Cada vez que se publica una nueva cifra de pobreza, tal y como lo ha hecho recientemente el Gobierno dominicano, el debate suele concentrarse en el porcentaje. Sin embargo, conviene explicar que la pobreza monetaria identifica a las personas cuyos ingresos resultan insuficientes para cubrir una canasta básica de bienes y servicios. Es una medición económica y no pretende capturar todas las dimensiones del bienestar. Una familia puede superar la línea de pobreza y continuar enfrentando deficiencias de vivienda, educación, salud o servicios públicos.
Ahora bien, medirla es fundamental. Martin Ravallion, uno de los principales estudiosos contemporáneos de la pobreza, contribuyó a desarrollar líneas comparables internacionalmente precisamente para determinar quiénes están quedando rezagados y evaluar la efectividad de las políticas públicas. De su lado, Amartya Sen amplió esa perspectiva al plantear que la pobreza debe entenderse también como privación de capacidades y oportunidades para desarrollar la vida que las personas valoran.
Las estimaciones armonizadas de la Cepal para 2024 sitúan la pobreza en 12.6% en Costa Rica, 14.9% en República Dominicana, 16.2% en Panamá y 51.6% en Honduras. Para Guatemala, el último dato comparable disponible en esa publicación corresponde a 2023 y alcanza 54.5%, mientras El Salvador registró 27.9% ese año. La ausencia de estimaciones recientes comparables para algunos países obliga a evitar rankings simplistas.
Aun con esa precaución, el posicionamiento dominicano resulta favorable. República Dominicana se encuentra entre los países de menor pobreza monetaria del grupo y, además, la Cepal estima que pasó de 20.4% en 2022 a 14.9% en 2024.
Los datos nacionales más recientes refuerzan esa tendencia: durante el primer semestre de 2026 la pobreza monetaria dominicana se situó preliminarmente en 14.6%, frente a 17.4% en igual período de 2025. Más impresionante aún resulta observar que había sido 36.1% en el primer semestre de 2016. La experiencia demuestra que crecimiento económico y reducción de pobreza están relacionados, pero no son equivalentes.
Una economía puede crecer sin reducir suficientemente la pobreza cuando el crecimiento genera poco empleo, mantiene elevada informalidad o sus beneficios se concentran. El Banco Mundial utiliza precisamente el concepto de prosperidad compartida para observar cuánto crecen los ingresos del 40% más pobre, reconociendo que el crecimiento promedio por sí solo no permite determinar quiénes se están beneficiando.
Para reducir pobreza monetaria sostenidamente los gobiernos necesitan combinar estabilidad macroeconómica con crecimiento económico inclusivo: controlar la inflación, generar empleos formales y productivos, elevar salarios reales mediante productividad, mejorar educación y formación técnica, ampliar infraestructura y servicios básicos y mantener sistemas de protección social focalizados.
Reducir la pobreza monetaria es un logro. Pero el verdadero éxito consiste en lograr que quienes salen de ella no vuelvan a caer. El desafío no es solamente producir más riqueza, sino conseguir que el crecimiento genere capacidades, estabilidad y oportunidades. Porque, finalmente, una economía no demuestra plenamente su éxito por cuánto crece, sino también por cuántas personas logra incorporar de manera permanente a ese crecimiento.









