La inteligencia artificial suele presentarse como algo intangible. Sin embargo, detrás de cada modelo, cada búsqueda y servicio digital hay infraestructura muy concreta: electricidad, agua, suelo, conectividad, centros de datos, talento técnico y reglas claras.
Esa parte menos visible de la economía digital ya es determinante para el desarrollo. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico global de los centros de datos podría duplicarse hacia 2030 y representar cerca del 3% de la demanda eléctrica mundial. También proyecta que crecería alrededor de 15% anual entre 2024 y 2030, impulsado por la IA, la nube y los servicios digitales.
En países más avanzados, la discusión ya no se limita a atraer centros de datos. Pesa más cómo operan, cuánta energía consumen, qué agua requieren, dónde se ubican y qué estándares deben cumplir. La conversación dejó de ser tecnológica y pasó a ser económica, ambiental y territorial.
América Latina entra desde una posición desigual. El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2025 muestra que Brasil concentra más del 90% de la capacidad de cómputo regional. Esto evidencia que la brecha de IA no empieza en los algoritmos, sino en infraestructura, datos, talento y capacidad de adopción.
El mercado laboral refleja esa realidad. Un estudio del Banco Mundial y la OIT estima que entre 26% y 38% de los empleos de América Latina y el Caribe están expuestos a la inteligencia artificial generativa. Pero solo entre 8% y 14% podrían experimentar aumentos de productividad, mientras hasta 17 millones enfrentan límites por brechas digitales e infraestructura insuficiente.
República Dominicana está en una etapa inicial. Data Center Map registra tres centros de datos en Santo Domingo. La escala es pequeña frente a mercados como Brasil, México o Chile, pero ahí puede haber una ventaja: el país puede aprender de quienes llegaron antes y definir condiciones antes de escalar.
Además, RD no parte de cero. La Agenda Digital 2030 ya plantea ejes como conectividad y acceso, educación y capacidades digitales, economía digital, ciberseguridad e innovación tecnológica. También reconoce desafíos de banda ancha, adopción digital y conectividad en hogares, empresas e instituciones. Esa base importa, porque permite pasar de una conversación aspiracional sobre IA a una discusión más concreta sobre capacidades.
El siguiente paso es conectar esa agenda con la infraestructura que exige la economía digital. No se trata de seguir la moda ni de presentarse como un hub digital sin mirar las bases. Se trata de asegurar que cada inversión en conectividad, centro de datos o servicios digitales fortalezca la red eléctrica, el uso responsable del agua, la formación técnica, la ciberseguridad y los encadenamientos locales.
La IA puede mejorar servicios, optimizar recursos y abrir oportunidades en sectores reales de la economía. Pero no ocurrirá por tener más infraestructura instalada. Ocurrirá si esa infraestructura se conecta con productividad, talento y capacidades nacionales.
La nube no flota sobre los problemas básicos del desarrollo. También toca tierra.











