Por: Alejandro Acosta
Los géneros musicales, los estilos de vestir, la manera de hablar (el “slang”) e incluso las formas de pensar cambian con el tiempo, pero no todos desaparecen. Algunos son simple moda; otros quedan integrados en la forma de pensar y vivir que definen a una generación. Y unos pocos trascienden más: son adoptados por la sociedad, incluso por quienes no estuvieron presentes en su origen y la cultura del país incorpora permanentemente estos cambios. Ese mismo proceso ocurre a veces cómo una sociedad interioriza una experiencia económica.
Uno de los ejemplos conocidos ocurrió en Alemania. La hiperinflación de 1923 destruyó el valor de los ahorros. Los precios cambiaban tan rápido que los trabajadores cobraban a diario y gastaban el dinero antes de que perdiera valor. Un siglo después, esa preocupación se refleja en lo que el Banco Federal Alemán (Deutsche Bundesbank) llama la “cultura de estabilidad” alemana: una preferencia social por evitar una alta inflación.
En 2009, Alemania incorporó a su Ley Fundamental (Constitución) el llamado “freno de la deuda”, que limita el déficit estructural federal a 0.35% del PIB nominal. En América Latina, Argentina ofrece un caso similar. La hiperinflación de 1989 y 1990, seguida por la crisis de 2001 y 2002 y el trauma del “corralito”, llevó a muchas familias a desconfiar del peso y refugiar sus ahorros en dólares fuera del país, sin considerar otras alternativas. Con el tiempo, esa conducta sobrevivió a las crisis, se volvió cultural y define como muchos argentinos piensan sobre el ahorro y la estabilidad.
Lo interesante es que estas experiencias han sobrevivido hasta hoy. El sociólogo Karl Mannheim (1928) y el antropólogo Clifford Geertz (1973) conciben la cultura como un conjunto de significados compartidos y transmitidos a lo largo del tiempo. Alemania y Argentina muestran cómo algunas ideas dejan de ser generacionales y se convierten en culturales, compartidas por nuevas generaciones. En República Dominicana, la crisis bancaria de 2003 inició un proceso de “adoctrinamiento colectivo” sobre la forma de pensar sobre el tipo de cambio.
Para entender el fenómeno, hay que evaluar la magnitud de esta crisis. La proporción de personas pobres, sin ingresos suficientes para consumir la canasta básica, pasó de 32.4% en 2002 a 41.1% en 2003 y 49.5% en 2004. La población pobre aumentó de 2.8 millones a 4.4 millones de personas en apenas dos años, cuando el peso sufrió una fuerte depreciación frente al dólar. Según el BCRD, un dólar que costaba RD$17.60 en 2002 pasó a RD$29.54 en 2003 y RD$41.69 en 2004. En apenas dos años, su precio promedio más que se duplicó. El momento crítico llegó el 4 de febrero de 2004, cuando alcanzó RD$55.42. En poco más de un año, los dominicanos llegaron a necesitar más de tres veces los pesos para comprar el mismo dólar. La inflación también reflejó la crisis: pasó de 10.5% en 2002 a 42.7% en 2003. En mayo de 2004 alcanzó 65.3%. Una canasta de 100 pesos en diciembre de 2002 costaba cerca de 184 pesos dos años después.

El episodio no inició la atención del dominicano sobre el precio del dólar, pero sí traumatizó a la población, transformando esa preocupación en una obsesión. Las autoridades comenzaron a vender la tasa de cambio como “la señal” de estabilidad económica, vinculando la depreciación del peso a todo lo malo: pérdida de poder adquisitivo, inflación, confianza y hasta desempeño presidencial. En 2008, el presidente Leonel Fernández definió la tasa de cambio como el “indicador de la estabilidad macroeconómica”. En 2013, Hoy vinculó la depreciación con el temor a regresar a la inestabilidad de 2000-2004. Recientemente, en 2026, el presidente Luis Abinader volvió a presentar la apreciación del peso como señal de estabilidad y confianza.
Si una idea se vuelve cultural, ¿qué podemos hacer para no seguir transmitiéndola cuando es falsa e inexacta? Romper con más de dos décadas de una idea que hemos mantenido viva no es sencillo, pero vale la pena intentarlo.
Todavía seguimos utilizando el tipo de cambio como la principal señal de que la economía está bien o mal y, mientras mantengamos esa forma de interpretar la estabilidad, la preocupación por el dólar seguirá pasando de una generación a otra. Esta forma de mirar la economía tiene consecuencias. Una obsesión por mantener el dólar bajo puede hacernos ignorar sus efectos sobre quienes reciben remesas, la competitividad de la agricultura, la industria y todos los sectores generadores de divisas. El tipo de cambio importa, pero no puede ser el termómetro de toda la economía. También importan las tasas de interés, los salarios, el empleo, la productividad, las exportaciones, la deuda y el crecimiento, entre otras. La solución es bajar esta idea del pedestal y devolverla al lugar que le corresponde, como una variable importante entre muchas.











