Muchos dominicanos se caracterizan por dar muestras de un espíritu emprendedor, en la intención de desarrollar negocios formales o informales para aumentar sus ingresos y mejorar su calidad de vida. Sin embargo, emprender un negocio no es fácil.
La creatividad y el riesgo de iniciar un pequeño negocio, de cualquier tipo, ya sea de producción de algún bien o del comercio, así como de la prestación de un servicio, surgen con más enfoque si no se tienen otras alternativas, es decir, cuando se está desempleado y tal vez existe alguna buena idea empresarial.
Pero también se dan los casos de empleados, públicos o privados, a quienes se les ocurren ideas de negocios que pueden contribuir con un aumento en sus ingresos sin afectar sus horarios regulares y la seguridad de un empleo fijo formal, aunque posiblemente mal remunerado.
Se dan casos de que un empleado emprende un negocio determinado y poco a poco ese negocio crece tanto y le ofrece tan buenos resultados que termina renunciando a su empleo formal para concentrarse en el negocio. También se dan casos de personas que llevan años trabajando en una empresa y de repente son sorprendidos con su cancelación. Sin mucho de qué agarrarse y con algo de ahorro por los beneficios de la cesantía, proceden a emprender un negocio que pudiera dar resultados tan positivos que termine concluyendo que no volverá a trabajar como empleado público o privado, pues ya es un microempresario independiente.
Pero no siempre es tan positivo. En la mayoría de los casos lo que ocurren son situaciones contrarias, de gente que teniendo un empleo emprende un negocio y le va bien en principio, renuncian al empleo fijo y luego el negocio quiebra y tienen que volver a buscar empleo. O personas que pierden su empleo, gastan su ahorro de cesantía en un negocio mal planificado y terminan sin empleo, sin negocio y sin dinero.
Por eso es necesario tener sumo cuidado a la hora de emprender un negocio. Es frecuente que un negocio determinado esté prosperando y de un momento a otro, alguien con algo de capital piensa que puede hacer lo mismo y decide invertir en algo similar para terminar envuelto en un lío de deudas y compromisos.
Ese caso se da, por ejemplo, en el negocio de venta de cervezas. Si usted va a un “colmadón” verá que siempre está lleno de gente bebiendo cervezas, lo cual puede despertar la idea de poner un “centro cervecero” en algún local. Sin embargo, pierde de vista que la venta de cerveza es atractiva en el colmado, no en un centro exclusivo para la bebida.
La gente va al colmado a beber cerveza, pero no necesariamente con la misma frecuencia al centro cervecero. Son características distintas del negocio y expresiones distintas en los hábitos de consumo de la gente.
Además, hay que tomar en cuenta la vocación. Un buen negocio no sólo prospera por ser una buena idea comercial y contar con capital para invertir. Se requiere la vocación del emprendedor. Hay gente con espíritu empresarial, otros no tienen ese tipo de talento, sino que son más efectivos como entes productivos empleados de empresas.
Es lo que en el lenguaje popular llama “sangre de negociante”, lo que no tienen todos, incluso de una misma familia. De ahí la delicadeza de emprender un negocio sin tener la pasión de desarrollarlo y de enfocarse en esa actividad.
Solo hay que fijarse en los negocios pequeños que han prosperado como colmados, salones de belleza, centros comerciales diversos. Si usted se fija bien verá que generalmente los propietarios son especies de “esclavos” de sus negocios, pues dedican muchas horas de cada día a atender su negocio, aunque cuenten con empleados.
Esa pasión y dedicación no las tiene todo el mundo y es imprescindible para hacer un negocio exitoso. Entonces, no basta con tener capital disponible, una buena idea de negocios, un local adecuado y hasta clientes garantizados. A todo eso hay que inyectarle la dedicación y amor por la actividad empresarial que se va a desarrollar. De lo contrario, será un buen negocio condenado a fracasar. Algo que nadie desea.












