Cada cosa en su lugar y cada lugar en su cosa. Culpar al gobierno de turno por la inflación global es el deporte nacional favorito de quienes están en la oposición, una disciplina donde la ignorancia cotiza al alza.
Pasó, está pasando y pasará. Algunos analistas juran que el Presidente mueve las perillas de los precios del petróleo desde su escritorio.
Ignoran por completo que un conflicto geopolítico a miles de kilómetros o un contenedor atascado en el Canal de Suez tienen muchísimo más impacto en el costo de la canasta básica que la decisión del colmadero de la esquina.
Este analfabetismo económico, lejos de ser ingenuo, es fríamente calculado. Resulta sumamente rentable sembrar indignación barata para cosechar acólitos, vendiendo la fantasía de que los mercados internacionales obedecen a decretos locales. Y lo peor: que se lo creen y les creen.










