Antes de desarrollar el tema de cómo pudieran afectar positiva y/o negativamente a la economía dominicana los acontecimientos en pleno desarrollo en la República Bolivariana de Venezuela, es importante que aclare mi posición muy personal sobre la detención tan espectacular como controversial de Nicolás Maduro por tropas de élite de los Estados Unidos de América en la noche del 2 al 3 de enero del año 2026 apenas iniciado.
Mi esposa es venezolana. Nuestros dos hijos nacieron en Venezuela, una en Carora (Estado Lara) y el otro en la capital. Viví durante siete años en Caracas, Carora y Barquisimeto, los que fueron años maravillosos, con una gente maravillosa, en un país maravilloso. He vivido entre 1986 y 1993 los últimos años luminosos de lo que durante tanto tiempo fue el país envidiado por todos en Latinoamérica: una Venezuela tan próspera que los únicos flujos migratorios antes al chavismo eran desde fuera hacia adentro (realidad a la cual no escapa la República Dominicana), y además durante tantos años, una Venezuela que era uno de los muy escasos países del continente disfrutando de un auténtico sistema democrático, con alternancias políticas basadas en elecciones decididas de manera soberana por el “bravo pueblo” venezolano.
A partir del 4 de febrero 1992, con el primer intento fallido de golpe de estado liderado por Hugo Chávez (hasta esta fecha un perfecto desconocido de la población venezolana) y el surgimiento de Chávez como figura que cristalizara todas las oposiciones al régimen de partidos tradicionales que no habían logrado erradicar la pobreza, Venezuela inicia el viaje autodestructivo hacia el abismo de la patria de Bolívar, en nombre de quien, la mal llamada “revolución bolivariana” iría a destruir la riqueza de todo un país y de la enorme mayoría de la población.
No nos equivoquemos, el régimen de ideal revolucionario iniciado por Chávez en febrero 1999 parecía poder justificarse en sus primeros años, porque buscaba reemplazar románticamente un sistema democrático con altísimos niveles de corrupción que terminó agravando las enormes desigualdades de un sistema económico que nunca se preocupó en “sembrar el petróleo” (aquella visionaria advertencia del gran intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri en su editorial de portada del periódico “Ahora” un catorce de julio de 1936).
Ahora bien, luego de la muerte del “comandante Chávez” en marzo 2013, la llegada al poder de su sucesor designado Nicolás Maduro, el descalabro de la economía venezolana, conjuntamente con el endurecimiento cada vez más violento de un régimen dictatorial, apoyado por milicias cubanas, terminó de precipitar a la sociedad venezolana en un abismo que, a nivel regional (haciendo caso omiso de Haití) solo puede compararse al fracaso indiscutible de la revolución cubana. En ambos países, solo hizo falta la misma mezcla detonante: a) una dosis de economía colectivista, en una versión tropicalizada del más doctrinario comunismo; y, b) otra dosis tan letal de un régimen dictatorial que terminó de convertir la patria de Bolivar en una especie de narcoestado donde los ingresos del petróleo (y del narcotráfico) terminaron siendo compartidos entre una turma de narco-delincuentes al mando de cada institución estatal, y otros intereses imperiales que curiosamente, los que hoy pretenden defender la soberanía venezolana denunciando el arresto de Maduro se niegan en mencionar: los imperios chino, ruso e iraní que sí estaban saqueando las riquezas del pueblo venezolano.
Por lo que, tendrán que entender que me es imposible no celebrar la caída de un dictador tan malevolente como Nicolás Maduro; claramente, el arresto de Nicolás Maduro es una fantástica noticia para el pueblo venezolano, como lo comprueban ríos de lágrimas de los 8 millones de venezolanos exiliados fuera de la tierra de Bolívar que siguen celebrando el arresto de Maduro.
