En muchos hogares de la Republica Dominicana la vivienda no solo es el espacio donde se cuida a niños, personas mayores o personas con discapacidad, sino también el lugar donde funcionan pequeños negocios que generan ingresos para las familias. Ante el paso de un huracán, una inundación, un sismo u otra emergencia, pueden verse afectados simultáneamente el hogar, las actividades de cuidado y los medios de vida de quienes dependen de ellos.
Cuando se acerca un huracán nos surgen siempre las mismas preguntas: ¿Sabrá la familia qué hacer al recibir la alerta? ¿Quién ayudará a evacuar a la abuela o al vecino con discapacidad? ¿Podrá la dueña del colmado aguantar varios días con el negocio cerrado?
Aunque las amenazas pueden ser las mismas para todos y todas, las condiciones para enfrentarlas y sus consecuencias son muy diferentes. Una familia que cuenta con información oportuna, ahorros, transporte, redes de apoyo y un plan de emergencia tiene mayores posibilidades de protegerse y recuperarse que aquella que depende de los ingresos diarios, tiene personas bajo su cuidado o desconoce a dónde acudir en una situación de riesgo.
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) explica esta realidad a través del ciclo de desigualdad, desastre y mayor desigualdad: las poblaciones en condiciones de mayor vulnerabilidad suelen estar más expuestas, sufrir pérdidas proporcionalmente mayores y enfrentar más dificultades para recuperarse. Así, cada desastre puede profundizar las brechas sociales y económicas que ya existían.
Este 13 de octubre se conmemora el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres este año con el tema “La resiliencia empieza en casa”. Es en el hogar donde primero se siente un desastre y donde se toman las decisiones que definen cómo se enfrenta. Una alerta que no llega a la familia, que no la entiende o que no se convierte en acción es una alerta que falla.
Pero decir que la resiliencia empieza en casa no significa que termine allí, ni que la responsabilidad de reducir el riesgo recaiga únicamente sobre las familias. Significa que las políticas públicas, los sistemas de alerta, la protección social, la planificación municipal y las capacidades de respuesta deben ser capaces de llegar hasta el hogar y convertirse en opciones reales para actuar.
La Altagracia: tres caminos hacia un territorio más resiliente
Citando un territorio puntual, en la provincia de La Altagracia, 15 de cada 100 hogares viven con altas carencias socioeconómicas y, al mismo tiempo, con una elevada vulnerabilidad frente a huracanes, tormentas e inundaciones. Son hogares ubicados en los niveles 1 y 2 del Índice de Calidad de Vida (ICV) y con un Índice de Vulnerabilidad ante Choques Climáticos (IVACC) alto. Para estos hogares, una alerta de huracán marca el inicio de días de decisiones difíciles.
En esta provincia, Supérate, los gobiernos locales, la Defensa Civil y otras instituciones del Sistema Nacional de Prevención, Mitigación y Respuesta, con el acompañamiento del PNUD, impulsan tres iniciativas complementarias articuladas en torno a una misma visión de desarrollo humano resiliente. Estas acciones cuentan con el apoyo financiero de la Unión Europea, a través del proyecto EU-CA-RES, y con financiamiento del PNUD a través de un mecanismo flexible y multidonante. Desde diferentes ámbitos, las tres iniciativas buscan fortalecer las capacidades de las personas, las comunidades y las instituciones para anticipar, enfrentar y recuperarse de los desastres.
Primero, la preparación comienza en los hogares. A través de Supérate se desarrolla un piloto territorial orientado a fortalecer la preparación anticipatoria de familias vulnerables frente a huracanes. Para ello utiliza la red comunitaria de Supérate y prioriza hogares donde coinciden mayores niveles de carencias y una elevada vulnerabilidad climática.
