En República Dominicana seguimos cometiendo un error silencioso, pero costoso: creer que los negocios se ganan únicamente con ejecución, contactos locales y trabajo duro. Durante décadas, esa fue la fórmula del éxito; hoy es apenas el requisito mínimo para no quebrar.
Existe una facultad silenciosa y poderosa que está separando a los buenos negocios de los imperios extraordinarios: la capacidad de leer la política como si fuera un estado de resultados y sentarse, sin complejos, en la mesa donde se diseñan las reglas del juego.
Debemos romper con ese viejo prejuicio dominicano que dicta que un empresario cercano a un político está haciendo militancia. No es política: es inteligencia de país. Los grandes referentes del mundo lo entendieron hace tiempo. Bill Gates y Elon Musk no se reúnen con presidentes y jefes de Estado por protocolo ni por una fotografía. Lo hacen porque en esas conversaciones se comprende hacia dónde se mueve el tablero global y se accede a información que ningún reporte trimestral ofrece.
Saben que las acciones de las empresas más poderosas no se mueven solo por eficiencia, sino también al ritmo de la geopolítica. Una decisión regulatoria en Washington o una tensión en el estrecho de Ormuz pueden reconfigurar carteras en cuestión de horas. El estratega que sabe leer esas señales ajusta su flujo de caja y protege sus márgenes mucho antes de que el mercado local termine de reaccionar.
Entender esto no es un lujo intelectual; es una ventaja competitiva directa y medible. Y no se trata de un talento de cuna, sino de un hábito: estudiar historia económica, analizar tendencias y, sobre todo, perder el miedo a dialogar con quienes gobiernan o aspiran a gobernar.
En las economías más avanzadas, eso es exactamente lo que hacen los empresarios serios. No hay color político en esa búsqueda; hay visión. Esto va mucho más allá de un trimestre contable. Se trata de los próximos treinta años de nuestra nación. Necesitamos una generación de empresarios —jóvenes y veteranos— que deje de reaccionar y empiece a construir, que entienda la política y le exija altura al debate público.
Cuando el sector privado asume ese rol, el país deja de depender de la suerte o de la ocurrencia electoral y empieza a depender de su estrategia. Al final, la política diseña el tablero y los negocios son las piezas. Quien aprende a leer ambos juega con una ventaja silenciosa, pero decisiva. La mesa está puesta y la silla te espera.












