En la épica Odisea, Ulises enfrenta un dilema: cómo resistir la tentación de las sirenas sin lanzarse al mar. Para evitar caer en su canto, Ulises ordena que lo amarren al mástil del barco y que sus oídos sean cubiertos. Aunque sabe que sentirá una intensa atracción hacia las sirenas, decide privarse de la libertad de ceder a su deseo en ese momento (Bazdresch, 2014).
Este fenómeno de cambiar de opinión a lo largo del tiempo se conoce como inconsistencia temporal. Representa la discrepancia entre nuestra perspectiva antes de comprometernos con una acción (a priori) y nuestra perspectiva después de llevarla a cabo (ex post) (Castejón, 2020).
Todos hemos experimentado esta inconsistencia: acordamos hacer algo que nos beneficia inicialmente, pero luego, cuando llega el momento de actuar, ya no nos parece tan conveniente (Saavedra, 2022).
La procrastinación es un ejemplo común de esta inconsistencia. Postergamos tareas hasta “mañana”, y cuando llega ese día, volvemos a posponerlas. La economía conductual explora mecanismos para abordar este sesgo. Por ejemplo, las empresas utilizan estrategias de compromiso, restringiendo opciones futuras y anticipando el riesgo de comportamiento impulsivo. Las membresías de gimnasios con penalizaciones por cancelación son un claro ejemplo de ello (Saavedra, 2022).
Desarrollo conductual
Los psicólogos y economistas del comportamiento han demostrado en varios experimentos que las personas tienden a sacrificar beneficios a largo plazo por conseguir beneficios inmediatos. Por ejemplo, tener una forma física envidiable rápidamente pasa a un segundo plano cuando estamos frente a un pedazo de bizcocho.
Esto figura un reto para la teoría sobre la toma de decisión que desarrolla la literatura de economía clásica, ya que la misma supone que las personas “descontamos el futuro de manera constante”; en español, que tenemos la capacidad de anticipar perfectamente los beneficios futuros de las desiciones que tomamos hoy, y sostener el valor de estos beneficios en cualquier momento del tiempo. Pero la realidad es que ninguna persona tiene la capacidad de hacer eso (Miller, 2021).
Sin embargo, ¿si el descuento futuro no se hace de manera constante, cómo naturalmente lo hacemos? Respondiendo esta pregunta es que surgen una serie de teorías conductuales basadas en sesgos y heurísticas (Miller, 2021).
Cuando hay un lapso largo entre la decisión tomada y los beneficios o costos de esta, solemos tomar decisiones coherentes. Sin embargo, cuando los beneficios o costos son inmediatos, somos muy propensos a tomar malas decisiones, sacrificando los beneficios a largo plazo por los beneficios inmediatos (Miller, 2021). Podemos estar totalmente comprometidos por una meta, sin embargo, sabemos que cuando el momento presente se ve perjudicado por esa meta somos más propensos a desvirtuarla para acceder al beneficio inmediato.
Loewenstein y Kalyanaraman publicaron un experimento sobre esto en 1999. El mismo consistía en dar acceso a rentar películas gratuitamente a un grupo de personas, destacando dos categorías entre estas películas; intelectuales y superficiales. Cuando debían elegir para visualizar la película inmediatamente, la mayoría escogía películas de entretenimiento, mientras que cuando este mismo grupo hacía selección de películas para ver después, la mayoría eran del grupo intelectual.
Esta inconsistencia dinámica tiene una directa relación con el cambio de los criterios de decisión según la “proyección temporal”; en español, en qué momento del tiempo ocurrirán. A mayor plazo establecemos objetivos ambiciosos mientras que en el corto plazo se nos dificulta cumplir porque somos más susceptibles a opciones más placenteras (Casanovas, 2016).
