La palabra “transparencia” está de moda, mas no el concepto. Hoy día somos testigos de cómo este vocablo, que va más allá de su simple inclusión en el discurso de políticos y empresarios, debería ser una práctica cotidiana.
Cuando una sociedad funciona sobre la base de la transparencia se desarrolla equitativamente. Si todos los ciudadanos, sin excepción, tienen o gozan de igualdad de condiciones para competir, trabajar, estudiar, emprender y participar de la economía en cualquier de sus manifestaciones, son más productivos. Incluso, su contribución al Estado, ya sea vía los impuestos o a través de su fuerza laboral o intelectual, es mayor.
Hacer de la transparencia una filosofía de vida, que forme parte de la cotidianidad de la sociedad, se convierte en una norma difícil de romper.
En sociedades organizadas y sustentadas sobre la base de esta práctica (conceptual) es lo más normal. ¡Ay de quién ose infringirla! Es muy seguro que todo el peso irrebatible de la ley le caerá sin piedad. En el caso de la sociedad dominicana hay un cáncer llamado “insaciabilidad”, que no es más que ese deseo infinito de tenerlo todo al costo que sea. Y no sólo se trata de quienes gobiernan y de un segmento importante de los empresarios, esta enfermedad social afecta igualmente a personas de todos los estratos sociales.
Para tratar de saciar la sed desmedida de poder, sobre todo económica, se llega, entonces, a actuar con una falta mayúscula de transparencia. En estos casos, innegablemente, es que entra en juego el soborno, el chantaje de doble vía y cualquier otra fórmula secreta para alcanzar el éxito sin importar lo que sea necesario pagar.
Sin embargo, a pesar de que todo se ha concatenado para aparentar que nuestra sociedad funciona de manera normal, todos sabemos que no, que no es así. Algún día, y lo podemos anotar, el saco romperá la codicia sin fin, y eso sí será grande. Será tan grande que incluso aquellos que provocaron la rotura se preguntarán qué pasó.











