El cambio climático es uno de los temas más debatidos de nuestro tiempo. Aunque la mayoría de los científicos coincide en que es una realidad urgente, provocada en gran medida por la actividad humana, aún hay quienes creen que es una fantasía o una exageración. Lo que no se puede ignorar es que los cambios en las temperaturas y los patrones climáticos afectan nuestro entorno y nuestra vida cotidiana, intensificando las desigualdades ya existentes en nuestra sociedad.
Los efectos de la lluvia del 18 de noviembre de 2023, que concentró 431 milímetros de agua y dejó como resultado 30 fallecidos, más de 37,000 desplazados y 7,412 viviendas afectadas, son un recordatorio contundente de cómo los fenómenos climáticos nos afectan a todos de manera indiscriminada, sin importar la clase social o el nivel de ingresos. Estos fenómenos se manifiestan de múltiples maneras, desde pérdidas materiales y de medios de vida provocados por las inundaciones, hasta la disminución de la productividad debido a temperaturas extremas e incluso desplazamientos forzados causados por sequías.
Cuando se combina la vulnerabilidad climática que enfrenta República Dominicana como país insular con la vulnerabilidad socioeconómica de gran parte de la población, los efectos se incrementan de manera exponencial. Esto recuerda a un principio económico bien conocido: “el menos elástico siempre paga más”. En este contexto, la población más vulnerable es la que sufre de manera más severa las consecuencias del cambio climático.
Un ejemplo concreto de esto sería una familia que depende de la agricultura para alimentarse y generar ingresos con la venta de productos agrícolas. En un contexto de sequía, la producción se vería afectada, reduciendo la cantidad y calidad de la cosecha, lo que se traduce en menor disponibilidad de comida e ingresos para la familia. Al mismo tiempo, habría una menor disponibilidad de alimentos en el mercado y aumento de precios debido a la escasez, afectando la seguridad alimentaria de otras familias. A medida que la situación económica se deteriora, la familia productora tendría menos recursos para invertir en medidas de adaptación al cambio climático, como sistemas de riego o cultivos más resistentes, lo que limitaría su capacidad de recuperación. Lo mismo ocurre si se trata de una familia que vive en una zona de riesgo y sufrió daño parcial o total en sus viviendas o de un emprendedor, ya que reponerse implica un costo “no programado” que afecta su nivel de vida.
El Informe sobre Clima y Desarrollo para República Dominicana, elaborado por el Banco Mundial, señala que las desviaciones del PIB inducidas por el clima podrían alcanzar el 16.7% del PIB para 2050. Para este año se espera que los efectos del cambio climático reduzcan la productividad laboral y afecten la salud, el rendimiento de los cultivos, el turismo, la infraestructura y los ecosistemas naturales, como los bosques y las zonas costeras. Estos impactos estimados tendrán un efecto dominó en la economía y la sociedad, profundizando la pobreza y aumentando las desigualdades, con un incremento de la tasa de pobreza de entre 0.7 y 1.2 puntos porcentuales, lo que implicaría entre un 16% y un 25% más de personas viviendo en situación de pobreza en comparación con un escenario sin cambio climático.
En mi opinión, el cambio climático ya dado evidencia para dejar de ser una cuestión de debate teórico y se ha convertido en una realidad palpable que afecta a todas las esferas de la vida. Es importante destacar que las “soluciones” a este fenómeno incluyen tanto medidas de mitigación como de adaptación y por eso la importancia de tomar acción para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, avanzar en la transición a fuentes de energía renovables y promover la reforestación, a fin de convertirnos en un país más resiliente al clima. Esto no solo protegerá nuestro medio ambiente, sino también salvaguardará nuestro bienestar económico y social.