En otros experimentos se ha demostrado que las personas presentan mayor inconsistencia cuando deben medir el costo de esperar —la impaciencia—. Por ejemplo, los individuos presentan una disposición clara a pagar en sobreprecio con tal de no esperar un año completo para recibir un producto. Están dispuestos a pagar hasta 20% adicional al valor de su precio con tal de recibirlo inmediatamente. Sin embargo, no están dispuestos a pagar este mismo sobreprecio por ahorrar un año de espera cuando la opción es de reducir el tiempo de seis años a cinco. O sea, no están dispuestos a reducir el mismo tiempo de espera (un año) pero más tarde (Bazdresch, 2014).
Estos casos de inconsistencia temporal están en todas partes de nuestro entorno, acompañadas casi siempre de las herramientas personales y sociales que necesitamos para mitigarla. Un buen ejemplo de estas herramientas son los sistemas de leyes y justicia que buscan evitar que las personas sean susceptibles a los instintos que no son consistentes con las preferencias a largo plazo. De la misma forma creamos contratos para dar garantía de nuestras promesas. Con mucha frecuencia, al igual que Ulises, nos establecemos reglas autoimpuestas para ayudarnos a evitar las tentaciones y llevar a cabo nuestros planes (Bazdresch, 2014).
Impacto económico
El primer estudio sobre las inconsistencias temporales, o las preferencias que cambian en el tiempo, se le atribuye a un economista de Chicago, Robert H Stortz, quien en 1956 trabajó en la Universidad de Northwestern este tema.
A partir de sus aportes los economistas definen este problema como un desacuerdo entre el curso de acción óptimo para el agente actual y el curso de acción óptimo para el agente en el futuro (Bazdresch, 2014). Esta inconsistencia es un fenómeno estudiado y conocido en las escuelas de economía y politología, porque suele afectar la relación entre empresas, estado y ciudadanos (Castejón, 2020).
Planteemos un escenario como ejemplo que nos permite observar con mayor facilidad los efectos que este sesgo puede tener a nivel económico. Imaginemos un señor dueño de tierra que quiere que sus siervos siembren y cultiven eficazmente la tierra. El escenario optimo para el señor dueño de la tierra es poder apropiarse de la totalidad de las cosechas, sin embargo en este escenario es muy probable que los trabajadores no se esfuercen por sembrar y cosechar; resultado opuesto al que se generaría si los siervos se enterasen que se quedarán con parte de la cosecha.
En este escenario se genera el fenómeno de la inconsistencia temporal; al inicio al dueño de la tierra le conviene comprometerse con repartir entre los siervos una parte de la cosecha para generar incentivo, sin embargo cuando ya la cosecha es cultivada tiene todos los motivos y posibilidades de quedarse con la totalidad de lo cosechado, con la única desventaja de que en un próximo período ya sus palabras no tendrán ningún tipo de credibilidad para los siervos.
Un escenario similar ocurre con los gobiernos, iniciando un período tienen toda la motivación de incentivar a las empresas con facilidades y bajos impuestos, para que produzcan más, pero una vez ya hechas las inversiones y los costos hundidos, la decisión óptima del gobierno puede cambiar según las ganancias generadas (Castejón, 2020).
En 1977 fue publicado un papel de trabajo en el Journal of Political Economy sobre la inconsistencia dinámica, dirigido por Finn E. Kydland y Edward C. Prescott quienes fueron galardonados en 2004 con un premio Nobel de economía. Esta publicación abordaba el típico compromiso de los políticos con reducir la inflación y la tendencia de actuar en sentido contrario, comúnmente por el temor a los efectos económicos que generaría dicha reducción (Casanovas, 2016).
Como dice Pedro Rodríguez y Luis Rodríguez en su obra “El petróleo como instrumento de progreso”; existe inconsistencia dinámica cuando la aplicación de una política óptima para el decisor y la colectividad lleva a una situación donde la continuación de dicha política ya no es óptima para el decisorio, aunque siga siendo optima para la colectividad (Castejón, 2020).













