Por: Fidel Lorenzo
La llamada tecnología 4.0 digitalización, inteligencia artificial, automatización y servicios virtuales ha sido presentada como el gran salto hacia el futuro. Sin embargo, este salto está dejando atrás a un sector de la población que, paradójicamente, sostuvo el progreso del siglo XX: los adultos mayores. Hoy vemos cómo instituciones públicas y privadas avanzan hacia la digitalización sin considerar la preparación, las habilidades ni las necesidades de quienes no crecieron en la era digital.
La brecha tecnológica no es una metáfora: es una forma real de discriminación. Las personas mayores no han recibido la capacitación necesaria para adaptarse a estos cambios, y aun así se les exige navegar aplicaciones complejas, plataformas bancarias y trámites migratorios completamente virtualizados. El mensaje implícito es duro: si no usas tecnología, quedas fuera. Esto no es inclusión digital; es exclusión por omisión.
Los bancos dominicanos han acelerado la transición hacia los servicios digitales: consultas, reclamaciones y gestiones que antes se resolvían con un representante ahora pasan por aplicaciones, mensajería automatizada o centros de llamadas tercerizados. Para miles de usuarios, especialmente adultos mayores, esto significa esperar respuestas que nunca llegan, enfrentar procesos confusos o lidiar con errores en transacciones sin contacto humano que asuma responsabilidad.
En el ámbito público, la experiencia es similar. En la Dirección General de Migración, buena parte de los trámites como el registro de entrada y salida, solicitudes de residencia o citas se basan casi exclusivamente en plataformas digitales. Mientras tanto, instituciones como la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) y la Tesorería de la Seguridad Social han migrado muchos de sus servicios a portales electrónicos, lo que es eficiente para algunos usuarios, pero un obstáculo serio para quienes no dominan estas herramientas.
Muchos ciudadanos, especialmente adultos mayores, expresan que se sienten invisibles ante esta digitalización obligatoria: deben depender de terceros, pagar por asistencia o enfrentar la frustración de no poder completar un trámite básico que antes resolvían personalmente.
Cuando un país convierte la tecnología en el único medio de acceso a servicios esenciales, corre el riesgo de excluir a quienes más necesita proteger. La eficiencia no puede estar por encima de la dignidad humana.
La República Dominicana avanza hacia la modernización, pero este avance no puede construirse sobre la exclusión. Ni los bancos, ni Migración, ni las instituciones públicas pueden olvidar que detrás de cada trámite hay una persona, no un usuario abstracto. La tecnología debe ser un puente, no un filtro.
Si perdemos el trato humano, perdemos algo más que eficiencia: perdemos justicia, confianza y cohesión social. Modernizarnos no debe significar deshumanizarnos. Urge una transformación que incluya alternativas presenciales, programas reales de alfabetización digital y protocolos de atención humana para quienes lo necesiten.
Porque un país que deja atrás a sus adultos mayores no está avanzando: está retrocediendo.
La tecnología 4.0 puede ser progreso, sí. Pero solo si nadie queda fuera.












