La evidencia empírica de que un país va por mal camino está en sus estadísticas sobre el comportamiento de la economía: nivel de crecimiento económico, deuda pública, inflación, entre otras variables económicas. En efecto, lo que ha pasado en Venezuela en los últimos 25 años, en términos económicos, es digno de analizar para que, como decía un letrero a la entrada del monumento que se construyó en un campo de concentración en Dachau, Alemania: “no se olvide y nunca se repita”. En 2020 la economía venezolana creció un 3.7% con relación al año inmediatamente anterior, logrando colocarla como la número 37 en el ranking de los 195 países de los que se publica el PIB.
Sin embargo, hoy la economía venezolana se encuentra en el lugar 71 por volumen de su PIB, mientras su deuda pública, al 2017, alcanzaba un 133.61% del PIB, uno de los más altos del mundo. Cabe destacar que, según estimaciones de organismos internacionales, la deuda de Venezuela puede haber alcanzado ya los 200,000 millones de dólares, pero esta cifra no se puede validar ya que durante los últimos 5 años ha habido lo que se denomina como un “silencio estadístico”, en donde no se ofrecen detalles de determinadas variables económicas. En cuanto a la inflación, la última tasa de variación anual publicada fue de 51.4% y la misma corresponde a junio de 2024.
En cuanto al PIB per cápita, al 2000 este alcanzó unos 5,217 euros, encontrándose en ese momento en el lugar 60 de los 195 países que se publicaba ese dato. Pero las cosas, evidentemente, cambiaron y con ello vino el deterioro de los indicadores económicos. Por ejemplo, cuando Nicolás Maduro asume la presidencia del país, hace 13 años, el PIB per cápita estaba en US$8,692, y para 2023 este cae estrepitosamente a US$3,659, una reducción de aproximadamente US$5,033, Así también, en 2022 Venezuela fue la economía número 132 del mundo en términos de exportaciones totales, y la número 116 en importaciones, a pesar de ser uno de los mayores productores de petróleo del mundo.
Pero si la situación es compleja para la economía, más lo es para la población que lo sufre. En el año 2000 había emigrado de Venezuela un total de 317,753 habitantes, de los cuales 141,216 eran hombres. Esta cifra aumentó de manera impresionante a enero del 2024, calculándose que 7.7 millones de habitantes habían salido, para un promedio anual de 320,000 personas, según datos de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).
Según la Organización internacional de las Migraciones (OIM), los venezolanos han emigrado, mayoritariamente, hacia Colombia, país que acoge a unos 2.8 millones; luego le sigue Perú, con 1.5 millones, y el Ecuador con un poco más de medio millón. Y el problema básico no es que hayan emigrado, sino las razones por las que lo han hecho: falta de empleos, escasez de alimentos, caída de la estructura de servicios públicos y sociales como los de salud, educación, electricidad, combustibles.
Frente a este penoso panorama, el gobierno del tristemente célebre de Maduro se aferra al poder y, a partir de unos resultados electorales, evidentemente manipulados y retorcidos, se declara ganador de los comicios, en clara confabulación con un Consejo Nacional Electoral que parece más una caricatura que un órgano digno de una verdadera democracia.
Mientras tanto, la oposición política venezolana queda atrapada en un escenario poco favorable para una lucha con posibilidades de éxito, a pesar de los millones de venezolanos que la apoyan y están dispuestos a morir en las calles. Mientras tanto, la comunidad internacional solo atina a manifestar “intenciones”, lo mismo que la OEA, la ONU y la Unión Europea. Pero todos saben que para salvar a un pueblo y a una economía de una dictadura no “basta rezar, hacen faltas muchas cosas-armas para conseguir la paz”.











