La seguridad de los datos es un tema que toca fibras sensibles: nuestra privacidad, nuestras decisiones y, en última instancia, nuestra confianza en un sistema global total. En este lado del mundo, parece haber un consenso tácito: preferimos que nuestros datos estén en servidores estadounidenses antes que en manos de empresas chinas. Pero me pregunto, ¿de dónde viene esa confianza hacia unos y esa desconfianza hacia otros?
Voy a ser crítico conmigo mismo. Yo también he asumido esta postura sin pensar demasiado en por qué. Quizás porque el discurso global lo favorece, porque crecí rodeado de películas, noticias y tecnología que colocaban a Estados Unidos como el “buen vecino”. Pero cuando detengo el impulso automático y miro un “chin” más allá, me encuentro con una verdad incómoda: esta preferencia no siempre está sustentada en hechos, sino en prejuicios y narrativas que hemos aceptado casi sin cuestionar.
¿Es Estados Unidos realmente más seguro?
Hablemos de confianza. Estados Unidos ha logrado construir una reputación como la cuna de la libertad individual y la innovación tecnológica. Apple, Google, Amazon… Todos son nombres que proyectan modernidad y seguridad. Sin embargo, los archivos que Edward Snowden reveló hace una década me siguen resonando. La NSA, una agencia gubernamental, recolectaba datos de ciudadanos estadounidenses y extranjeros a una escala que parecía sacada de una novela distópica.
Entonces, ¿qué diferencia hay entre un estado que recolecta datos desde Silicon Valley y uno que lo hace desde Shanghái? ¿Es más moral o aceptable porque el idioma es más familiar o porque lo vemos en un marco democrático?
Creo que ahí es donde está el truco: en la percepción. Nos hemos acostumbrado a tolerar las fallas de Occidente porque las vemos como anomalías, no como patrones. Pero si sucede algo similar en China, automáticamente lo encasillamos como prueba de un sistema represivo.
China y el peso del prejuicio
Cuando pienso en China, reconozco que mi percepción está cargada de prejuicios, muchos de ellos alimentados por los medios de comunicación y las narrativas políticas. ¿Acaso no fue Donald Trump quien constantemente vinculó a China con palabras como “espionaje” y “amenaza”? La narrativa es poderosa, porque no importa cuántas veces vea que empresas estadounidenses también han abusado de mis datos, mi instinto inicial es desconfiar más de una aplicación china como TikTok que de Facebook, a pesar de que esta última tiene un historial escandaloso.
Hay algo más: la falta de familiaridad. China es, para muchos de nosotros, una gran incógnita. El idioma, la cultura, el sistema político… Todo parece tan lejano y distinto que nos resulta más fácil desconfiar que tratar de entender. En cambio, Estados Unidos, con toda su propaganda cultural, se siente como “de los nuestros”.
El caso DeepSeek y lo que realmente importa
Con la llegada de DeepSeek, una inteligencia artificial china que promete revolucionar la tecnología, me doy cuenta de que mi postura sigue siendo ambivalente. Por un lado, me emociona que el mundo tenga alternativas fuera del monopolio tecnológico estadounidense. Por otro, no puedo evitar preguntarme si mis datos estarán seguros en una herramienta proveniente de China.
Pero si soy honesto, ¿acaso debería preocuparme menos por mis datos porque estén alojados en un servidor de California? Si la historia me ha enseñado algo, es que ninguna nación, por más democrática que se autoproclame, está exenta de abusar del poder que da la información.
La realidad es que la seguridad de los datos no depende exclusivamente de quién aloja los servidores, sino de las regulaciones, la transparencia y nuestra capacidad de exigir rendición de cuentas. No importa si es DeepSeek, Open AI, Google o cualquier otra empresa: la vigilancia es un riesgo inherente a la tecnología moderna.
Lo que quiero dejar
Si tengo que elegir un bando, prefiero elegir la vigilancia consciente. No se trata de decidir entre Estados Unidos o China, sino de cuestionar los sistemas que permiten que nuestros datos se utilicen sin nuestro consentimiento. Se trata de entender que confiar ciegamente en cualquier poder, sea del Este o del Oeste, es un acto de negligencia como ciudadanos.
Nosotros, como usuarios, necesitamos cambiar la narrativa. Preguntarnos por qué aceptamos la recolección masiva de datos como algo inevitable, exigir leyes internacionales que regulen su uso y cuestionar no solo a China, sino también a Occidente.
En última instancia, creo que el estigma hacia China no es nada más un reflejo de su sistema político, sino de nuestra incapacidad para enfrentarnos al hecho de que la tecnología moderna ha difuminado los límites de la privacidad en todo el mundo. Tal vez es más cómodo señalar a otro país como el culpable que admitir que el problema está en cómo hemos decidido vivir en este nuevo ecosistema de pantallas.











