En República Dominicana, decimos “más vale un mal acuerdo, que un buen pleito”, que refleja de manera popular la realidad de que, en los negocios, no todo se decide por quién tiene razón. Muchas veces, la pregunta más importante es si vale la pena probarla. Litigar o transar no es solo una decisión jurídica (tener razon); tambiéne es económica (¿realmente vale la pena la disputa?).
Esa realidad suele incomodar, porque el derecho promete soluciones concretas basadas en hechos, normas y pruebas. Pero el mercado mira el conflicto con otra lógica. Una empresa calcula costo, tiempo, probabilidad de éxito y efecto sobre su operación diaria. Por eso, una reclamación jurídicamente sólida puede no ser económicamente conveniente, y si el monto discutido es alto, pero el proceso será largo, costoso e incierto, la victoria puede llegar tarde.
También ocurre lo contrario, una parte puede decidir defenderse aunque sepa que su posición no es la más fuerte, simplemente porque el tiempo juega a su favor. Si la demora reduce la presión de pago o desgasta al reclamante, el proceso se convierte en una herramienta de negociación.
Ahí aparece uno de los problemas más delicados de cualquier sistema de justicia comercial. Cuando litigar cuesta demasiado o tarda mucho, el resultado no necesariamente refleja quién tiene más razón o mejores argumentos legales, sino quién puede resistir más. Muchos conflictos terminan por agotamiento y por costos, no por justicia. La transacción, en ese contexto, no debe verse como una derrota. Puede ser la forma más racional de preservar valor, liberar recursos y cerrar incertidumbres. Una empresa no existe para tener pleitos perfectos, sino para producir, invertir, cobrar, pagar y crecer.
Sin embargo, transar tampoco debe convertirse en una renuncia automática. Hay casos en que aceptar un mal acuerdo crea incentivos perversos y envía al mercado una señal equivocada. Si incumplir siempre termina en descuento, algunos actores incorporarán ese descuento como parte de su estrategia comercial.
La decisión correcta exige mirar el conflicto completo, no solo el expediente. Hay que evaluar pruebas, monto, solvencia, posibilidad de cobro, reputación, costos legales y alternativas disponibles, todos los elementos que los abogados deben tomar en cuenta para asesorar a su cliente. En ocasiones, la mejor estrategia será demandar hasta el final; en otras, será negociar temprano antes de que el pleito consuma más valor del que pretende recuperar.
Por eso, hablar de litigiosidad comercial es hablar de competitividad. Un sistema que resuelve conflictos previsiblemente permite que las partes negocien desde expectativas más claras. Cuando nadie sabe cuánto tiempo tomará obtener una decisión efectiva, la transacción deja de ser una opción libre y se convierte muchas veces en una salida forzada.
El verdadero objetivo no debería ser que todo conflicto llegue a sentencia. Tampoco que todo se transija por cansancio. Lo deseable es que demandar, defenderse o negociar sean decisiones tomadas con información razonable. No bajo presión creada por la lentitud o el costo del sistema.
Al final, cada pleito tiene dos balances. Uno jurídico, donde se discute quién tiene razón. Y otro económico, donde se decide cuánto vale sostener esa razón hasta su final.










