En las últimas semanas he venido reflexionando sobre una paradoja que atraviesa América Latina: crecer no siempre significa avanzar. Esa paradoja no solo se observa entre países; también se expresa dentro de ellos, en la forma desigual en que el crecimiento llega o no a los territorios.
República Dominicana permite mirar esa diferencia más de cerca. El país ha mostrado crecimiento, estabilidad y capacidad de adaptación. Sin embargo, las cifras regionales del PIB muestran que el desarrollo sigue teniendo una geografía muy marcada.
Según las estimaciones del PIB regional 2015-2024 del Ministerio de Hacienda y Economía, la región Ozama (Distrito Nacional y provincia de Santo Domingo) concentró, en promedio, alrededor del 40% de la producción nacional. En contraste, regiones como Enriquillo (Barahona, Bahoruco, Independencia y Pedernales) representaron apenas 2.6%.
El dato muestra que el crecimiento nacional convive con realidades territoriales muy distintas. Mientras el PIB nacional creció 4.6% promedio real entre 2015 y 2024, la región Ozama creció 5.3% y la región Enriquillo creció 3.1%.
Ahí aparece una diferencia importante. Invertir en un territorio no siempre equivale a desarrollarlo. Para que la inversión transforme, debe partir de las capacidades reales del lugar: su infraestructura, su conectividad, su capital humano, sus riesgos y su estructura productiva.
El 13 Informe de Avance de la Estrategia Nacional de Desarrollo (END) 2030 muestra que en 2024 la inversión pública vinculada a la END superó los RD$56,000 millones en 2,198 proyectos. Contar con esta información ya es un avance institucional relevante. Pero el siguiente paso es usarla para priorizar decisiones que cambien trayectorias productivas.
Ese es el verdadero reto del ordenamiento territorial. No se trata únicamente de definir usos de suelo, sino de conectar vivienda, transporte, agua, energía, empleo, riesgo climático e inversión bajo una misma visión.
La agenda, entonces, debe bajar al terreno: crédito productivo para proveedores locales, formación técnica alineada con sectores con potencial, permisos más ágiles para proyectos formales, infraestructura básica que reduzca costos y municipios con capacidad real de planificar y gestionar. No son detalles administrativos. Son condiciones para que la inversión no se quede en obra o financiamiento, sino que cambie la trayectoria productiva del lugar.
El crecimiento puede registrarse en los promedios nacionales. Pero el desarrollo se confirma en el territorio: cuando una inversión cambia capacidades, conecta oportunidades y modifica la trayectoria de quienes habitan allí.
Porque el desarrollo no ocurre en promedio. Ocurre donde el crecimiento empieza a cambiar vidas concretas.