Sé que me podrán recalcar que este arresto (“secuestro” según los adversarios a esta captura) constituye (eventualmente) una violación al derecho internacional. Pero será entonces que el derecho internacional solo sirve para proteger y mantener en el poder gobiernos ilegítimos, además de corruptos y tiránicos. ¿Dónde ha estado el derecho internacional para defender al pueblo de Venezuela, dónde ha estado para hacer respetar el resultado de las elecciones de 2024 que fue en asalto a manos armadas por parte de Nicolás Maduro y los que (todavía) gobiernan a Venezuela? Para esto realmente debería servir el derecho internacional, y si no lo hace, entonces me parece completamente legítimo cuestionar la validez de este supuesto “derecho internacional”. Entre legalidad y legitimidad, si la legitimidad es del pueblo que, en esencia, es el único y verdadero soberano, entonces la legitimidad se impone a la legalidad, por lo que también en esta dimensión no logro conseguir argumentos para condenar el arresto de Nicolás Maduro. Todo lo contrario.
Ahora bien ¿cómo este nuevo proceso en Venezuela pudiese impactar a República Dominicana? Antes de todo, hay que reconocer que, desde la negociación de la recompra en 2015 de la casi totalidad de la deuda de Petrocaribe generada por las importantes compras de petróleo y derivados a Venezuela, el intercambio comercial entre los dos países se ha mantenido en un nivel prácticamente anecdótico. Hasta 2015, República Dominicana había acumulado una deuda de un poco más de US$4,300 millones con Venezuela, y producto de una exitosa negociación para el país, se logró recomprar hasta US$4,027 millones de esta deuda, pagando con un descuento de un 52% unos US$1,933 millones, obteniendo una ganancia extraordinaria sinónima de reducción de la deuda del país en unos US$2,094 millones de forma nominal y equivalente a una ganancia de unos US$500 millones a valor presente.
Producto de esta negociación, los flujos comerciales en ambas vías se secaron: en cuanto a las exportaciones dominicanas hacia Venezuela, en ausencia de este mecanismo de trueque que representaba Petrocaribe, las exportaciones dominicanas que habían alcanzado un valor de US$119.8 millones en 2014 se desplomaron a niveles tan bajos como U$12.7 millones y US$13.6 millones en 2023 y 2024, respectivamente (fuente: ProDominicana), mientras del lado de las importaciones, la base de datos de la Dirección General de Aduanas (DGA) muestra que, luego de promediar un valor anual de US$1,074.2 millones durante los últimos tres años antes del acuerdo de recompra de la deuda de Petrocaribe, al igual que en el caso de las exportaciones, las importaciones de productos venezolanos desde territorio dominicano se derrumbaron a apenas US$39.8 millones y US$34.3 millones en 2023 y 2024, respectivamente. El intercambio comercial con Venezuela representa hoy en día apenas el 10% de lo que fue antes de Petrocaribe.
Quizás el flujo principal entre los dos países, pero en dirección Venezuela hacia República Dominicana, lo ha sido la llegada de venezolanos por vía aérea, buena y triste ilustración del éxodo hacia el resto del mundo. Mientras en los tres años antes de la recompra de la deuda de Petrocaribe, el flujo aéreo anual promedio de ciudadanos venezolanos hacia el país alcanzaba unas 88,289 llegadas, éste se disparó a 167,176 y 170,713 en 2015 y 2016, respectivamente; este flujo fue de apenas 99,524 y 71,261 llegadas en 2023 y 2024, respectivamente.
Será necesario ver en las próximas semanas cual transición logra desarrollarse en Venezuela, aparentemente en manos de los mismos que hasta final del año pasado gobernaban a Venezuela sin piedad y sin contemplación. De todos modos, la eventual recuperación de la economía venezolana tomará años. Por en cuanto, República Dominicana debería de irse preparando para un entorno regional en el cual ya no sería la única niña bonita de los inversionistas internacionales (y no solo de los norteamericanos), y más si lo acontecido en Venezuela logre acelerar la historia esperada de la caída del régimen cubano. Para esto pues, nuestro país debe retomar con más vigor aún la agenda de reformas pendientes, de modo que pueda seguir como el faro económico del Caribe, a pesar del posible despertar de Venezuela y luego de Cuba.








