El exministro de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD), Juan Ariel Jiménez, ha advertido algo que tiene un verdadero peso de cierto e irrefutable: “ningún gobierno ha alcanzado el desarrollo de un país regalando dinero”. De entrada, quiero apoyar en todas sus partes esta afirmación. Esta frase, por supuesto, debe ser conservada para ser “reanalizada” en un futuro quizá no muy lejano.
Como previa no puedo dejar de mencionar que Jiménez fue ministro de un gobierno que también acostumbraba a regalar dinero, entregar canastas, tarjetas de subsidios, canastillas para las embarazadas y, lamentablemente, los escándalos de corrupción lo hicieron saltar del Gobierno. Sólo para recordar. Esta gestión, por supuesto, tampoco se salva de sus escándalos.
Supongo que cuando Jiménez, profesor de Harvard y un alto dirigente político dominicano, dice que entregar dinero no ayuda a desarrollar un pueblo, lo hace con conocimiento de causa. Y lo creo, repito, ya que está clarísimo que la distribución de las riquezas de un país no debe hacerse a través de dádivas.
Lo único que garantiza el desarrollo generalizado en una sociedad son las oportunidades individuales de acumulación de riquezas, producto del trabajo de cada ente utilizando sus capacidades para crear riquezas. En una economía de mercado la competencia potencializa al individuo como ente productivo.
En otro punto estoy de acuerdo con Jiménez. Hay una clara contradicción en las cifras oficiales de pobreza en comparación con la cantidad de bonos anunciados por el gobierno del presidente Luis Abinader. Lo dice porque mientras el Ministerio de Economía reporta menos de 2.1 millones de personas en situación de pobreza, el gobierno ha comunicado la entrega de bonos a tres millones de dominicanos. Si esto es así, entonces habría que explicar está amplia diferencia entre la cantidad de pobres y la cantidad de tarjetas que como bonos navideños serán distribuidas.
Esto es aritmética simple. Es más, podríamos pedir hasta una auditoría a este proceso. En ningún caso, por más que se quiera, podrían entregarse más ayudas en Navidad que la cantidad de personas en condición de necesitarla.
Lo otro, y lo dice también Jiménez, es que “esto implica que al menos uno de cada tres beneficiarios no necesita esta ayuda, lo que pone de manifiesto una alarmante falta de focalización en la asignación de recursos”. Podría decirse, de igual manera, que la capacidad gerencial de Gloria Reyes ha quedado en dudas.
Jiménez también habla del enfoque populista de las ayudas, lo cual es criticable. Sin embargo, es bueno preguntarse si no había el mismo sentido en las ayudas que entregaba el gobierno al cual él perteneció. ¿Cuál era la diferencia?
Para cerrar, creo firmemente que los gobiernos que hemos tenido desde 1966 a la fecha, sin excepción, han tenido una visión equivocada respecto a la forma en que han querido sacar a la gente de la pobreza. Hubiera sido más fácil enseñar a pescar que entregar el pescado.












