Este 11 de junio de 2026, el Gobierno dominicano lanzó la Consulta Nacional para el Futuro de la Educación Dominicana, convocada mediante el Decreto 309-26. La impulsarán de manera conjunta el Minerd, el Mescyt, el MAP y el Infotep. Participarán estudiantes, docentes, familias, iglesias, empresarios, especialistas y dominicanos residentes en el exterior. El proceso culminará en julio. El objetivo declarado: escuchar al país y construir “un nuevo modelo educativo que responda a los desafíos del presente”.
Quiero creerlo. Me esfuerzo en creerlo. Pero treinta años de historia educativa dominicana me piden que pregunte, antes de aplaudir, qué será diferente esta vez.
No lo digo desde el cinismo. Lo digo desde la evidencia.
Repasemos. En 1992 se lanzó el primer Plan Decenal de Educación, que prometió transformar el sistema educativo. En 2003 llegó un segundo Plan Decenal. En 2008, un tercero, vigente hasta 2018. En 2012 se aprobó la Estrategia Nacional de Desarrollo como ley, con la educación como eje central. En 2013, el Gobierno cumplió el mandato del 4% del PIB para educación, hito histórico que costó décadas conseguir. En 2014 se firmó el Pacto Nacional para la Reforma Educativa 2014-2030, suscrito por 32 organizaciones, precedido por diez mesas técnicas de trabajo y la participación de todos los actores del sistema. El propio Pacto reconocía, en su preámbulo, que los instrumentos legales, planes e iniciativas anteriores “no habían logrado plenamente sus objetivos”. Hoy, doce años después de ese Pacto, lanzamos una nueva consulta. La pregunta es natural: ¿qué evaluación hemos hecho del Pacto vigente antes de convocar a construir algo nuevo?
Los datos no mienten, aunque a veces los presentemos de manera creativa. En PISA 2015, República Dominicana quedó en el último lugar entre 70 países evaluados. En 2018, volvió a quedar en el último lugar. En 2022 hubo una mejora real —16 puntos más que en 2018— y el Gobierno la celebró, con razón parcial, como los mejores resultados históricos del país. Pero el contexto importa: ese año fuimos el puesto 77 de 81, apenas por encima de Paraguay y Camboya. El promedio PISA 2022 cayó globalmente de manera sin precedentes, lo que hace el avance comparativo menos luminoso de lo que parece. En ERCE, la evaluación latinoamericana de la Unesco, los resultados también nos ubican consistentemente en los últimos lugares de la región, por debajo de países con menor inversión educativa que la nuestra.
Llevamos más de una década invirtiendo el 4% del PIB. Es dinero real, compromiso real. Y sin embargo, seguimos al fondo de la tabla. Eso no es fracaso de los maestros. Es fracaso del sistema. Y los sistemas no cambian con consultas: cambian con decisiones sostenidas, evaluaciones honestas y rendición de cuentas.
Hay otro elemento que merece nombrarse con respeto, pero sin evasión: los rostros. Si uno repasa la lista de actores que han participado en las mesas del Plan Decenal, del Pacto Educativo, de las consultas anteriores y del lanzamiento de hoy, encontrará coincidencias notables. No es una acusación: es una observación sobre los límites de los procesos participativos cuando el círculo de decisión real permanece cerrado. Las consultas que no modifican la estructura de poder que las organiza tienden a producir documentos, no transformaciones.
Dicho esto, no me sumo al escepticismo fácil. La Consulta puede ser diferente si cumple tres condiciones que no han sido habituales en los procesos anteriores.
Primero: evaluación honesta de lo hecho. Antes de construir el nuevo modelo, publicar un diagnóstico riguroso de por qué el Pacto 2014-2030 no transformó los aprendizajes en la escala prometida. No para castigar a nadie, sino para no repetir los mismos errores con otro nombre.
Segundo: vinculación de resultados. Que las conclusiones de la Consulta tengan plazos, responsables nominales y mecanismos de seguimiento público. Un documento sin accountability es literatura institucional.
Tercero: ampliar el círculo. Que participen voces que históricamente no han estado en la mesa: maestros de escuelas rurales, directores de centros en contextos de vulnerabilidad, estudiantes del sistema público que no son voceros estudiantiles oficiales. El país que sabe lo que falla no siempre es el que termina en los informes finales.
Quiero que esta consulta sea distinta. Quiero equivocarme en mi duda. La educación dominicana tiene maestros comprometidos, estudiantes con talento y una sociedad que, cuando se lo propone, es capaz de movilizarse por lo que importa. Lo que hemos fallado no es en querer: es en sostener, evaluar y corregir.
Pueblo dominicano: permítanme dudar. Pero también permítanme decir que la duda no es renuncia. Es la condición mínima para que esta vez, de verdad, sea diferente.












