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¿Se derrumba el dólar? 1/5

La moneda no cae, pero la confianza que la sostiene se encarece

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
19 June, 2026
en Enfoque Guarocuya
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El dólar no necesita caer para que el sistema monetario internacional cambie. Basta con que sus usuarios perciban que la eficiencia de operar en dólares trae consigo un costo político mayor que antes. Esa es la tensión que suele perderse cuando el debate se reduce a una alternativa simple: o la moneda estadounidense conserva intacto su poder, o se aproxima a una sustitución histórica. El proceso en curso es distinto: el dólar sigue siendo necesario, pero la confianza en las reglas que administran su poder se ha vuelto menos automática.

Los datos obligan a distinguir entre pérdida de peso y pérdida de centralidad. En las reservas oficiales de divisas, la participación del dólar ha bajado de manera gradual desde comienzos de siglo. La última lectura de Currency Composition of Official Foreign Exchange Reserves, o Composición Monetaria de las Reservas Oficiales de Divisas (COFER, por sus siglas en inglés), base del Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre composición monetaria de reservas, situó la cuota del dólar en 56.77% en el cuarto trimestre de 2025, frente a 56.93% en el trimestre anterior. El euro representó 20.25% y el renminbi 1.95%.

La señal es clara: los bancos centrales diversifican. Pero el alcance de esa diversificación sigue siendo limitado: ninguna moneda alternativa se acerca al peso acumulado del dólar. Además, el FMI advierte que una parte de la composición monetaria de las reservas debe estimarse porque no todos los países reportan el detalle completo por moneda. Por eso, la participación del dólar debe leerse como una medición sólida, pero no exacta al último decimal; en el cuarto trimestre de 2025 esa proporción fue 10.75%, lo que exige cautela al comparar series largas.

El funcionamiento diario del mercado muestra otra cosa. Según la Encuesta Trienal del Bank for International Settlements, o Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), el mercado cambiario global movió 9.6 billones de dólares diarios en abril de 2025, frente a 7.5 billones tres años antes. Las participaciones por moneda no suman 100%, porque cada operación cambiaria involucra dos monedas; en esta medición, el total por monedas suma 200 %. Con esa metodología, el dólar participó en 89.2% de las operaciones, por encima del 88.4% registrado en 2022. El euro participó en 28.9%, el yen en 16.8%, la libra esterlina en 10.2% y el renminbi en 8.5%. El dato debe leerse con precisión: aunque el peso del dólar en reservas oficiales baja, su uso operativo sigue ocupando el centro del mercado cambiario global.

Esa diferencia es el centro del problema. Las reservas son una decisión de cartera. Expresan cómo los bancos centrales distribuyen riesgos, liquidez y exposición geopolítica. El mercado cambiario, los derivados, los pagos internacionales, la deuda corporativa y el comercio de materias primas revelan otra cosa: qué moneda permite cerrar transacciones, cubrir balances, fijar precios y obtener liquidez cuando el mercado se estresa. En esa dimensión, el dólar no es solo una moneda. Es una infraestructura.

Esa infraestructura conserva ventajas que no se desmontan por decreto. Tiene profundidad financiera, mercados líquidos, instrumentos de cobertura, capacidad de absorción y una red de uso acumulada durante décadas. Sus competidores tienen atributos parciales, pero no equivalentes. El euro ofrece escala y credibilidad monetaria, aunque no dispone de una unión fiscal capaz de producir un activo seguro común de tamaño comparable al mercado de deuda estadounidense. El renminbi gana presencia en ciertos corredores comerciales y financieros, pero su internacionalización plena sigue limitada por controles de capital, convertibilidad restringida y dudas sobre la previsibilidad institucional. Otras monedas pueden servir para diversificar reservas, no para reemplazar el sistema operativo.

El riesgo, por tanto, no es un derrumbe inminente. Es un cambio en la percepción de neutralidad. Durante décadas, muchos actores trataron la infraestructura del dólar como si fuera casi un bien público global: costosa en algunos momentos, dominante siempre, pero suficientemente abierta y previsible. Esa percepción se ha debilitado. El poder financiero asociado al dólar es hoy más visible. También es más utilizable como instrumento estratégico.

