Haití es nuestro vecino. También es nuestro socio comercial más próximo, un emisor de mano de obra hacia los sectores económicos más importantes desde el enfoque de su aporte al producto interno bruto (PIB) y, además, hay una conexión histórica indisoluble.
Nuestros caminos han estado posicionados perpendicularmente desde antes de que existiéramos como Estado. Es oportuno recordar que esa nación logró su independencia de Francia el 1 de enero de 1804, luchando contra el poderoso ejército napoleónico, tras una guerra que se inició en 1791, la cual tuvo sus motivaciones en el proceso de luchas en Europa y Estados Unidos.
Haití es un pueblo que merece toda nuestra admiración desde el punto de vista de su interés por convertirse en autogestor de su destino. ¿Lo ha logrado? La verdad es que no. Quizá debemos ser críticos y admitir que el Estado haitiano nació un problema de origen: la división interna. En más de 220 años de historia como nación independiente no han logrado poderse de acuerdo respecto a la ruta que deben seguir para alcanzar el desarrollo.
Haití nació dividido y así continúa hasta la actualidad. La aparente unidad momentánea (por cortos períodos) se ha debido a regímenes de fuerza, en los cuales, coincidencialmente, se han logrado avances sociales, económicos y culturales importantes. Las obras de infraestructura más emblemáticos de Haití han sido construidas en períodos de dictares.
Y no es que la dictadura sea la solución, pero a veces el orden y la institucionalidad hay que imponerlos, especialmente cuando los poderes fácticos no logran consenso respecto a cuál debe ser la ruta a seguir para el bienestar de todos. Hay dos variables combinadas que logran la paz social: estabilidad económico y política. Al final son una tríada que dependen una de la otra.
La estabilidad social y política genera inversión, atrae capitales que se traducen en más empleos y en dinamismo económico.
En los primeros días de existencia como Estado, Haití intentó ser imperio. Tuvo reyes e, incluso, uno llegó a gobernar en el norte y otro en el sur. Los haitianos exterminaron, por razones étnicas, culturales y económicos, a quienes poseían el capital y la experiencia o madurez institucional para organizar el Estado.
La rebelión de los negros, en sus inicios, fue contra los blancos opresores. El objetivo era acabar con los esclavistas. Sin embargo, luego de lograrlo, es decir, que sacaron a todos los dominaban, no pudieron construir un proyecto de nación unificado.
Los hechos hablan por sí solos: mataron al propio Jean-Jacques Dessalines, quien fuera el líder de la revolución que proclamó la independencia y se convirtió en su primer gobernante. Su historia por lo menos cuenta con 43 golpes de Estado y más de un centenar de guerras civiles.
Consecuencias de su historia accidentada: pobreza, pobreza y más pobreza.
Y al final pregunto: ¿Cuál es la solución para lograr la cohesión que tanto necesita Haití para alcanzar su desarrollo?









