La economía dominicana se encuentra hoy ante un escenario de vulnerabilidad extrema. Nadie puede dudarlo. La escalada bélica entre Irán, Israel y Estados Unidos ha fracturado la relativa calma de los mercados energéticos, empujando el precio del barril de petróleo. En días previos superó los US$100, aunque una “declaración optimista” del presidente Donald Trump, sobre el fin de la guerra, logró ubicarlo en torno a los US$84.00.
Cualquier se llena de incertidumbre. Para una economía como la nuestra, que importa el 100% de sus hidrocarburos, este no es solo un dato estadístico; es una amenaza directa a la paz social y a la estabilidad macroeconómica que tanto necesitamos. Si esto se prolonga la estimación de crecimiento del 4.5% habría que revisarla.
El primer frente de batalla es la inflación. El combustible es el insumo transversal por excelencia: si sube el gasoil, sube el flete; si sube el flete, sube el arroz, el huevo y la leche. Sube todo. Este “efecto de encadenamiento” genera una presión inflacionaria que golpea con mayor fuerza a los sectores con menor capacidad de consumo. En el campo y la industria, los costos de producción amenazan la estrecha rentabilidad, restando competitividad a nuestras exportaciones y encareciendo la canasta básica familiar.
Por lo hemos visto cada semana, el Gobierno ha operado bajo un esquema de subsidios extraordinarios para frenar el traspaso de precios al consumidor. Sin embargo, con un crudo a tres dígitos, el costo fiscal de mantener este “congelamiento” se vuelve insostenible para las finanzas públicas.
El Estado podría verse forzado a desmontar “este sacrificio” para evitar un déficit fiscal inmanejable, lo que provocaría un ajuste brusco y doloroso en los precios. En el ámbito monetario, el panorama es igualmente sombrío.
El Banco Central, que venía de una senda de flexibilización, se verá probablemente obligado a frenar la baja de las tasas de interés o, en el peor de los casos, a incrementarlas para contener la fuga de capitales y la presión sobre la tasa de cambio. Esto significa dinero más caro, proyectos de inversión en pausa y un enfriamiento de sectores dinamizadores como la construcción y el comercio.
Y lo hemos dicho en otras oportunidades: República Dominicana no es una isla económica. Nuestra dependencia externa nos expone por múltiples flancos: si el conflicto deprime la confianza global, el flujo de turistas podría disminuir, las remesas podrían estancarse y la inversión extranjera directa buscaría refugios más seguros. Es imperativo un llamado de alerta. El Gobierno debe actuar con una prudencia quirúrgica.
Es momento de revisar la eficiencia del gasto, fortalecer las redes de protección social focalizadas y acelerar cualquier transición energética que reduzca la servidumbre al petróleo.
La geopolítica nos ha puesto en la mira de una crisis ajena. La respuesta, sin embargo, debe ser estrictamente nuestra, audaz y profundamente responsable. No hay margen para la improvisación cuando el barril de crudo dicta la sentencia de nuestra economía. ¡Cuidado!









