El clima parece estar trastornado o, más bien, dislocado, sin rumbo y si un orden. Temperaturas bajas para esta época no eran comunes hace unos años, pero está ocurriendo. Sin control. Sin aviso. Con autonomía propia y consecuencias evidentes.
En ese escenario, es evidente que el cambio climático ha dejado de ser una preocupación ambiental para convertirse en un factor estratégico de riesgo económico. Eventos climáticos extremos, variabilidad en los patrones meteorológicos y cambios sostenidos en las condiciones del entorno natural están reconfigurando sectores productivos, cadenas de valor y decisiones de inversión a nivel global. Y también afectando a la gente quien, en la mayoría de los casos, no oye ni ve ni entiende. Y ahí es que el problema se complica.
En efecto, en las últimas dos décadas se han intensificado fenómenos como huracanes más potentes, incendios forestales, sequías prolongadas y eventos de frío extremo en regiones atípicas. La frecuencia e intensidad de estos eventos sugiere que el clima se comporta ahora con mayor volatilidad, afectando la planificación económica y operativa de gobiernos y empresas.
Todo esto genera un impacto que se manifiesta en diferentes órdenes pero, principalmente, en múltiples sectores clave de las economías. Por ejemplo, en ciertas regiones se verifica una reducción de los rendimientos agrícolas, incremento de precios de los alimentos y un aumento del riesgo en cadenas de suministro.
Es obvio que los gobiernos han tenido que aumentar el gasto público para atender emergencias provocadas por tormentas tropicales y vaguadas inusuales, tales como las que recientemente ocurrieron en República Dominicana, en donde las intensas precipitaciones provocaron inundaciones urbanas y rurales, desbordamiento de ríos y cañadas, deslizamientos de tierra, daños a viviendas y cultivos agrícolas, afectaciones a infraestructuras viales y muertes.
De manera particular, los países en desarrollo enfrentan un impacto económico desproporcionado debido a su alta dependencia de sectores sensibles al clima y a su limitada capacidad de respuesta.
La brecha financiera, tecnológica y de gobernanza amplifica los efectos negativos del cambio climático en sus economías. Sin embargo, la crisis climática también representa una oportunidad para repensar los modelos de crecimiento económico.
La inversión en energías limpias, tecnologías adaptativas, agricultura regenerativa y planificación urbana sostenible puede generar nuevos motores de desarrollo. Para lograrlo, es necesario fomentar alianzas público-privadas para innovación y adaptación; redirigir subsidios hacia sectores verdes y sostenibles; incorporar el riesgo climático en análisis financieros y decisiones de inversión, y fortalecer marcos institucionales y de gobernanza ambiental.
El cambio climático es hoy uno de los principales desafíos estructurales para la economía global, no abordarlo adecuadamente implicará costos exponenciales para los sectores público y privado. Actuar de manera estratégica e integrada puede posicionar a Estados y empresas en la vanguardia de una economía resiliente, inclusiva y sostenible.
Para nosotros, el problema básico resulta en si gobierno, sector privado y familias tienen la conciencia colectiva necesaria para entender lo que está ocurriendo con el clima para actuar en consecuencia. Tengo serias dudas de que esto sea positivo.
