Los gobernantes adoran los mítines con olor a asfalto fresco y confeti. Montan un circo con tarima presidencial, refrigerios y cámaras solo para anunciar que moverán una piedra.
Al ver ese despliegue de luces y pantallas gigantes, el pueblo sospecha, con justa razón, que entre el pomposo acto del primer picazo y el día de la inauguración real se evaporó la mitad del presupuesto nacional en fuegos artificiales.
En tierras más maduras, la entrega de una obra pública es un trámite sobrio, un aburrido corte de cinta y a trabajar. Pero en nuestro patio, el primer picazo es el elixir que alimenta el ego de los políticos y adormece al ciudadano con pan, circo y selfis comunitarios.
Un gran teatro de progreso ficticio donde nos venden la gran ilusión nacional antes de colocar el primer ladrillo, manteniéndonos muy entretenidos mientras la cruda realidad se desmorona tras la lona del escenario.










