En una universidad de Beijing, un estudiante de fotografía recibió la noticia de que su carrera desaparecería con una mezcla de resignación y alivio. “Todos suspiramos al escuchar la noticia, pero no hubo grandes emociones”, dijo. Era la confirmación de algo que ya sabía.
China eliminó y transformó más de 16 carreras universitarias en sus principales instituciones. No como reacción a una crisis. Como estrategia de Estado. El mensaje, formulado sin eufemismos por las autoridades educativas del país, fue simple: no estudies lo que la máquina ya hace mejor que tú. En Santo Domingo, nadie ha dicho algo parecido todavía.
República Dominicana lleva años reformando su sistema educativo. Hay planes decenales, adecuaciones curriculares y jornadas de capacitación docente. Cada nueva administración presenta su versión del cambio como histórica. Ninguna ha durado lo suficiente para medirse.
El problema no es la voluntad de reformar. Es que todas las reformas miran hacia atrás. Se diseñan para responder a lo que el mercado exige hoy, no a lo que exigirá cuando los estudiantes que entran hoy terminen sus estudios. En la era de la inteligencia artificial, esa diferencia no es un matiz, es un abismo.
La pregunta que nadie responde es cuáles habilidades sobreviven. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) advierte que la IA ya supera a los humanos en lectura, matemáticas y razonamiento lógico, las tres cosas que los currículos dominicanos priorizan y miden. El Foro Económico Mundial proyecta que la IA desplazará 92 millones de empleos en los próximos años, pero creará 170 millones de nuevos roles. La diferencia no estará en el título universitario. Estará en lo que se aprendió a hacer con lo que el título no enseñó.
Los empleos que crecen exigen criterio, juicio ético, creatividad aplicada, la capacidad de colaborar con sistemas de IA en lugar de competir contra ellos. Son, curiosamente, las habilidades que menos se evalúan en el sistema educativo dominicano. Y las que menos se enseñan.
Saber calcular una tasa de descuento ya no es una ventaja competitiva. Es un trámite que una computadora resuelve en segundos. La ventaja la tiene quien sabe cuándo el modelo está equivocado y por qué.
La decisión china no fue improvisada. Existe un plan estatal (Plan de Acción para el Ajuste y Optimización de Disciplinas) que autoriza a las universidades a cancelar titulaciones con baja empleabilidad y expandir las consideradas estratégicas. Solo en 2024, el Ministerio de Educación chino creó 1,600 nuevos programas y eliminó casi la misma cantidad.
Lo más revelador no es qué se eliminó. Es el argumento detrás. Liao Xiangzhong, secretario del Partido en la Universidad de Comunicación de China, lo explicó así: el objetivo no es aprender herramientas. Es desarrollar la capacidad de pensar. La IA, dijo, se encarga del resto.
Para República Dominicana, ese razonamiento no es una curiosidad geopolítica. Es un espejo. No se trata de replicar el modelo chino, que opera en un contexto político y escalar completamente distinto, se trata de entender que cuando un Estado reforma su educación mirando hacia adelante, no está haciendo política educativa, sino que está haciendo política económica.
El gobierno dominicano prepara una reforma educativa integral. Los rectores universitarios expresaron su respaldo. Se habla de consensos y de una nueva legislación. La voluntad política, por ahora, parece estar.
El riesgo es el de siempre: que la reforma responda a las urgencias del presente en lugar de anticipar las del futuro. Que se diseñe para mejorar los resultados en pruebas que miden lo que ya no importará.
Lo que está en juego no es abstracto. Según el Banco Mundial, el 37% de los empleos en República Dominicana están expuestos a la inteligencia artificial generativa, una de las tasas más altas de América Latina. De cada diez trabajadores, casi cuatro tienen empleos que la IA ya puede hacer, o está aprendiendo a hacer.
En agosto de 2025, el ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Víctor Bisonó, reconoció en público lo que el sector ya sentía: la IA redujo la demanda de empleo en los call centers de zonas francas. Más de 50,000 personas trabajan en ese sector. No son estadísticas, son familias con hipotecas, con hijos en la universidad, estudiando carreras cuyo mercado se contrae.
El riesgo no se limita a los call centers. El comercio, la logística, las tareas administrativas — la columna vertebral del empleo formal dominicano — son los sectores más vulnerables a la automatización. Una fuerza laboral formada en habilidades que la IA ejecuta mejor no solo pierde empleos, pierde la posibilidad de competir.
Para las empresas y los inversionistas, la lectura es doble. El costo inmediato es el reentrenamiento: pagar para desaprender lo que el sistema educativo enseñó. La oportunidad, en cambio, es concreta: los países que formen talento con criterio analítico y capacidad de supervisar sistemas de IA se convertirán en destinos de inversión de alto valor. República Dominicana puede estar en ese grupo. La diferencia la define lo que se decide enseñar hoy.
La OCDE y el Foro Económico Mundial coinciden en lo que los sistemas educativos deben hacer: dejar de mirar atrás. Diseñar currículos para escenarios futuros, no para mercados laborales del pasado. Para República Dominicana, eso exige tres conversaciones que aún no han comenzado en serio: qué habilidades son irreemplazables por la IA, qué carreras sobreviven la automatización, y por qué la alfabetización en inteligencia artificial no puede ser optativa.
En cinco años, usar inteligencia artificial será tan ordinario como usar correo electrónico. Lo extraordinario no será la herramienta. Será quien sepa para qué usarla y cuándo no.
El estudiante de fotografía en Beijing lo entendió antes que la mayoría. Su carrera desapareció. Su criterio, no.
La pregunta que el sistema educativo dominicano aún no se ha hecho en voz alta es esta: ¿estamos formando estudiantes con criterio, o con respuestas para exámenes que una máquina ya puede aprobar?













