En estas páginas hemos comentado previamente sobre la creciente ola de autoritarismo en Latinoamérica, citando varios ejemplos de países en los cuales las instituciones democráticas han sufrido un serio deterioro durante los últimos años.
Pero el caso de El Salvador merece ser examinado con mayor detenimiento, especialmente luego del “triunfo” del presidente Nayib Bukele en las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo.
La realidad de El Salvador no era ni es fácil ni sencilla. Sin lugar a dudas, las pandillas y, prácticamente, guerrillas armadas en ese país, habían creado una situación de inseguridad e inestabilidad del Estado que no era sostenible. La promesa de Bukele de resolver este problema lo catapultó a la presidencia de ese país.
Pero la popularidad de Bukele, y sus políticas y acciones que muchos celebran en nuestro país y las tildan de ejemplo para nosotros, no deja de plantear para algunos que las instituciones democráticas tradicionales fallaron en su accionar, y solo a través de un régimen dictatorial se pueden resolver estos temas. Hasta han llegado a comprar la supuesta seguridad que los dominicanos teníamos durante la era del tirano Trujillo, nuevamente retrotrayéndonos a una época nefasta en nuestra historia.
Bukele, además de millenial, es de carrera de mercadotecnia, y su rápido ascenso en el entorno político salvadoreño tiene mucho que ver con la forma en que se ha presentado, explotando su dominio del arte del mensaje. De hecho, se pudiera decir que gran parte de sus éxito ha sido el lograr que el mensaje que le conviene a él y sus allegados sea difundido como la verdad absoluta, aunque no sea completamente cierto. Quizás el logro, o al menos lo que es presentado como tal, ha sido la reducción de violencia por pandillas a través de brutales métodos de represión, que han convertido a El Salvador en un verdadero estado policíaco.
Esto ha sido impuesto a través de leyes aprobadas por un Congreso que el partido de Bukele domina y que, en un momento militarizó -hasta la sala de sesión de la cámara de representantes- para lograr sus objetivos.
Asimismo, la constitución de El Salvador explícitamente prohíbe la reelección presidencial y, de hecho, esboza artículos que condenan a aquellos que pretendan plantear el tema. Sin embargo, en otro golpe institucional, el Tribunal Supremo establecido por Bukele le permitió postularse por la presidencia, otro ejemplo del quebranto institucional del país, que ha llevado a que no existan ya estructuras de poder capaces de hacerle frente al “dictador más cool del mundo”.
En fin, es muy fácil para aquellos que no tienen que vivir en el país de El Salvador escribir sobre el ocaso de la democracia allá, de la misma forma que no tenemos que vivir con las pandillas que ciertamente azotaban a la población.
Pero los problemas institucionales y la creación de condiciones para la prosperidad no nacen de resolver un problema, por grande que sea, imponiendo una dictadura; a largo plazo, lo único que deja esto es miseria y atraso. Nos toca a quienes creemos en la democracia defenderla.









