La tendencia a nivel mundial es de reflexivamente concluir que cualquier norma que ya haya cumplido cierta edad en vigencia es desfasada, y debe ser sustituida por una nueva y “moderna” ley. Es por ello que muchos entienden que la Ley Monetaria y Financiera (LMF), que data del año 2002, debe ser sustituida por una nueva ley que regule la materia bancaria.
Los que abogan para que sea reemplazada la LMF apuntan a varios elementos, no solo su edad. En parte, señalan que la normativa prudencial en materia bancaria ha sufrido importantes cambios desde que la LMF entró en vigencia, muy especialmente a raíz de la crisis económica mundial del 2008-2010, y también la crisis bancaria del 2003 en nuestro país.
La naturaleza de la ley es que debe cambiar en el tiempo para regular una sociedad que cambia. Pero es un error asumir que el mero hecho de que una ley sea “vieja” deja de ser justa, útil y correcta para la sociedad. Por ejemplo, en París está prohibido adherir afiches a las paredes en las calles de la ciudad, y esa ley, con la famosa dicha “Défense d’afficher” data del año 1881 – y sin embargo, nadie diría que la ley es desfasada o carece de utilidad.
En este mismo sentido, la LMF, a pesar de que data de hace 16 años, y no obstante el hecho que el mundo financiero y económico ha evolucionado en ese tiempo, todavía sigue siendo una ley adecuada para la regulación del sistema bancario de nuestro país. Esto se debe a que la LMF fue concebida como una ley marco, y las normas operativas que regulan el día a día de la banca han cambiado a través de normas dictada por la Administración Monetaria y Financiera (compuesta por la Junta Monetaria, el Banco Central y la Superintendencia de Bancos).
Precisamente por esa razón es que podemos reflexionar que las leyes que establecen marcos jurídicos flexibles son las que tienen mayor éxito y son duraderas en el tiempo, porque no requieren de acción legislativa para evolucionar. Por el contrario, el objetivo principal de las leyes marcos debe ser fijar el radio de acción de los reguladores, para concederles a estos poderes suficientes para actuar, pero dentro de límites racionales.
Es por todo lo anterior que podemos citar a la LMF como una ley ejemplar, que todavía al día de hoy cumple con el propósito con el que fue promulgada. Siempre habrá espacio para mejorar la misma, y modificar puntualmente, pero debemos alejarnos de la reacción irreflexiva de sustituir una ley “vieja” por una nueva, si la primera todavía cumple con el fin para que cual fue promulgada.











