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La dirección necesita confianza 5/5

Del dólar global a la confianza interna

Guarocuya FélixPorGuarocuya Félix
6 July, 2026
en Enfoque Guarocuya
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La serie comenzó con una pregunta sobre el dólar y termina con una pregunta sobre la República Dominicana. No son asuntos separados. Si la moneda que organiza buena parte del sistema financiero internacional depende de una confianza cada vez más costosa, los países que no emiten moneda de reserva deben preguntarse dónde construyen la suya.

El primer artículo sostuvo que el dólar no parece estar ante un derrumbe inmediato. Sigue siendo la principal moneda de reserva, el eje del financiamiento global y el activo de refugio en momentos de tensión. Pero su fortaleza ya no descansa solo en la profundidad de los mercados estadounidenses. También depende de la gobernanza fiscal, monetaria, geopolítica e institucional de Estados Unidos.

El segundo artículo examinó la deuda norteamericana. El emisor de la principal moneda de reserva puede endeudarse en condiciones que otros países no tienen, pero no puede hacerlo indefinidamente sin afectar la confianza en su propia moneda. Los bonos del Tesoro no son solo deuda pública de Estados Unidos. Son parte de la infraestructura financiera global.

El tercer artículo discutió los límites de un eventual orden monetario multipolar. Más monedas en uso no equivalen, por sí solas, a una alternativa al dólar. Para que una moneda ocupe ese lugar necesita convertibilidad, liquidez, mercados profundos, activos seguros, protección jurídica, instrumentos de cobertura y capacidad de proveer liquidez en crisis. Sin esas condiciones, hay diversificación, pero no sustitución.

El cuarto artículo trasladó la discusión al mercado de dinero dominicano. Allí la conclusión fue que no cambió su naturaleza, pero sí su escala y sus efectos. Sigue siendo el espacio donde se administra la liquidez de corto plazo, pero hoy conecta con más fuerza deuda pública, instrumentos del Banco Central, portafolios institucionales, fondos de inversión, reportos, recompras, precios de activos y transmisión monetaria. La política fiscal y la política monetaria ya no pueden leerse como compartimentos separados.

Este cierre vuelve al punto de partida: si la confianza externa cuesta más, la confianza interna vale más. La República Dominicana no controla el sistema monetario internacional ni puede asegurar por sí sola liquidez en una crisis global. Su margen está en otro terreno: reducir errores internos, sostener reglas, coordinar instituciones, administrar mejor sus pasivos, generar divisas, elevar productividad y construir una economía más previsible.

Ahí aparece la tensión central. El país ha logrado estabilidad, crecimiento y capacidad de adaptación. Pero la estabilidad no es una dirección. Puede administrar choques, ganar tiempo y reducir daños, pero no responde por sí sola hacia dónde debe ir el crecimiento. Y una dirección de crecimiento, por correcta que parezca, tampoco se sostiene si no produce confianza fiscal, monetaria, institucional, social y política.

La primera prueba es fiscal. Un país con presión tributaria cercana al 14 % del PIB debe financiar educación, salud, seguridad, infraestructura, inversión pública, subsidios, transferencias, funcionamiento del Estado y servicio de deuda con una base limitada de ingresos. Por eso los intereses pesan tanto: no solo por su monto, sino por la proporción de ingresos que absorben.

La nueva fiscalidad no debe entenderse como una reforma tributaria más. Debe ser una transformación de la relación entre ingreso, gasto, deuda, crédito público, inversión y resultados. El país necesita recaudar mejor, gastar mejor, evaluar mejor y endeudarse mejor. La discusión no debe limitarse a cuánto se cobra, sino a qué Estado se financia, qué servicios entrega, qué inversiones prioriza y cómo distribuye cargas sin castigar crecimiento, formalidad ni competitividad.

