La muerte de su padre, el 13 de septiembre de 1973, cambió el rumbo de la infancia de Javier Mota. Tenía apenas nueve años cuando, unas semanas después, en octubre de ese mismo año, un tío lo llevó a trabajar en el cementerio, donde aprendió un oficio que terminaría acompañándolo durante los siguientes 53 años.
Su madre había quedado viuda a los 41 años, con seis hijos que mantener. Ante las dificultades económicas, los varones fueron distribuidos entre distintos trabajos para contribuir al sustento del hogar. A Mota, que era el quinto de los seis hermanos, le correspondió aprender a elaborar lápidas.
Lo que comenzó como una necesidad familiar se convirtió en su medio de vida. Con el paso de los años adquirió experiencia, perfeccionó sus habilidades y llegó a convertirse en un trabajador especializado en una labor que, aunque está ligada permanentemente a la muerte, le permitió ayudar a su familia.
Javier Mota dice incorporación de maquinaria y nuevos servicios en las funerarias ha reducido la demanda de lápidas en los cementerios.
“Desde los nueve años yo mismo me compraba mi ropa, mis dientes y desodorante. También ayudaba a mi mamá. Lo poco que conseguía se lo llevaba para que pudiera cocinar, preparar la cena y el desayuno“, cuenta.
Para Mota, el oficio ha tenido sus altibajos. Recuerda que anteriormente existía una mayor demanda de lápidas, pero la incorporación de maquinaria y nuevos servicios en las funerarias ha reducido parte del trabajo que antes realizaban los artesanos de los cementerios. Sin embargo, la actividad continúa. Cada día llega al cementerio alrededor de las ocho de la mañana y permanece allí hasta las 5:15 de la tarde. Es un trabajo cotidiano en un lugar donde los entierros forman parte de la rutina y donde, según explica, diariamente se realizan varios sepelios.
El costo de un recuerdo
La elaboración de una lápida no tiene un precio único. Su costo depende del material utilizado, las dimensiones de la pieza y la cantidad de letras que se deben grabar. Entre los materiales que trabaja menciona el granito y el mármol blanco italiano, aunque este último representa una alternativa de mayor costo. Los precios de las piezas más sencillas comienzan aproximadamente en RD$2,500, mientras que las más elaboradas pueden alcanzar montos superiores, dependiendo de sus características.
El tiempo de elaboración también varía. Una pieza puede tomar alrededor de una hora, aunque esto depende de su tamaño y de la cantidad de trabajo que requiera. Sus clientes no se limitan a las personas que tienen familiares sepultados en ese cementerio. También recibe encargos para otros camposantos y localidades del interior del país.
Enfrentar su propio dolor
Pero entre todos los encargos que ha recibido durante su trayectoria, algunos han tenido un peso emocional imposible de comparar con los demás: los de su propia familia. Mota tuvo que elaborar con sus propias manos las lápidas de su madre y de uno de sus hermanos. En esos momentos, el hombre acostumbrado a trabajar con los nombres de personas fallecidas tuvo que enfrentarse a su propio duelo.
“Yo soy el que tengo que hacerla, porque soy quien sabe hacer esto. Pero es duro estar picando el nombre de mi mamá en una lápida”, relata.
También tuvo que realizar la de su hermano, fallecido recientemente de un infarto, y la de un tío suyo. A pesar de estas experiencias, asegura que con los años ha aprendido a convivir con el entorno del cementerio. Reconoce que al principio sentía miedo, especialmente cuando le correspondía acercarse solo a una tumba, porque otros le advertían que allí había un muerto. “Lo primero es que uno tiene miedo, pero después se acostumbra”, explica.
Su experiencia también le ha enseñado que no debe dejarse llevar por los temores y las creencias que rodean a los cementerios. Para él, la muerte forma parte de la vida y su trabajo consiste en cumplir con una labor necesaria para las familias que despiden a sus seres queridos.
Hoy, con 53 años de trayectoria, Mota continúa llegando cada mañana al cementerio. El trabajo que comenzó por necesidad, cuando todavía era un niño, le permitió ayudar a su madre, contribuir con la crianza de sus hermanos y construir su propio sustento. Una labor que le ha dado de comer, pero que también lo ha puesto frente a uno de los dolores más difíciles de su historia: grabar en una lápida los nombres de las personas que más quiso.
Amante de la buena comida, las buenas conversaciones y la comedia. Voiceover y Periodista, me gusta escribir de turismo y temas sociales. Licenciada en Comunicación Social de la Universidad Católica Santo Domingo (UCSD) y cuenta con un diplomado especializado en Comunicación en Salud.