No importa en qué facción esté usted, pero la economía mundial se enfrenta a una tormenta perfecta liderada por cuatro fuerzas disruptivas: inflación persistente, endeudamiento extremo, fragmentación geopolítica y volatilidad energética.
Para una economía abierta, pequeña e interdependiente como la dominicana, estos factores no son simples puntos en la distancia; son amenazas directas a la estabilidad macroeconómica y al bienestar de los ciudadanos. Las autoridades lo saben muy bien que el momento exige contundencia
El primer jinete, la inflación persistente, continúa erosionando el poder adquisitivo local y condicionando la política monetaria. Aunque el Banco Central ha batallado para contener los precios, la inflación importada restringe el consumo interno y encarece los costos de producción. Sólo hay que ver cuántos meses llevan los precios por encima del límite superior del rango meta. A esto se suma el segundo jinete: la volatilidad energética.
Al ser un país netamente importador de hidrocarburos, cualquier shock en los precios del petróleo o el gas natural desestabiliza las finanzas públicas a través de los subsidios eléctricos y de combustibles, restando recursos esenciales para la inversión social. Lo hemos comprobado en estos días con el crudo sobre los US$100 el barril. En el contexto también está la fragmentación geopolítica y el avance del proteccionismo global, que amenazan las cadenas de suministro y el comercio internacional.
Además, nuestro país depende críticamente de flujos externos provenientes del turismo, remesas y la inversión extranjera directa, está última con proyección de US$5,000 millones este año, pero que están fuertemente vinculados a la salud económica de Estados Unidos y Europa. Hay que rogar para que los mercados globales no se dividan en bloques hostiles. Se suceder, esto impactará en el aparato productivo nacional de inmediato.
Con responsabilidad es de orden señalar que el jinete más voraz y peligroso para el contexto dominicano es el endeudamiento público extremo. La vulnerabilidad fiscal del país ha alcanzado un punto de inflexión crítico que exige la atención inmediata de los tomadores de decisiones. Nadie, y menos el Gobierno, puede negar que el peso de la deuda pública se ha vuelto asfixiante, al extremo de que el pago de los intereses ha superado el déficit fiscal proyectado. En términos sencillos, el Estado dominicano está gastando más dinero en financiar su pasado que en construir su futuro.
Esta “contradinámica” desplaza la inversión productiva en infraestructura, salud y educación, limitando el margen de maniobra fiscal del Gobierno ante choques externos. No se puede gestionar una crisis global con las manos atadas por los compromisos financieros internos. Es un camino cuesta arriba, muy dificultoso para transitar.
La resiliencia económica que ha caracterizado al país en años anteriores no es eterna. Si no se toman decisiones contundentes y valientes hoy para contener a estos cuatro jinetes, el costo mañana será una pérdida de soberanía económica y el estancamiento del desarrollo nacional. La alerta está dada.




