Para países altamente dependientes de las importaciones como la República Dominicana, las grandes crisis internacionales nunca son completamente lejanas. El prolongado cierre del estrecho de Ormuz y la posibilidad creciente de un super El Niño podrían convertirse en una combinación particularmente peligrosa para las economías caribeñas.
El estrecho de Ormuz es uno de los puntos más estratégicos del planeta. Por allí transitan diariamente unos 20 millones de barriles de petróleo y una parte esencial de los fertilizantes utilizados por la agricultura mundial. Desde el inicio del conflicto en Oriente Medio en febrero de 2026, el tráfico marítimo se desplomó más del 90%, provocando fuertes aumentos en los precios de la energía y de los insumos agrícolas.
Las pequeñas economías insulares son especialmente vulnerables a este tipo de choques. El aumento del petróleo encarece el transporte marítimo, la electricidad, el turismo y el costo de los alimentos importados. Al mismo tiempo, el alza de los fertilizantes amenaza la producción agrícola regional y mundial.
El Caribe ya conoce las consecuencias de depender excesivamente de factores externos. Durante anteriores crisis internacionales, los países de la región enfrentaron inflación alimentaria, deterioro del poder adquisitivo y mayores dificultades para financiar importaciones esenciales.
Hoy el riesgo es aún más complejo porque el mundo podría enfrentar un segundo gran choque simultáneo: un fenómeno de El Niño particularmente fuerte hacia finales de 2026. Las previsiones internacionales muestran una probabilidad superior al 60% de su desarrollo.
Cuando El Niño golpea con intensidad, el Caribe suele sufrir alteraciones de lluvias, sequías y fenómenos meteorológicos extremos que afectan la agricultura, el agua y la generación eléctrica. Los episodios de 1997-98 y 2015-16 dejaron lecciones importantes sobre cómo los eventos climáticos extremos pueden agravar rápidamente la inseguridad alimentaria y las presiones económicas.
Las previsiones actuales indican un riesgo de sequía en los principales países productores, como India, Australia y el sudeste asiático, así como de inundaciones en algunas zonas de América Latina y Estados Unidos.
La amenaza actual no proviene únicamente de la posible escasez física de alimentos. Surge principalmente del deterioro gradual de las condiciones económicas globales. Si los fertilizantes siguen encareciéndose, muchos agricultores reducirán su uso y los efectos se harán notar: eso puede traducirse en menores cosechas mundiales de maíz, trigo y arroz durante 2027.
Para países importadores netos de alimentos, el resultado puede ser doblemente difícil: precios internacionales más altos y menor capacidad fiscal para subsidiar o amortiguar esos aumentos.
Además, existe otro elemento poco discutido: el impacto sobre el turismo y las remesas. Un deterioro económico global prolongado podría afectar los ingresos de millones de hogares dominicanos que dependen directa o indirectamente de ambos sectores.
Sin embargo, esta trayectoria no es inevitable. La experiencia demuestra que actuar temprano marca la diferencia. Mantener funcionando el comercio internacional, evitar restricciones a las exportaciones, fortalecer la protección social y garantizar el acceso de los agricultores a financiamiento e insumos son medidas fundamentales.
Para la República Dominicana y el Caribe, esta crisis también debería acelerar una reflexión estratégica sobre resiliencia. La diversificación energética, las energías renovables, la agricultura climáticamente inteligente y el fortalecimiento de la producción alimentaria local ya no son únicamente objetivos ambientales: se han convertido en prioridades económicas y de seguridad nacional.
La preocupación es especialmente importante porque la República Dominicana ha logrado avances significativos en los últimos años. De hecho, el país registró la mayor reducción de la prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave en la región, con una caída de 7 puntos porcentuales. Sin embargo, las economías insulares continúan siendo particularmente sensibles a choques externos relacionados con energía, alimentos y transporte. El mundo está entrando en una etapa de riesgos encadenados, donde conflictos geopolíticos, choques climáticos y fragilidad económica pueden reforzarse mutuamente. Prepararse ya no es una opción prudente. Es una obligación y una necesidad urgente.












