“La esperanza no es una estrategia”. –Vince Lombardi
John Maynard Keynes advertía que la estabilidad nunca es definitiva y que la verdadera sabiduría económica consiste en prepararse para la incertidumbre. Esa idea resulta especialmente pertinente al examinar el reciente informe del Banco Central de la República Dominicana, titulado La economía dominicana en un entorno de incertidumbre creciente.
El documento reconoce que el escenario internacional se torna cada vez más volátil, marcado por riesgos geopolíticos, tensiones comerciales en Estados Unidos y dudas sobre el rumbo de la Reserva Federal. Aun así, mantiene para 2026 una proyección de crecimiento en torno al 4 %, superior al promedio estimado para América Latina.
Este optimismo merece atención, pero también examen crítico. La pregunta no es si la economía dominicana resistiría, sino si esa capacidad de resistencia basta para hablar de un sólido revestimiento defensivo en un contexto internacional cada vez más inestable.
Uno de los supuestos clave del Banco Central es un precio promedio del petróleo de US$60 por barril para 2026. La realidad reciente del mercado energético internacional se está moviendo muy lejos de esa referencia. En los últimos días, el Brent llegó a superar los US$119 por barril y, aun tras retrocesos importantes, continuó oscilando en niveles claramente superiores al supuesto utilizado por la autoridad monetaria. La distancia entre el precio de referencia y la realidad obliga, por lo menos, a examinar con prudencia la solidez de ese escenario.
El propio Banco Central recuerda que la factura petrolera representa, en promedio, el 17 % de las importaciones dominicanas en los últimos cinco años, y estima que cada aumento de un dólar en el precio del petróleo añade unos US$63.4 millones a esa factura. Para una economía importadora neta de energía como la dominicana, esto no es un dato secundario en tanto que un encarecimiento prolongado del crudo impactaría la balanza de pagos, la inflación, los costos de producción, el transporte y la generación eléctrica.
El informe introduce un factor compensador importante: el oro. Su escenario base asume un precio de US$4,450 por onza troy y calcula que un aumento de US$95.5 en el precio del oro compensaría, en la cuenta corriente, el efecto de un dólar adicional en el precio del petróleo. Esto significa que si el crudo promediara US$10 por encima de lo previsto, un oro cercano a US$5,405 permitiría sostener la proyección de déficit externo de 1.1 % del PIB.
El punto merece atención, más aún cuando el oro sigue moviéndose en niveles muy elevados, relativamente próximos a esa zona de compensación teórica.
Con todo, ese razonamiento debe entenderse con precisión. Lo que el Banco Central plantea es una compensación en el frente externo, no una neutralización integral del impacto económico de un petróleo caro. Aunque un mayor precio del oro ayudara a amortiguar el deterioro de la cuenta corriente, no eliminaría los efectos internos de una energía más costosa ni resolvería por sí solo las presiones fiscales derivadas de subsidios para contener alzas bruscas en los combustibles. Mucho menos si se toma en cuenta la creciente carga del servicio de la deuda pública consolidada, ascendente a unos 74 mil millones, con un monto estimado por servicio de 9,300.7 millones a diciembre de 2025.
A esto se agregan otros factores de riesgo, como son la incertidumbre comercial en Estados Unidos, la posibilidad de nuevas medidas proteccionistas y la falta de claridad sobre el rumbo de la política monetaria estadounidense. Para una economía tan vinculada a las remesas, el turismo, la inversión extranjera y el financiamiento externo, esas variables distan mucho de ser marginales.
Siendo cierta esa capacidad de aguante y recuperación de la economía nacional, es decir, su resiliencia, lo cual no equivale a una inmunidad económica, no resulta aconsejable no tomar en cuenta que, en un mundo donde una crisis internacional puede alterar en pocos días la inflación, la balanza de pagos y el costo fiscal de las medidas de contención interna, hablar de blindaje absoluto se parece más a una consigna tranquilizadora que a una realidad plenamente demostrable.











