La primera lectura de ese encuentro sugiere mucha madurez democrática. Los expresidentes, en su mayoría figuras “polarizantes” en su tiempo, hoy parecen reconocer que la magnitud del problema haitiano trasciende las banderas partidarias.
Su participación conjunta, a partir de la convocatoria realizada por el presidente Luis Abinader, envía un mensaje claro: los intereses nacionales están por encima de los políticos. Este gesto tiene el potencial de calmar tensiones internas, unificar discursos y consolidar políticas de Estado a corto, mediano y largo plazo frente a la problemática haitiana.
La situación de Haití no es simplemente un problema externo, es una crisis humanitaria, económica y política que ya desborda las fronteras de ese país. Con un Estado colapsado, bandas armadas controlando territorios y millones de ciudadanos en condiciones de desesperación, Haití representa un foco de inestabilidad regional que inevitablemente impacta a República Dominicana.
La inmigración ilegal, en aumento constante, representa un desafío serio a los servicios públicos dominicanos, en donde la salud, educación, empleo informal y seguridad ciudadana están sintiendo el mayor peso. La ausencia de gobernabilidad en Haití hace inviable, y poco realista, la repatriación masiva de forma ordenada.
A su vez, la comunidad internacional ha sido, hasta momento, incapaz de ofrecer soluciones sostenidas. Frente a esto, los expresidentes dominicanos podrían tener un papel clave en la articulación de una postura más fuerte ante organismos multilaterales y potencias regionales.
¿Qué se puede esperar de esta reunión? Si se asume con visión estratégica, este encuentro presidencial podría desembocar en la elaboración de una hoja de ruta consensuada en al menos tres dimensiones:
- Política migratoria integral, que establezca mecanismos más estrictos de control fronterizo y acuerdos binacionales sobre retorno y asistencia humanitaria;
- Presión diplomática coordinada, lo que implica la creación de un frente común ante la comunidad internacional, exigiendo acciones más efectivas para la pacificación y reconstrucción institucional de Haití, y
- Plan nacional de resiliencia institucional, para fortalecer los sistemas de salud, educación, seguridad y empleo frente a la presión migratoria, protegiendo los recursos públicos y la cohesión social.
A pesar de las anteriores expectativas, se sabe que los dominicanos tienen un escepticismo natural frente a esta reunión, pues la historia dominicana está repleta de mesas de diálogo que nunca llegan a ningún puerto ni a nada concreto. Sin embargo, esta iniciativa tiene un valor simbólico poderoso, y si logra capitalizarse en acciones concretas -como la creación de una comisión nacional permanente, o una política migratoria de Estado menos flexible- podría convertirse en uno de los pocos momentos en que la política dominicana se alineó, no para competir, sino para construir. Es obvio que también hay riesgos. El uso político de esta reunión por parte de alguno de sus participantes podría restarle legitimidad.
El país se encuentra en un cruce de caminos. La crisis haitiana no desaparecerá mañana, y cada decisión -o indecisión- que se tome hoy tendrá consecuencias en la seguridad, la identidad y el futuro económico del país. La reunión del presidente actual con los tres expresidentes no debe verse como un evento más, sino como una plataforma para generar consensos duraderos. Este es un momento para pensar en grande, actuar con altura, políticamente hablando. Es una gran oportunidad para escribir la historia.