La regla fiscal ya ofrece un marco para ordenar esa discusión. El reto es convertirla en una práctica efectiva: vinculada al presupuesto, comprensible para los ciudadanos, útil para los inversionistas y respetada por las autoridades. Una regla que existe formalmente, pero no disciplina decisiones, termina siendo decorativa. Una regla creíble ayuda a entender la trayectoria de deuda, intereses, vencimientos y necesidades de financiamiento.
La segunda prueba es monetaria y financiera. El Banco Central dominicano no decide en un espacio cerrado. Opera en una economía abierta, con el dólar como referencia relevante en comercio, financiamiento, formación de precios y expectativas. La Reserva Federal mueve primero el precio internacional de esa moneda. La relación no es mecánica, pero sí secuencial: la Fed fija una condición externa y los bancos centrales de países que no emiten moneda de reserva responden dentro de ese marco.

En una economía donde muchos precios, costos e incentivos financieros miran hacia la divisa estadounidense, la estabilidad cambiaria opera como un componente importante de la estabilidad de precios. No sustituye la meta de inflación, pero sí influye en la forma en que hogares, empresas e inversionistas forman expectativas.

El equilibrio no es trivial. Si el diferencial de tasas frente al dólar se reduce demasiado, puede aumentar la presión cambiaria o incentivar salidas de capitales. Si se amplía en exceso, puede encarecer el crédito y afectar la actividad económica. Si el peso pierde credibilidad, el ajuste puede trasladarse a precios internos, balances financieros y decisiones de inversión. Si se sostiene la confianza en la moneda local, la política monetaria gana espacio para actuar con menos sobresaltos.

El mercado de valores y los fondos de inversión pertenecen a esa misma arquitectura. El país ya cuenta con escala en custodia, liquidación, renta fija, fondos y fideicomisos. Los inversionistas institucionales han aportado profundidad, compradores recurrentes, referencias de precio y una base de liquidez que reduce la dependencia exclusiva del financiamiento externo. Los títulos públicos cumplen una función útil: permiten administrar portafolios, formar tasas, proveer activos líquidos y sostener operaciones de mercado.

La siguiente etapa exige mayor diversificación. Parte del ahorro institucional ya se canaliza hacia infraestructura, energía, vivienda, turismo, logística, activos inmobiliarios, fideicomisos y crédito privado. Ese avance ha complementado a la banca y ha conectado ahorro de mediano y largo plazo con proyectos de la economía real. Puede ser más. La tarea no es desplazar artificialmente los títulos públicos, sino ampliar el menú de activos invertibles para que una mayor parte del ahorro financie empresas, proyectos y capital productivo.

Para eso no basta con tener recursos disponibles. Hay que convertir más empresas y proyectos en activos financiables: con gobierno corporativo, información financiera confiable, contratos claros, distribución de riesgos, garantías, flujos identificables, valoración transparente, liquidez secundaria y reportes que permitan seguimiento. Sin esa preparación, el ahorro institucional tenderá naturalmente hacia instrumentos públicos, porque son líquidos, conocidos y regulatoriamente más fáciles de evaluar.

La tercera prueba es institucional. La confianza se construye en la calidad del Estado: presupuesto creíble, deuda bien administrada, Banco Central respetado, supervisión financiera preventiva, estadísticas confiables, compras públicas transparentes, regulación clara, justicia oportuna, servicio civil profesional y continuidad de políticas. Sin instituciones previsibles, la estabilidad se vuelve frágil.

Esa credibilidad tampoco depende solo del Gobierno. Los agentes económicos, sociales y políticos también la construyen o la erosionan. Un país gana confianza cuando el Congreso legisla con responsabilidad fiscal; cuando los partidos compiten sin destruir acuerdos básicos; cuando los empresarios invierten con horizonte de largo plazo; cuando los intermediarios financieros valoran riesgos con prudencia; cuando fondos, fiduciarias y emisores entregan información suficiente; cuando los gremios defienden intereses legítimos sin bloquear toda reforma; y cuando la sociedad civil exige resultados verificables.

