Desde los inicios de la humanidad la agricultura ha sido uno de los pilares para su desarrollo económico y social. Hoy, por supuesto, representa un sector de impacto en la economía de muchos países e inclusive para algunos un medio de subsistencia. En ese sentido, son cada vez más utilizados los estándares de sostenibilidad.
A través de estos instrumentos, se establecen pautas en los procesos de producción que suelen ser utilizados para respaldar la calidad y la introducción de buenas prácticas ambientales y sociales. Los aspectos de género, que algunos de estos instrumentos promueven, se centran en una mayor participación de mujeres en la actividad económica, una mejor condición laboral, un acceso a recursos productivos y a la capacitación e instrucción técnica.
De hecho, el informe “La Superación de Brechas de Género en el Comercio Justo”, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), establece que la evaluación sobre los impactos de los estándares para mejorar la sostenibilidad, incluidos los aspectos de género, son variados y cambian en diversos sectores y lugares. Refiere que los obstáculos para el cambio en la situación de la mujer están relacionados con aspectos culturales y las normas sociales que generan discriminación.
Algunas de las principales barreras de comportamiento se refieren a estereotipos de género que muestran a la mujer como perteneciente al ámbito doméstico y a tareas de cuidado no remunerado, y no a la labor agrícola, que es considerada exigente físicamente para las féminas.
Además de dedicarse al trabajo agropecuario, las mujeres también se dedican a las labores domésticas tradicionalmente asignadas a ellas, como la limpieza del hogar, preparación de los alimentos y el cuidado de los niños y adultos mayores. Esta otra ocupación no es remunerada lo representa horas extra al trabajo agropecuario.
Acceso a la propiedad
La Oficina Nacional de Estadística (ONE) publicó el estudio “Medición del Aporte de la Mujer en las Actividades Agropecuarias en República Dominicana” en el que arroja que existe una cantidad considerable de mujeres (25 % de las personas encuestadas) dueñas o propietarias de tierras, sin embargo, al mismo tiempo se identificó que muchas de éstas no son las productoras principales.
Esta investigación también reflejó que las mujeres rurales trabajan en condiciones de desventaja respecto a los hombres presentando una mayor dificultad para el acceso a la tierra, el crédito, su participación en la toma de decisiones, capacitación técnica especializada, así como contar con insumos agrícolas.













