Aunque geográficamente distante, es obvio que la escalada de tensiones en el Medio Oriente, que ha derivado en un conflicto abierto entre Irán, Israel y Estados Unidos, coloca a la economía dominicana en una situación de vulnerabilidad externa, constituyéndose esto en una seria amenaza a la estabilidad macroeconómica, específicamente, estabilidad de precios y del tipo de cambio.
En efecto, como economía inserta en el concierto global, la dominicana no funciona de for-ma aislada, sino que tiene una alta dependencia de los mercados internacionales. De hecho, la prolongación de esta guerra no solo alteraría los costos de producción de las empresas dominicanas, sino que pondría a prueba la resiliencia de los pilares del modelo económico que existe hoy en día.
Como se puede deducir, el impacto más inmediato y devastador es el alza en los precios internacionales del petróleo. Irán controla puntos geográficos clave, como el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del consumo mundial de crudo. Una interrupción en esta zona dispararía el barril de petróleo por encima de los 100 120 dólares.
Para República Dominicana, esto significaría una mayor presión fiscal, un aumento masivo en los subsidios a los combustibles y al sector eléctrico, y un incremento en los costos, básicamente de transporte y, por ende, un aumento en los precios de los alimentos, con descontento social incluido.
En el caso del turismo, los efectos negativos vendrían por dos vías. Primero, el alza en los combustibles aumenta el precio de los boletos aéreos, con la consecuente reducción de los viajes a República Dominicana.
Segundo, la incertidumbre global y la posible entrada de Estados Unidos en recesión económica reducirían el gasto discrecional de los viajeros norteamericanos, nuestra principal fuente de turistas. De su lado, las zonas francas, enfrentarían una crisis logística. La guerra interrumpe las rutas comerciales y encarece los fletes marítimos.
Si las materias primas y los insumos para textiles o dispositivos médicos aumentan de precio o se retrasan, la competitividad dominicana frente a otros mercados se vería mermada.
Si la participación de Estados Unidos en el conflicto se profundiza, la economía estadounidense podría enfriarse. Esto afectaría directamente el flujo de remesas, que representan cerca del 10% del PIB dominicano. Una caída en las remesas, sumada a la necesidad de más dólares para pagar una factura petrolera abultada, generaría una presión alcista sobre la tasa de cambio, depreciando el peso dominicano frente al dólar.
En definitiva, este conflicto bélico en el medio oriente podría tener efectos de corto, mediano y largo plazo en el país. Por ejemplo, un choque inflacionario inmediato, produciría un aumento de la incertidumbre en los mercados financieros y volatilidad en los precios internos de los combustibles. Así también, es posible que esto tenga impacto en el crecimiento estimado para la economía dominicana durante el 2026, lo mismo que efectos en el ensanchamiento del déficit fiscal y de cuenta corriente.
Si la guerra se prolonga, es probable que ocurra un cambio estructural en el comercio global y, en ese contexto, República Dominicana se vería obligada a acelerar su transición energética para reducir la dependencia de combustibles fósiles y a buscar nuevos mercados para sus exportaciones ante un Occidente centrado en la economía de guerra.












