“No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha comido bien”. –Virginia Woolf
Ya habíamos señalado que alimentar no es solamente llenar el estómago. Podemos satisfacer el hambre con una ración y, sin embargo, no cubrir adecuadamente las necesidades nutricionales de quien la consume. La dirección ejecutiva del INABIE, encabezada entonces por el ingeniero Víctor Castro, comprendió, junto con sus más cercanos colaboradores, que esta diferencia, aparentemente elemental, debía ocupar un lugar central en la formulación y evaluación del Programa de Alimentación Escolar (PAE). En una palabra, en el Inabie no se trata únicamente de garantizar que los alimentos lleguen oportunamente a las escuelas, sino de procurar que contribuyeran efectivamente a la salud y al desarrollo de nuestros estudiantes.
Debemos destacar que la desnutrición, las deficiencias de micronutrientes, el sobrepeso y la obesidad -graves problemas presentes masivamente dentro y fuera de las escuelas- constituyen manifestaciones diferentes de un mismo problema. Es que no basta con proporcionar calorías; debemos conocer qué nutrientes recibe el estudiante, cuáles necesita y qué consecuencias pueden derivarse de una alimentación inadecuada.
En enero de 2026, la Organización Mundial de la Salud publicó nuevas orientaciones para promover entornos alimentarios escolares saludables.
Entre sus recomendaciones encontramos la calidad de los alimentos ofrecidos, las normas nutricionales y las condiciones que favorecen elecciones alimentarias más sanas. ¡La escuela también debe constituir un espacio decisivo para construir hábitos que pueden acompañarnos durante toda la vida!
Precisamente por ello, durante la gestión noviembre 2021-agosto 2025 el Inabie otorgó una creciente importancia a la revisión de las fichas técnicas y al fortalecimiento del componente nutricional del PAE. Como se ha señalado, la eliminación de determinados productos azucarados y el proyecto piloto de incorporación de frutas frescas respondieron a esa preocupación. En mayo de 2023, este último comenzó a beneficiar a 10,037 estudiantes de 22 centros educativos, como parte de un proceso concebido para ampliarse progresivamente.
Pero las buenas intenciones, incluso cuando descansan sobre conocimientos científicos, no garantizan resultados. Incorporar frutas al menú presentaba otros desafíos, tales como asegurar su calidad, conservación, transporte y aceptación. Si llegan deterioradas, si el estudiante las rechaza o si terminan desperdiciadas, habremos cumplido una operación administrativa sin alcanzar plenamente el objetivo nutricional.
Aquí aparece una cuestión que consideramos fundamental. El menú diseñado en una oficina no puede convertirse en una verdad inmutable, ajena a las condiciones de quienes deben consumirlo. Necesitamos escuchar a los estudiantes, conocer sus hábitos y comprender las particularidades culturales de su alimentación, sin renunciar a los criterios científicos que deben orientar las decisiones.
Tampoco podemos suponer que todas las comunidades presentan idénticas necesidades por lo que la política de amplia cobertura debe identificar territorialmente la desnutrición, la anemia, la parasitosis, el sobrepeso y otras condiciones que requieren intervenciones diferenciadas.
Conservamos en nuestros archivos nuestra propuesta de avanzar hacia un Plan Nutricional Integral que articula diagnóstico, alimentación, educación nutricional, participación familiar, seguimiento y evaluación. Se trata de establecer una relación verificable entre las necesidades detectadas, las intervenciones realizadas y los resultados obtenidos, tal y como nos enseñaron las lecciones de planificación estratégica.
Lamentablemente, con frecuencia incurrimos en el error de hacer desaparecer de las estadísticas a un estudiante diagnosticado con deficiencia nutricional luego de haberle hecho una recomendación puntual. La realidad es que debemos consignar si fue atendido y recibió seguimiento, además de registrar qué ocurrió posteriormente con su condición. ¿Qué valor tiene una información si no permite adoptar decisiones y comprobar lo que los planificadores llamamos efectos o impactos?
Sobra decir, además, que los efectos más trascendentes de una política nutricional difícilmente pueden medirse durante un único año escolar y mucho menos dentro del limitado horizonte político de una administración. Se requieren indicadores comparables, responsabilidades definidas y evaluaciones capaces de introducir correcciones cuando los resultados no acompañan las expectativas. Sobre todo, ello exige continuidad del Estado: compromiso con las acciones valiosas, llegar a los impactos, documentarlos y continuar mejorando.






