El enfrentamiento poco diplomático entre los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro, quien gobierna ese país bajo un régimen autoritario y con los más amplios cuestionamientos internacionales, y el de República Dominicana, Luis Abinader, debe cesar. Y deben parar ya porque el presidente dominicano no tiene nada que ganar, pero sí mucho que perder. Con Maduro no se gana, sólo se pierde. Ha demostrado ser la antítesis de la lógica con que se conduce un Estado en democracia.
Nuestro país, al que veo representado en un presidente coherente, tratando de que la economía siga avanzando y ser cada vez más fuerte, no merece estar en un cuadrilátero lanzando trompadas y patadas estériles con un púgil que sólo utiliza la trampa y los privilegios para mantenerse en el poder.
Se sabe que la fórmula que utiliza Maduro para seguir dictando el destino de Venezuela es la corrupción, el dinero público para comprar lealtades de un pequeño anillo con influencia en el resto de las fuerzas armadas.
El otro elemento que lo hace aferrarse al poder es el miedo. Sí, el miedo a tener que enfrentar la justicia internacional por todo lo que ha hecho contra las libertades en su país, incluyendo limitar la capacidad productiva de la gente, y ser un patrocinador directo de actividades ilícitas, tal cual lo afirma la acusación del gobierno de Estados Unidos, que le ha puesto precio a su captura, que sería de US$15 millones, y la del genio creador de todo, Diosdado Cabello, por quien se pagarían US$10 millones.
No vale la pena perder el tiempo con Maduro y Cabello, quienes sólo buscan protegerse de lo que saben que, tarde o temprano, les llegará: la acción de la justicia.
¿Por qué y para qué discutir con verdaderos sujetos buscados por la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad? Lo que ellos, y sus compartes, han provocado a los venezolanos, escudados en una “filosofía o ideología política” que dista mucho de lo que es el verdadero amor por los demás, no merecer análisis. La comunidad internacional, pienso yo, debe buscar la fórmula para sacar de Venezuela al burdo e inescrupuloso de Maduro y sus correligionarios.
De manera muy particular creo, y sostengo, que en Venezuela no hubo fraude como tal, aunque previo al proceso se crearon las condiciones para provocar abstención, que es una forma de fraude, sino que lo que vemos ahora es el desconocimiento de unos resultados que fueron apabullantes a favor de Edmundo González Urrutia, quien contó con fortaleza y liderazgo de María Corina Machado.
Y si nos ponemos a pensar o a analizar las actuaciones de la dictadura que gobierna en Venezuela, nada le ha salido bien. Los leales a Maduro quedaron tan sorprendidos (boquiabiertos) con la organización e inteligencia de la oposición, que lo único que han podido hacer son patrañas. No contaban con que, esta vez, la oposición tendría las actas y todo un sistema informático estructurado para demostrar su victoria ante un régimen que no tiene escrúpulos para torcer la voluntad de los venezolanos y apostar a la intimidación y la desinformación.











