El economista Gary Becker revolucionó la forma en que entendemos las relaciones familiares al aplicar el análisis económico a la vida doméstica.
Para Becker, el matrimonio no es solo un vínculo afectivo, sino una estructura que ayuda a enfrentar riesgos económicos. Por ejemplo, si uno de los cónyuges pierde su empleo, el ingreso del otro puede amortiguar el impacto, haciendo del matrimonio una especie de seguro informal (González‑Val, 2016).
Además, como afirman Wilcox y Cavallé en 2012, el matrimonio promueve hábitos financieros más responsables, como el ahorro y la inversión en activos, y contribuye al fortalecimiento del capital humano y social. En países donde esta institución sigue siendo sólida -como China, India o Malasia-, podría incluso generar beneficios económicos sostenibles en el tiempo.
Menos matrimonios, más consecuencias
La cantidad de matrimonios ha disminuido notablemente en diversas regiones del mundo. Según datos de Eurostat (2025), en la Unión Europea las tasas de matrimonio se redujeron a la mitad desde 1964.
Wilcox y Cavallé señalaron que en países de América Latina como Argentina, Chile, Perú y Colombia, así como en Sudáfrica, las tasas de nupcialidad están por debajo de cuatro, debido a factores como el auge de la convivencia sin casarse, las migraciones prolongadas y una población aún joven. En contraste, países como China y Egipto mantienen tasas superiores a la media.
Esta disminución conlleva importantes efectos demográficos. Como afirma FasterCapital en 2025 y Jia y Lubetkin en 2020, las parejas casadas tienden a tener más hijos, lo cual influye directamente en el tamaño de la población activa y en la sostenibilidad de los sistemas de bienestar.
Menos matrimonios implica menos nacimientos, lo que puede acelerar el envejecimiento poblacional y reducir la base laboral sobre la cual se sostiene el crecimiento económico. Además, las uniones informales suelen ser más frágiles, afectando la estabilidad familiar y el desarrollo infantil, como advierten Wilcox y Cavallé.
Beneficios: economía, salud y estabilidad
Los beneficios no se limitan a lo financiero. Estudios longitudinales realizados por Jia y Lubetkin muestran que tanto hombres como mujeres casadas viven más años en promedio, y en mejores condiciones de salud, que aquellos que no están casados.
Para los hombres, la diferencia es de hasta 2.2 años más de vida y 2.4 años adicionales sin discapacidad. En las mujeres, estas cifras también son significativas, con 1.5 y 2 años respectivamente. Este fenómeno se relaciona con el acompañamiento emocional, la vigilancia mutua sobre el cuidado de la salud y un mayor acceso a redes de apoyo.
Harvard Health Publishing (2019) respalda esta idea con un estudio sobre pacientes con cáncer: quienes estaban casados tenían más probabilidades de ser diagnosticados a tiempo, recibir tratamiento y sobrevivir. Según Manzoli et al. (2007), no estar casado -y especialmente nunca haberse casado- está fuertemente asociado con una mayor probabilidad de muerte prematura, aunque aún no puede afirmarse que exista causalidad directa.
Hijos y el entorno familiar
Los cambios en los patrones de convivencia también han transformado la estructura familiar. Wilcox y Cavallé indican que en países como China, Corea del Sur y Arabia Saudita es poco común convivir sin casarse, pero en otras regiones como Filipinas, aunque el matrimonio sigue siendo frecuente, la convivencia informal va en aumento.
Esta tendencia, según FasterCapital y Jia y Lubetkin, puede traer consecuencias negativas: las uniones informales son más vulnerables a rupturas, y la inestabilidad familiar puede repercutir en el desarrollo de los hijos.
Los niños que crecen en hogares con estructuras matrimoniales estables tienen más posibilidades de terminar sus estudios, lograr empleos formales y establecer relaciones saludables como adultos.
Sin embargo, la tendencia es a la inversa, pues los nacimientos fuera de matrimonio van en aumento. Así lo explican Wilcox y Cavallé, quienes también alertan sobre el aumento de nacimientos fuera del matrimonio. Merino (2020) señala que, en la Unión Europea, el porcentaje de niños nacidos fuera del matrimonio pasó de 25% en el año 2000 a más del 42% en 2018, con cifras que superan el 70% en Islandia y más del 60% en Francia.
En América Latina, la situación es similar: en países como Colombia o Perú, más de la mitad de los nacimientos se da fuera de una unión formal.
¿Por qué se retrasa o evita?
Los ingresos y la educación influyen fuertemente en la decisión de casarse. Según FasterCapital y Jia y Lubetkin, las personas con mayores ingresos suelen ver el matrimonio como una opción más factible, mientras que quienes están enfocados en completar su formación académica o desarrollar su carrera profesional tienden a postergar esa decisión, lo cual también implica una postergación en la tenencia de hijos.
En este contexto, Wilcox y Cavallé advierten que muchas mujeres encuentran obstáculos importantes para conciliar sus estudios con la maternidad. El sistema educativo y laboral actual no está adaptado para permitir que una mujer interrumpa su carrera a los 20 años para formar una familia y luego pueda reinsertarse fácilmente una década después.
Las instituciones educativas, así como las empresas, tienen una gran oportunidad para incorporar políticas que faciliten ese equilibrio y reduzcan la penalización de no avanzar en los estudios o no conseguir un empleo por ser madre joven o estudiante con hijos.
¿Qué políticas podrían incentivar el matrimonio?
Martínez Navarro y Pérez Verdes (2022) proponen una solución concreta: facilitar el acceso a la vivienda como forma de incentivar los matrimonios. Esto podría lograrse a través de programas de ahorro con beneficios fiscales o una mayor oferta de viviendas asequibles. Sin embargo, advierten que si la demanda crece muy rápido, los precios podrían subir, haciendo que el remedio resulte contraproducente si no se gestiona con cuidado.
A pesar de las transformaciones sociales, el matrimonio sigue siendo valorado por la mayoría. En su estudio de 2012, Wilcox y Cavallé encontraron que más del 70% de los adultos en países como Alemania, Suecia y el Reino Unido consideraban que el matrimonio aún tenía relevancia.
En América Latina, el apoyo es incluso mayor: entre el 70% y el 87% de los adultos en países como México, Perú y Estados Unidos rechazan la idea de que el matrimonio sea una institución anticuada.