La dirección debe ser la convergencia institucional. El camino es acercar la República Dominicana a los estándares de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), no como copia de modelos externos, sino como horizonte de desarrollo. Esa convergencia significa mejorar fiscalidad, evaluación del gasto, calidad regulatoria, competencia, integridad pública, servicio civil, mercado laboral, seguridad social, mercado de capitales, gobierno corporativo, estadísticas, innovación, productividad y coordinación territorial.

Pero la convergencia externa solo será sostenible si va acompañada de convergencia interna. La República Dominicana no puede aspirar a estándares institucionales más altos mientras mantiene brechas profundas entre regiones, sectores, empresas, trabajadores y capacidades públicas locales. La dirección del crecimiento exige mirar no solo cuánto crece el país, sino dónde crece, cómo crece, para quién crece y con qué instituciones sostiene ese crecimiento.

La Ley de Regiones debe servir para ordenar inversión pública, servicios, infraestructura, planificación territorial, empleo, productividad y cohesión nacional. Sin convergencia interna, el crecimiento puede mejorar el promedio nacional y dejar rezagos que luego se convierten en presión social, política y fiscal.

La cuestión haitiana añade una dimensión insular. La República Dominicana comparte isla, frontera, mercados laborales, riesgos sanitarios, presiones ambientales y desafíos de seguridad con Haití. La crisis haitiana tiene un costo estructural para el país: presiona servicios públicos, ordenamiento fronterizo, seguridad, salud, educación, mercado laboral, comercio, medio ambiente y capacidad administrativa del Estado.

Ese costo no debe usarse para alimentar fatalismo ni rechazo. Debe usarse para pensar mejor. Haití no es una externalidad lejana; es parte de la restricción estratégica dominicana. La inestabilidad política, el deterioro institucional, la violencia, la pobreza extrema y la ausencia de servicios básicos en el lado occidental de la isla elevan los costos de gobernar, invertir y planificar en el lado oriental. También obligan a actuar con una combinación difícil: defensa clara del interés nacional, respeto a la dignidad humana, control efectivo del territorio, cooperación internacional y capacidad de anticipación.

La convergencia interna tiene también una dimensión insular. No basta con cerrar brechas entre regiones dominicanas si la frontera se trata solo como problema policial o migratorio. La frontera debe verse como espacio de seguridad, pero también de desarrollo, formalización, infraestructura, comercio regulado, servicios y cooperación internacional. Un Estado que lo hace con firmeza, datos, legalidad y sentido humano gana previsibilidad.

La fiscalidad afecta la deuda. La deuda afecta el mercado de dinero. El mercado de dinero afecta la transmisión monetaria. La política monetaria afecta crédito, tipo de cambio e inversión. La inversión depende de confianza. La confianza depende de instituciones. Las instituciones dependen de agentes responsables. La convergencia institucional da dirección externa. La convergencia interna da cohesión nacional. La situación haitiana introduce una restricción insular que no puede ignorarse.

La serie vuelve así a su punto de partida. El dólar seguirá siendo central mientras exista confianza suficiente en la arquitectura que lo sostiene. La República Dominicana no puede decidir el futuro del dólar, ni la deuda de Estados Unidos, ni la velocidad de un eventual orden monetario más plural. Pero sí puede decidir cómo construye su propia confianza.

Esa confianza no se decreta ni se improvisa. Se construye cuando el país adopta una dirección reconocible y la sostiene con instituciones, agentes responsables y reformas coherentes. La dirección necesita confianza. Y esa confianza exige una ruta: converger hacia estándares institucionales más altos, avanzar hacia la convergencia interna y asumir con responsabilidad la dimensión haitiana. No son aspiraciones separadas. Forman parte de una misma tarea: construir un país más productivo, más cohesionado y más capaz de sostener su crecimiento en un orden internacional menos seguro.

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Guarocuya Félix

Guarocuya Félix

El autor es economista. Más de 30 años de experiencia en el sector público, privado y la academia. Doctor (c) en ciencias económicas por la Universidad de Barcelona.

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