El crecimiento económico de la República Dominicana en 2025, con una tasa que ronda el 2.1%, ha generado interpretaciones diversas: desaceleración para unos, ajuste temporal para otros. Como suele ser habitual, el debate se ha organizado alrededor del comportamiento sectorial, las tasas de interés o la inversión pública. Se comparan cifras trimestrales, se busca justificación en variaciones fiscales o monetarias y se contrastan resultados con los promedios regionales. Pero una cuestión más profunda permanece ausente: ¿estamos evaluando correctamente el desempeño económico del país?
Durante décadas, el éxito se ha definido por la tasa anual de crecimiento del Producto Interno Bruto. Esa métrica permitió ordenar la estabilización macroeconómica, reforzar la credibilidad externa y consolidar una narrativa de dinamismo regional. Sin embargo, cuando un país transita de ser una economía en expansión a una economía en búsqueda de mayor complejidad, la pregunta relevante deja de ser cuánto crece y pasa a ser hacia dónde converge. En otras palabras: crecer mide expansión; converger mide transformación estructural, cierre de brechas y modificación de la arquitectura productiva.
El producto interno bruto registra el valor agregado generado en un período. No distingue entre actividades que acumulan capacidades y aquellas que simplemente multiplican transacciones. No discrimina entre expansión basada en aprendizaje productivo y expansión sostenida por estímulos externos o coyunturales. Mucho menos revela si la estructura económica se vuelve más compleja o si reproduce patrones existentes que limitan la movilidad ascendente.
Una manera de visualizar esa distancia es la comparación con los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En 2024, el PIB per cápita de la República Dominicana ajustado por paridad de poder adquisitivo (PPP) se sitúa alrededor de US$27,541 por persona. Esto significa que, aun ajustando por diferencias de precios, el promedio de producción por persona en RD es significativamente inferior al promedio de los países OCDE, que supera ampliamente los US$48,000 per cápita en términos comparables. Esa brecha estructural no se elimina automáticamente solo con tasas de crecimiento positivas, por más consistentes que estas puedan parecer.
Cuando un país de ingreso medio crece pero la distancia relativa con economías avanzadas se mantiene, lo que está ocurriendo no es convergencia, sino expansión desde una base de menor productividad relativa. El ingreso per cápita puede aumentar, incluso de manera significativa, sin reducir la brecha tecnológica, institucional o productiva frente al grupo de economías que refieren un estándar más exigente.
Existen trayectorias de crecimiento basadas en una acumulación extensiva de factores: más construcción, más consumo y más empleo en actividades de baja complejidad productiva. Ese patrón puede sostener dinamismo durante períodos prolongados, especialmente cuando confluyen condiciones externas favorables de financiamiento, remesas crecientes o inversión inmobiliaria y de servicios. En tales contextos, el crecimiento puede ser robusto desde el punto de vista macroeconómico, sin que haya una modificación sustancial de la estructura productiva.
Sin embargo, la acumulación extensiva enfrenta rendimientos decrecientes. Llega un punto en que expandir volumen no eleva proporcionalmente el valor generado por trabajador ni la sofisticación de la producción. Cuando el crecimiento no se traduce en aumentos sostenidos de productividad laboral -es decir, en mayor producción por hora trabajada o por unidad de factor combinado- la economía se aproxima a un límite estructural: sigue creciendo en fin de cuentas, pero no converge.
El propio indicador más riguroso de productividad, el que mide producción por hora trabajada, muestra que muchos países OCDE tienen niveles de productividad significativamente superiores, con promedios que en diversos análisis internacionales superan ampliamente los US$50 por hora trabajada. Sin entrar en tecnicismos, la distancia relativa en ese indicador sugiere un déficit de eficiencia que no aparece cuando se mira solo la tasa de crecimiento anual del PIB.