Segundo, la comunidad necesita instituciones preparadas. En San Rafael del Yuma, otra intervención busca fortalecer la gestión local del riesgo y su vinculación con la planificación municipal. Esto supone trabajar con instituciones, organizaciones comunitarias y actores locales para identificar vulnerabilidades, mejorar la preparación y fortalecer los mecanismos de coordinación. Una dimensión particularmente importante es la de los cuidados. ¿Qué sucede con las personas que dependen de otros para movilizarse, alimentarse o recibir atención? ¿Cómo pueden prepararse los centros y servicios de cuidados para mantener su funcionamiento durante una emergencia? Incorporar estas preguntas a la gestión del riesgo es fundamental para que la preparación llegue también a quienes enfrentan mayores dificultades para protegerse.
En tercer lugar, la recuperación también se prepara. Un desastre puede ocurrir en horas; la recuperación puede extenderse durante años. Por eso, prepararse no consiste solamente en saber qué hacer durante la emergencia. También implica preguntarse, antes del impacto, qué tendrá que volver a funcionar primero, qué capacidades debemos proteger para que una crisis no borre años de avances, con que recursos financieros se contarán.
Para una familia, recuperarse puede significar volver a generar ingresos, reponer herramientas de trabajo, restablecer el acceso a medicamentos o reorganizar los cuidados. Para una comunidad, puede significar recuperar agua, electricidad, caminos, escuelas o servicios de atención. Para un municipio, significa tener responsabilidades claras, información para priorizar y mecanismos para coordinar recursos. Preparar esas decisiones antes del desastre reduce la improvisación cuando el tiempo y los recursos son más escasos.
La iniciativa EU-CA-RES aborda esta dimensión que suele recibir menos atención antes de los desastres: las condiciones necesarias para recuperar la actividad económica y restablecer los servicios esenciales.
En territorios de La Altagracia se trabaja en planes de preparación para la recuperación, continuidad de las mipymes y los servicios esenciales, fortalecimiento de capacidades comunitarias e institucionales y mejoras puntuales de infraestructura básica.
La convergencia en La Altagracia de estas iniciativas representa una oportunidad importante de aprendizaje. Su valor está en conectar a hogares, comunidades e instituciones alrededor de temas que muchas veces se trabajan por separado: protección social, cuidados, economía local, gestión del riesgo y recuperación. El propósito común es construir desarrollo humano resiliente.
Cómo se vería un territorio preparado
Imaginemos que se acerca otro huracán. La familia recibe la alerta a tiempo y sabe qué hacer, incluso si vive con una persona mayor, una persona con discapacidad o niños pequeños. La comunidad y los enlaces comunitarios conocen qué hogares podrían requerir acompañamiento. Las instituciones que conforman los comités municipales de prevención, mitigación y respuesta saben dónde se concentra la vulnerabilidad. Los centros de cuidado tienen un plan para seguir operando. Los pequeños negocios saben cómo proteger sus equipos, insumos e información para reabrir. Las instituciones locales tienen roles, canales de comunicación y prioridades previamente acordadas.
Si el desastre llega, la recuperación no comenzará de cero. Porque ya existen acuerdos, información y capacidades sobre las cuales actuar. Ese es el cambio que se busca: pasar de reaccionar únicamente cuando la crisis ya está presente a construir, paso a paso, condiciones que permitan anticipar mejor, proteger más y recuperarse con mayor rapidez y equidad.
Esa es la lógica que sustenta el enfoque de desarrollo humano resiliente que, desde el PNUD y junto a las instituciones del Estado, hemos promovido durante años para fortalecer las capacidades de las personas, las comunidades y las instituciones, de modo que puedan proteger, sostener y reconstruir las vidas que valoran frente a los desafíos y las crisis que enfrentan.
La protección social tiene aquí un papel central. La Oferta Regional de Protección Social del PNUD plantea que estos programas pueden ayudar a prevenir, prepararse y mitigar los efectos de los choques cuando se conectan con información sobre vulnerabilidad, con servicios de cuidados y con mecanismos de respuesta. La preparación no puede quedar solo en manos de las instituciones de emergencia.
El desafío es que el próximo desastre no se lleve consigo años de avances en bienestar, capacidades y oportunidades. Prepararnos antes del impacto es, en última instancia, una forma de proteger el desarrollo y de ampliar la capacidad de las personas para seguir construyendo las vidas que valoran.












