Recientemente celebramos el Día de la Mujer y, entre tantas conmemoraciones, me tomé un espacio para revisar algunos estudios recientes sobre la realidad que vivimos muchas de nosotras. Y es que, durante años, hemos repetido una idea que suena bien: que las mujeres han avanzado de forma sostenida en el ámbito laboral, político y empresarial.
Y sí, hay avances reales. Muchas de las que leerán esto son evidencia de ello. Hoy vemos más mujeres en universidades, mayor presencia en espacios profesionales y una visibilidad creciente en posiciones de liderazgo.
Pero si miramos con rigor —no con optimismo— la realidad dominicana sigue mostrando una verdad incómoda: el poder sigue teniendo rostro mayoritariamente masculino. Y esto no es solo una realidad local; es un patrón global.
El más reciente estudio de McKinsey & Company y LeanIn.Org, Women in the Workplace 2025, lo confirma. Basado en datos de 124 organizaciones que emplean aproximadamente 3 millones de personas, evidencia que el progreso en equidad de género no solo se ha desacelerado, sino que enfrenta riesgos de retroceso.
Sus hallazgos son contundentes: las brechas no comienzan en la alta dirección. Comienzan mucho antes. A este fenómeno se le ha denominado el “peldaño roto”, pero distintos análisis, como el informe de LLYC “El peldaño roto: el reto de la visibilidad del talento femenino”, plantean algo aún más profundo: no se trata de un único peldaño, sino de una escalera completa con múltiples fallas estructurales a lo largo de toda la trayectoria profesional.
Es lo que se ha descrito como un efecto embudo: una mayoría de mujeres entra al mercado laboral, pero a medida que aumentan los niveles de responsabilidad, su presencia se reduce drásticamente.
Los datos lo evidencian con claridad. En algunos contextos, por cada 100 hombres que ascienden a mandos intermedios, apenas 72 mujeres lo logran. Esa diferencia inicial, aparentemente pequeña, genera un efecto acumulativo que se arrastra a lo largo de toda la carrera profesional. Es el punto donde el talento comienza a quedarse atrás.
Ahí es donde realmente se pierde el liderazgo femenino. Y no ocurre por falta de capacidad. Ocurre porque las reglas del juego no son iguales.
Las barreras no son aisladas. Son estructurales y conocidas: sesgos inconscientes en la evaluación del desempeño, una carga desproporcionada de trabajo no remunerado,
menor visibilidad en espacios de decisión, y menos acceso a oportunidades estratégicas.
No es un solo obstáculo. Es un sistema que funciona distinto. Y en la República Dominicana, esta dinámica es evidente.
Las mujeres superan a los hombres en niveles educativos —representando alrededor del 60% de las personas graduadas en universidades—, pero esa ventaja no se traduce en poder económico ni en liderazgo institucional.
Según la Oficina Nacional de Estadística, presentan menores tasas de participación laboral y mayor informalidad. Y de acuerdo con el Banco Central de la República Dominicana, perciben entre un 15% y un 20% menos ingresos que los hombres. Es decir: entran mejor preparadas, pero avanzan menos y ganan menos.
A partir de ahí, las brechas se amplifican. Las oportunidades no se distribuyen de la misma manera, las exigencias son mayores y el margen de error es menor. La trayectoria profesional de muchas mujeres termina siendo más exigente, más lenta y más desigual.
En el ámbito político, el patrón se repite. Aunque existen avances normativos, las mujeres ocupan alrededor del 30% de la Cámara de Diputados y menos del 15% del Senado, evidenciando que la representación no se traduce aún en poder real.
Esta brecha también se refleja en el Poder Ejecutivo, donde la presencia de mujeres en posiciones ministeriales sigue siendo limitada, y en el Poder Judicial, donde, aunque hay una mayor participación femenina en niveles intermedios, su presencia disminuye en las más altas instancias de decisión.
En el sector empresarial, la historia es similar. Salvo pocas excepciones de mujeres que alcanzan la presidencia de compañías, la mayoría permanece en mandos intermedios. Y, sin embargo, como país aún seguimos atrapados en la discusión de si estamos preparados para una mujer en la presidencia.
La sola formulación de esa pregunta revela el problema. La evidencia es clara: estamos preparadas; lo que no lo está es el sistema.
Las mujeres ya están liderando organizaciones complejas, gestionando recursos estratégicos y tomando decisiones de alto impacto. Han demostrado capacidad, experiencia y resultados.
Entonces, ¿qué es lo que realmente no está preparado?, el problema no es de talento. Es de estructura. Pero no solo de estructura organizacional. Es una estructura cultural más profunda, que define cómo se distribuye el poder, quién es percibido como líder y qué trayectorias se consideran legítimas.
El mismo estudio revela que solo el 54% de las empresas considera la equidad de género como una prioridad estratégica. Es decir, incluso el compromiso institucional empieza a debilitarse.
Esto no es solo un problema de equidad. Es un problema de desarrollo.
Los países que han logrado cerrar estas brechas no solo han avanzado en justicia social; han fortalecido su competitividad, su productividad y su capacidad de innovación. La pregunta entonces es inevitable: ¿qué estamos haciendo como país?
En la República Dominicana, seguimos formando mujeres altamente capacitadas que luego no logran acceder, en la misma proporción, a los espacios donde se toman las decisiones. Estamos invirtiendo en educación, pero no estamos garantizando que ese talento se convierta en liderazgo. Estamos desarrollando capital humano… que el propio sistema limita. Esto no es un tema abstracto. Es una pérdida concreta de oportunidades de desarrollo.
Porque cada mujer que no avanza no solo representa una brecha individual: representa una
decisión que no se tomó, una innovación que no ocurrió, una perspectiva que no llegó a la mesa. La solución no puede seguir esperando en la cima. Tiene que comenzar aquí, en cómo distribuimos las oportunidades desde el inicio.
Porque mientras el punto de partida siga siendo desigual, el resultado no cambiará. Y seguir ignorándolo ya no es una opción. Esto no es solo una deuda social pendiente. Es una alerta sobre el futuro del país.
Estamos perdiendo talento, competitividad y oportunidades de desarrollo por sostener un sistema que no reconoce ni aprovecha todo su potencial. El talento femenino no es el problema. El problema es seguir tolerando un modelo que lo limita. Y si no lo corregimos a tiempo, no solo estaremos fallando a las mujeres. Estaremos fallando como país. Porque el talento está. La decisión pendiente es si como país estamos dispuestos a aprovecharlo.






