Durante todo este 2020 ha habido suficiente tiempo para analizar la crisis sanitaria que viene padeciendo el mundo con la propagación del covid-19, y las consecuencias generalizadas que esto ha generado en términos económicos y sociales. Sin embargo, el balance al final del año es cuando se puede llegar a conclusiones sobre el impacto del coronavirus en las economías, la actividad productiva y el empleo.
En efecto, con la caída de un 4.4% de la economía mundial, más la estrepitosa contracción de un 7.7% del producto interno bruto de la región de ALC, según el Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe, presentado recientemente por la Cepal, se puede concluir que 2020 no fue nada halagüeño.
Pero veamos el panorama general que se presentó en la mayoría de los países con la propagación del coronavirus, y como resultó esa dinámica de crisis sanitaria articulada con una crisis económica.
Como consecuencia de la pandemia, los países empezaron a cerrar sus fronteras como mecanismo de contención del avance que estaba teniendo el virus, siendo las actividades productivas las más afectadas por esta necesaria decisión. Con el cierre de fronteras, el flujo migratorio también se detuvo, afectando a sectores como el turismo y el comercio internacional, estimándose que este último caerá un 9.2% cuando se saquen las cuentas del 2020.
A la par, millones de empresas, fundamentalmente micro, pequeñas y medianas, se vieron obligadas a limitar su producción debido a la reducción de la demanda, mientras que otras pasaron a ser parte de lo que el virus se llevó.
El efecto inmediato de la quiebra y/o cierre temporal de estas unidades productivas, fue la pérdida de empleos y, por vía de consecuencia, la reducción de los ingresos por parte de los trabajadores. Este panorama apuntaba a un aumento en los niveles de pobreza y a una profundización de la desigualdad, sobre todo en países en donde ya esto era un problema.
Los gobiernos se vieron compelidos, en casi todo el mundo, a diseñar y poner en marcha programas de ayuda e incentivos para contrarrestar la crisis económica que se había generado, al tiempo que lidiaban con los problemas vinculados al deterioro de los sistemas de salud.
Obviamente, estos gobiernos de Estados también estaban sufriendo la pérdida de ingresos tributarios por el cierre de empresas, lo que los obligó a endeudarse tanto internamente como en los mercados financieros internacionales, lo que compromete aún más las ya comprometidas finanzas públicas.
Bajo este escenario, la gran pregunta es qué esperar del 2021, y cuáles proyecciones serán válidas a la luz de los resultados finales que se tendrán para el 2020. Si partimos de las expectativas que tiene la Cepal en relación a que el PIB de América Latina y el Caribe crecerá un 3.7% durante el 2021, hay motivo para el optimismo. En el caso de República Dominicana, se calcula que la economía de nuestro país tendrá una expansión de un 5.0% durante el próximo año, lo que es alentador si se compara con el crecimiento que tendrán los demás países de la región.
Pero quizás la mejor noticia para estar optimista frente al 2021, es la aparición de la vacuna contra el covid-19, la cual ya está circulando en algunos países de la zona euro y en Estados Unidos. Se espera que los países de esta región, incluyendo República Dominicana, reciban esta vacuna durante el primer o segundo trimestre del próximo año. Mientras tanto, llenémonos de optimismo, no solamente por la llegada del 2021, sino por la partida de este insólito e inefable 2020.