La Office of Foreign Assets Control, u Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés), adscrita al Departamento del Tesoro de Estados Unidos, administra programas de sanciones que pueden ser amplios o selectivos, mediante bloqueo de activos y restricciones comerciales, para cumplir objetivos de política exterior y seguridad nacional. Esa capacidad forma parte del poder estadounidense. También altera los cálculos de quienes dependen de la infraestructura financiera en dólares. No porque todos teman ser sancionados mañana, sino porque entienden que el acceso a la red monetaria dominante no es políticamente neutro.

La respuesta no es abandonar el dólar. Es comprar redundancia. Algunos bancos centrales elevan el peso de otras monedas o de activos no sujetos al mismo tipo de riesgo jurisdiccional. Algunas empresas cubren con más cuidado su exposición cambiaria. Algunos gobiernos exploran pagos bilaterales en monedas locales. Otros promueven canales regionales o acuerdos de liquidación que reducen dependencia operativa. Nada de eso equivale a una sustitución del dólar. Pero sí revela un cambio de preferencia: los usuarios siguen valorando la eficiencia del sistema existente, aunque desean quedar menos expuestos a una sola puerta de entrada.

Esa redundancia tiene costos. Un sistema con más canales paralelos puede ser menos eficiente, menos líquido y más difícil de coordinar en momentos de estrés. La diversificación protege a cada actor frente a ciertos riesgos, pero puede reducir la capacidad colectiva de responder a crisis. Lo que funciona como seguro individual puede convertirse en una carga sistémica: más costos de cobertura, más diferenciales entre mercados, menor profundidad en algunas monedas y más incertidumbre sobre quién provee liquidez cuando todos la necesitan al mismo tiempo.

La tensión es esta: el dólar sigue siendo el activo operativo dominante porque ninguna alternativa ofrece la misma combinación de liquidez, escala, convertibilidad y uso acumulado. Pero esa misma centralidad vuelve más visible el poder de quien controla buena parte de la infraestructura. Cuanto más necesario es el dólar, mayor es el incentivo de otros actores para reducir su vulnerabilidad. Y cuanto más buscan reducirla, más costoso y menos coordinado puede volverse el sistema sin que el dólar deje de ocupar el centro.

La historia monetaria enseña que las monedas dominantes rara vez pierden su papel en un solo episodio. Primero se erosiona la confianza marginal, luego aparecen arreglos parciales, después suben los costos de sostener la arquitectura existente y solo mucho más tarde se consolida un nuevo equilibrio. Pero la analogía histórica no debe exagerarse. Hoy no existe un heredero monetario claro. Tampoco hay un acuerdo internacional comparable a Bretton Woods capaz de reorganizar reglas, responsabilidades y mecanismos de respaldo. Lo que emerge no es un nuevo orden coherente, sino una convivencia más costosa entre dependencia y desconfianza.

Para las economías pequeñas y abiertas, esta distinción no es académica. Un país que no emite la moneda dominante, que necesita financiamiento externo y que importa buena parte de los precios que enfrenta no puede interpretar mal el problema. Si espera una caída súbita del dólar, se prepara para un escenario improbable. Si asume que todo seguirá igual, ignora el aumento de fricciones que ya afecta reservas, cobertura cambiaria, financiamiento, comercio y percepción de riesgo. El desafío práctico es operar en un sistema donde el dólar continúa siendo necesario, pero las garantías que lo rodeaban son menos automáticas.

Eso exige otra forma de prudencia. No se trata de apostar contra el dólar ni de refugiarse en discursos de reemplazo monetario. Se trata de construir capacidad interna para absorber choques externos, financiarse en condiciones menos favorables, manejar mejor los pasivos en moneda extranjera, conservar reservas adecuadas, regular exposiciones financieras y reducir la improvisación fiscal. Cuando la moneda dominante se vuelve menos neutral, la calidad de las instituciones domésticas pesa más.

El punto de partida de esta serie es preciso: el problema central no es si el dólar desaparece del centro del sistema, sino qué ocurre cuando la moneda que organiza buena parte de la economía mundial sigue siendo necesaria, pero la gobernanza de su poder se percibe como menos previsible. Ese cambio no produce necesariamente una crisis visible. Puede manifestarse de manera acumulativa: primas de riesgo más altas, liquidez más selectiva, mercados más segmentados, mayor costo de cobertura y menor margen para errores de política económica.

El siguiente eslabón está en Washington. Si el dólar depende no solo de mercados profundos, sino también de la credibilidad del Estado que lo emite, la trayectoria fiscal de Estados Unidos deja de ser un asunto doméstico. Se convierte en una variable del orden monetario internacional.

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Guarocuya Félix

Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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