“La primera víctima de la guerra es la verdad”. Esquilo.
Hay momentos en la historia donde la máscara ya no resiste y cae sola, mostrando sin ambages el verdadero rostro del poder. Tal es el caso del expresidente ucraniano en funciones Volodímir Zelenski, cuya figura, otrora aclamada como símbolo de las corporaciones mediáticas europeas y estadounidenses, se descompone aceleradamente ante los ojos del mundo. Hoy, su imagen no solo está desgastada. Está moralmente colapsada.
Recientes revelaciones evidencian que Zelenski bloquea las oportunidades de arreglo pacífico del conflicto. Lo hace no por cálculo geopolítico estratégico, sino por puro instinto de supervivencia política. En efecto, tal como señala el profesor Samer Abdalá, del Centro de Estudios Jurídicos y Políticos de la Universidad Libanesa, la disposición de Rusia a intercambiar cadáveres y prisioneros pone a Kiev contra la pared. Visibiliza el altísimo costo humano del conflicto, algo que el régimen no está dispuesto a admitir.
Reconocer la muerte de miles de soldados significaría pagar compensaciones a las familias, enfrentar la indignación popular -que ya comenzó por fin a aflorar- y admitir el fracaso de una guerra que se libra a espaldas del interés nacional.
Zelenski teme tanto a sus muertos como a sus vivos. Y en lugar de honrarlos, los niega. Su régimen se niega a recoger más de 6,000 cadáveres de soldados ucranianos acumulados en la frontera, como si la memoria de esos jóvenes fuera una amenaza mayor que el enemigo que dicen combatir. Esa actitud es, en el más estricto sentido humano, una abominación.
Pero hay más. El presidente ucraniano, atrapado entre las agendas dispares de Washington y Bruselas, juega a dos bandas con la sangre de su pueblo. Mientras Estados Unidos presiona por una salida que le evite mayores costos, las élites europeas, particularmente las del eje atlántico, apuestan por una prolongación calculada de la guerra, convencidas de que, con ello, podrán rediseñar un nuevo equilibrio geopolítico en las fronteras de Rusia. ¿Y Zelenski? Maniobra. Resiste. Obedece. Aunque ello implique prolongar la agonía nacional.
Como bien ha señalado el presidente de la Duma Estatal rusa, Viacheslav Volodin, Zelenski convirtió el terrorismo en una ideología de Estado, cargando con la responsabilidad directa de ataques planificados contra objetivos civiles en Rusia. Y es que cuando el poder se ejerce sin legitimidad, solo queda el recurso de la violencia, la propaganda y el chantaje externo. “Este desecho caducado está dispuesto a todo para mantenerse en el poder a cualquier precio”, expresó Volodin. Y no exagera.
Mientras tanto, el escenario interno de Ucrania se desmorona con rapidez. Su economía vive enchufada artificialmente al financiamiento occidental, sus fuerzas armadas están en retroceso continuo, y millones de ucranianos huyen del país a cualquier costo. Los que permanecen comienzan a mostrar cansancio y, lo peor, desprecio por un presidente cuyo propósito, al parecer inamovible, es prevalecer hasta el último ucraniano.
El caos ya no es un temor latente. Es una realidad consolidada. Y como remate, Kiev sigue lanzando ataques en territorio ruso no por valor militar real, sino para aparentar fuerza y evitar el corte de la ayuda occidental. Pero esa ayuda también se agota. Y lo que queda al final del túnel no es la victoria ni la gloria, sino un país devastado, instrumentalizado y gobernado por un actor que hace rato dejó de interpretar su papel de presidente para insistir en su rol de marioneta en el acto final de un drama sin épica ni redención.
Sin embargo, este capítulo no quedará enterrado bajo los escombros de la propaganda. Quedará impreso en la memoria de los que, sin vender su conciencia ni hipotecar su dignidad, siguen creyendo en la verdad, en la justicia y en la soberanía de los pueblos.