En diciembre de 2009, la República Dominicana se incorporó al Centro de Desarrollo de la OCDE. Más recientemente, mediante el Decreto núm. 408-25, emitido el 15 de julio de 2025, el Poder Ejecutivo declaró de interés nacional el proceso de adhesión a esa organización. Esa decisión implica algo más que integración diplomática: supone adoptar un estándar comparativo diferente, explícito y medible.
Las economías que integran la OCDE no se caracterizan únicamente por tasas de crecimiento elevadas. Se distinguen por productividad sostenida, altos niveles de formalidad laboral, competencia efectiva, instituciones regulatorias robustas y mayor acumulación de capital humano. También presentan mayor inversión en innovación y estructuras productivas menos dispersas.
Si la meta declarada es converger hacia ese grupo, la evaluación del desempeño económico debe alinearse con ese horizonte. No basta con crecer por encima del promedio regional. Es necesario reducir brechas estructurales medibles: en productividad, ingreso per cápita, formalidad laboral e integración empresarial en cadenas de valor más complejas.
La República Dominicana ha mostrado dinamismo durante décadas, con tasas de crecimiento positivas. No obstante, indicadores estructurales revelan retos persistentes. La informalidad laboral continúa siendo elevada en comparación con países más avanzados, limitando la transferencia de productividad al ingreso real de los hogares. La inversión en investigación y desarrollo representa una proporción del PIB muy inferior a la observada en naciones de la OCDE, y la concentración empresarial sigue centrada en unidades de baja escala y escaso encadenamiento tecnológico.
Estos rasgos no impiden crecer. Pero sí condicionan la velocidad de convergencia. Una economía puede expandirse mientras mantiene una estructura productiva fragmentada. Puede atraer inversión sin desarrollar encadenamientos tecnológicos profundos. Puede exhibir estabilidad macroeconómica sin fortalecer suficientemente su base institucional.
El desafío, por tanto, no es simplemente sostener la expansión. Es modificar la arquitectura que la sustenta.
Cuando el debate público se concentra en variaciones anuales, el análisis tiende a volverse coyuntural. Se explican fluctuaciones por factores monetarios o fiscales, se proyectan tasas para el año siguiente y se compara con el promedio latinoamericano. Ese enfoque tiene utilidad táctica, pero puede generar complacencia: mientras el crecimiento sea positivo y relativamente superior al entorno regional, el modelo parece funcionar.
La convergencia exige otro tipo de interrogante: ¿estamos aumentando de manera sistemática la productividad, reduciendo la informalidad, ampliando la escala empresarial y fortaleciendo la calidad institucional en términos comparables con economías avanzadas? Si la respuesta es ambigua, el crecimiento por sí solo no garantiza aproximación a estándares de desarrollo superior.
El 2.1% no es, en sí mismo, el problema central. Puede recuperarse o acelerarse en ciclos posteriores. El punto crítico es si la economía está transitando desde un patrón extensivo hacia uno intensivo en conocimiento, eficiencia y complejidad productiva. Converger implica elevar de manera sostenida la productividad laboral y total, fortalecer la competencia y la calidad regulatoria, reducir la informalidad, alinear la educación con las necesidades reales del aparato productivo, ampliar la escala empresarial y mejorar la capacidad de implementación de las políticas públicas. Ese conjunto de variables rara vez ocupa el centro del debate anual sobre crecimiento. Si el país ha decidido compararse con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, el marco de evaluación debe modificarse en consecuencia.
No se trata de abandonar la medición del PIB. Se trata de dejar de considerarla suficiente. Crecer describe el presente. Converger define el horizonte estratégico.
La pregunta estructural que debe organizar la discusión no es cuánto aumentó la producción este año, sino si la estructura que sostiene ese aumento reduce de manera sostenida la distancia frente a economías más avanzadas. Mientras esa distancia no disminuya con claridad, el crecimiento seguirá siendo expansión sin transformación -y sin transformación estructural, la convergencia permanecerá como aspiración, no como trayectoria efectiva.












