional del Trabajo estima que más del 60% del empleo en América Latina permanece en la informalidad. En nuestro país, aunque ligeramente menor, la cifra sigue siendo alarmante. Esto implica que millones de trabajadores operan sin cotización plena, sin estabilidad contributiva y con baja protección efectiva. Esa realidad no solo limita derechos: debilita la arquitectura financiera del Estado.

República Dominicana mantiene una presión tributaria cercana al 14–15% del PIB, mientras el promedio regional supera el 21%, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Al mismo tiempo, el déficit fiscal consolidado ha rondado el 3% del producto interno bruto (PIB) en los últimos años. Esta brecha estructural entre ingresos permanentes y compromisos de gasto no puede analizarse al margen del mercado laboral. Cuando más de la mitad del empleo no cotiza plenamente, la base contributiva se estrecha y el Estado social se financia con creciente tensión.

El gasto en seguridad social —incluyendo el régimen subsidiado de salud y transferencias vinculadas— representa aproximadamente entre 2.5 y 3% del PIB. Sin embargo, descansa sobre una estructura contributiva limitada. Cuando pocos aportan y muchos demandan protección, la ecuación fiscal se vuelve frágil. No es una discusión ideológica; es una cuestión de sostenibilidad matemática.

Nuestra Constitución ofrece la brújula. El artículo 62 reconoce el trabajo como derecho, deber y función social bajo la protección del Estado. El artículo 38 coloca la dignidad humana en el centro del orden jurídico. Pero la dignidad no se garantiza solo con normas; se garantiza con un sistema productivo capaz de generar formalidad sostenible y salarios crecientes.

Durante décadas hemos mostrado tasas de crecimiento superiores al promedio regional. Sin embargo, la productividad total de los factores ha avanzado a ritmos inferiores al 1% anual, según estimaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Cepal. Esto indica que el crecimiento ha dependido más de acumulación de capital y consumo que de mejoras estructurales en eficiencia. Sin productividad sostenida, los salarios reales encuentran un límite. Y cuando el salario no progresa, la formalidad pierde atractivo.

Aquí se enlaza el mercado laboral con la visión del Estado que funciona. Un Estado que funciona no es el que multiplica promesas; es el que corrige distorsiones estructurales con precisión técnica. No es el que opone mercado y protección; es el que armoniza competitividad con dignidad.

La ruta es clara: formar mejor para producir más; formalizar sin asfixiar; modernizar sin precarizar; proteger sin inmovilizar. Esto exige articular la educación técnica con las cadenas productivas reales del país —zonas francas, agroindustria, turismo, economía digital— para cerrar la brecha entre oferta formativa y demanda laboral. Implica diseñar esquemas proporcionales de seguridad social que permitan la transición gradual desde la informalidad hacia la formalidad, especialmente para micro y pequeñas empresas que hoy operan en condiciones de alta vulnerabilidad. Requiere fortalecer la mediación y el arbitraje laboral para reducir litigiosidad sin debilitar derechos. Y supone, sobre todo, comprender que la productividad no es espontánea, sino el resultado de decisiones coherentes en logística, financiamiento, innovación y capital humano. Como advertía Peter Drucker, “la mejor manera de predecir el futuro es crearlo”; y crear el futuro del trabajo dominicano demanda instituciones que incentiven la formalidad, eleven la eficiencia y garanticen estabilidad social. No se trata de elegir entre mercado o dignidad, sino de diseñar un marco donde ambos se refuercen mutuamente.

El equilibrio es evidente: sin competitividad no hay inversión; sin inversión no hay empleo; sin empleo formal no hay base contributiva suficiente; sin base contributiva sólida no hay Estado social sostenible.

El trabajo no es solo una variable económica. Es la columna vertebral del contrato social. Es el punto donde se encuentran la libertad individual y la responsabilidad colectiva. Es donde el crecimiento se transforma en bienestar tangible.

Reformar con serenidad, datos y responsabilidad histórica no es una concesión ideológica. Es una decisión de madurez institucional. Porque un país que logra armonizar mercado y dignidad no solo fortalece su economía; fortalece su democracia.

Y cuando el Estado funciona para la gente, la economía deja de ser una estadística y se convierte en confianza compartida.

Pablo Ulloa

Pablo Ulloa

Doctorado en Gobierno y Política Publica, Primer Director Ejecutivo del Tribunal Constitucional de República Dominicana, Maestrías en Argentina y España en temas de Cooperación Internacional, Economía y Políticas Publicas. Gerente para proyectos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Banco Mundial (BM), Unión Europa.

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