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Opiniones

10 kilómetros de profundidad: ¿sismicidad inducida?

José Ra. PeñaPorJosé Ra. Peña
30 julio, 2026
en Opiniones
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Cuando era estudiante univesitario, escuchaba reportes en el noticiero Radio Mil Informando que tenían un carácter sobrenatural. Una mañana de mediados del 1970, un famoso locutor informaba sobre la aparición de un Galipote en un campo y, al momento de querer atraparlo, el ente le habló al hombre, quien salió despavorido.

Mi padre me dijo que esas noticias las suministraba el gobierno cuando quería desviar la atención de algún hecho: una especie de distracción. En los gobiernos reformistas era cuando más animales hablaban y más historias fantásticas se inventaban.

La naturaleza humana percibe de acuerdo con sus emociones o creencias. En la caverna número 1 del sistema de cuevas de Borbón, en San Cristóbal, hay una roca esferoide que semeja un astronauta con casco, mientras que para otros representa el rostro de Cristo. Los rayos de luz que se filtran después de las 10:00 de la mañana son los responsables de estas percepciones. Este fenómeno, en el cual los seres humanos buscamos patrones o formas donde no existen, se conoce como pareidolia. A esto se suma la elucubración.

Cuando se conocen los métodos matemáticos, el cálculo variacional y la mecánica analítica, se dispone de herramientas que permiten el análisis acucioso de un fenómeno físico. Esta metodología impide acudir a inventos, elucubraciones o teorías conspirativas.

Las condiciones de frontera de un sistema definen un marco de investigación operativo que lo llevará a resultados que describirán con objetividad todas las variables involucradas.

Las ondas mecánicas y electromagnéticas se propagan de manera radial desde su foco de origen. Por ejemplo, una onda mecánica como el sonido, que requiere un medio material para su propagación, genera un campo auditivo esférico que aumenta su volumen de cobertura, pero disminuye su intensidad. Lo mismo ocurre con una bombilla encendida: la luz se propaga en un área que va aumentando su diámetro, disminuyendo también su intensidad a medida que se aleja.

Las ondas electromagnéticas no necesitan un medio material para propagarse, ya que pueden viajar en el vacío. En este caso, todos tenemos experiencia con la concentración de frecuencias de luz, que es el principio fundamental de los láseres ordinarios y de uso industrial.

Lo que casi nadie sabe es que este procedimiento ha sido aplicado también a las ondas mecánicas. Veamos: un altavoz irradia el sonido de manera esférica en todas las direcciones, tal como lo experimentamos en nuestros hogares. Sin embargo, existen equipos que concentran el sonido en una franja volumétrica muy reducida, correspondiente a un espacio rectangular de gran longitud, espesor reducido y altura variable.

Si nos encontramos dentro del espesor de ese volumen, escuchamos el sonido; fuera de él, hay un silencio total. Es análogo a la zona de strike utilizada como referente en las Grandes Ligas: si la pelota está dentro o roza un borde, es strike.

Esta particularidad técnica requiere muchísima energía, el uso de transformadas de Fourier (y otras herramientas matemáticas) y análisis de fronteras complejos. Gracias a esto, la propagación radial del sonido se ha reducido a un volumen lineal: se puede estar al lado de la franja acústica -a un centímetro de cualquiera de los planos limitantes- y no escuchará absolutamente nada.

Esta tecnología se puede experimentar en algunos museos de arte moderno: en dos cuadros separados un metro, la persona frente al cuadro A escucha la historia o la música acoplada en el espacio delimitado por el área del cuadro y el volumen generado por la separación con la persona. La persona en el cuadro B escucha la explicación correspondiente a ese cuadro. Las personas que están en la franja entre ellos no escuchan nada. Muchos museos disponen de esta tecnología.

Ahora bien, ¿cuál es la relación entre los postulados anteriores y el título del presente artículo? El núcleo de la discusión radica en el imaginario humano (ligeramente explicado), el comportamiento de las ondas y sus frecuencias. Las ondas sísmicas son mecánicas, por lo que requieren un medio material para su propagación. De manera análoga al fenómeno acústico, las ondas sísmicas poseen la capacidad de manifestar una especificidad volumétrica y energética determinada.

La energía derivada de estas manifestaciones mecánicas se diversifica en componentes cinéticos, potenciales elásticos, caloríficos y electromagnéticos. De estos, los dos primeros son los que intervienen directamente en la interacción con la materia y, por consiguiente, en la deformación y/o destrucción de estructuras arquitectónicas.

Históricamente, la actividad sísmica ha sido una constante en la dinámica planetaria; su ocurrencia solo importa a los humanos y algunos seres vivos. Los sismos de origen natural obedecen a erupciones volcánicas, deslizamientos y desprendimientos de grandes volúmenes de masa en fosas oceánicas, o bien a procesos de subducción tectónica. Por otro lado, existen eventos de carácter antropogénico inducidos por detonaciones convencionales o nucleares. Asimismo, se registran microsismos menores originados por la inducción de vibraciones mecánicas procedentes del sistema ferroviario y grandes camiones.

Bajo esta premisa, es factible replicar dicho comportamiento mediante la manipulación de cualquier onda mecánica de origen antropogénico. Esto permite delimitar un espectro selectivo, susceptible de ser direccionado y transmitido con una estricta focalización espacial hacia un objetivo predeterminado. Existen cañones láser y sónicos, pero no sísmicos. El fracking industrial genera sismos cuya magnitud máxima no rebasa los 4 grados Richter y no es suficiente para la generación de los 2.68 megatones de TNT que originaron el terremoto de Venezuela (127.6 veces la bomba de Nagasaki) y un área de destrucción de 4,104.89 km2.
El área conjunta de Caracas y del estado de La Guaira son 2,799 km2. El impacto sísmico, hipotéticamente, sobrepasó ambas ciudades 1.46 veces.

Mito de los 10 kilómetros

En algunos medios de comunicación, debates universitarios y círculos sociales circula una hipótesis inquietante: la existencia de armas geopolíticas capaces de provocar terremotos artificiales. Quienes defienden esta teoría afirman que las grandes potencias ya pueden originar terremotos focalizados. El argumento central de esta sospecha se basa en un patrón de profundidad: la supuesta periodicidad telúrica que ocurre exacta y específicamente a 10 kilómetros, sin decimales ni aproximaciones.

En los registros sísmicos globales, salta a la vista que muchos de los terremotos más devastadores se ubican bajo este patrón numérico. Si a esto agregamos el factor de la oportunidad política, la tentación de construir una teoría conspirativa es inmensa. Se argumenta, por ejemplo, que el seísmo en Venezuela convenía a intereses extranjeros, abriendo una puerta forzada a la ayuda humanitaria acompañada de un fuerte componente militar.

Sin embargo, la realidad es más pragmática y carece de intenciones ocultas. Esa cifra de los 10 kilómetros no es una coordenada de ataque, sino un estándar metodológico de los organismos sismológicos internacionales.

Cuando la red de sensores no dispone de suficientes datos inmediatos para calcular con precisión el hipocentro de un sismo superficial, los sistemas automatizados asignan ese valor de manera predeterminada. Es un punto de referencia técnico para la corteza terrestre, un marcador provisional mientras se procesa la profundidad real.

La coincidencia, por lo tanto, no revela un complot global, sino limitaciones temporales de la ciencia en áreas sin cobertura de registro. Atribuir la furia de la naturaleza a la mano oculta de élites políticas es un viejo truco de la narrativa conspirativa; una que se desmorona tan pronto como se comprende el rigor de los datos.

José Ra. Peña

José Ra. Peña

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